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Invitaciones así no pueden desaprovecharse, y aunque mi nivel de inglés es bastante lamentable, acabo de asistir a un interesantísimo congreso en Amberes que llevaba por título "The Jewish book in a christian world". Todas las ponencias en inglés, pero muy interesantes a pesar del pequeño detalle. Y como nunca pierdo la ocasión para hablar de libros, contaré que el congreso se centró en la época inmediatamente
posterior a la aparición de la imprenta, momento en el se empiezan a publicar y distribuir Biblias. Este hecho tendrá numerosas repercusiones, entre otras, el interés que se despierta por el idioma hebreo como herramienta para acceder a la Biblia en su versión original. Y el interés se extiende a otros libros hebreos, que leerán con la misma avidez judíos y cristianos. Gramáticas, diccionarios, editores, censores (¡una ponencia dedicada a Benito Arias Montano!), relaciones con el mundo cristiano, libros cabalísticos, publicaciones de la época... ¡Qué pena no entender ni jota! Pero aún así aprendí un montón. La verdad es que esos primeros días no tuve demasiado tiempo para hacer turismo. Amberes me gustó mucho. Bueno, mas bien el centro histórico, que es por donde me movía: la arquitectura, las callejuelas y plazoletas, las iglesias, los tranvías y las bicis... Y la calle Cogels-Osylei, que no será centro histórico, pero reúne unos edificios del XIX más que interesantes. Aunque a mí, lo que más me impresionó fue ¡la dieta! Desde que aterrizamos, el amigo que me acompañaba (belga) soñaba con comerse una ración de patatas fritas. Tanto interés me tenía intrigada ¿cómo debían de ser esas dichosas "frites"? Un manjar de dioses, según parecía. No tardé en probarlas y formarme mi propia opinión. Nada más levantarnos el primer día para asistir a nuestro curso, su madre nos obsequió con unas tartas caseras. ¡Riquísimas! Una hora de tren y, nada más pisar Amberes, de cabeza a la panadería para comprarnos un par de pasteles cada uno. Yo, seguía el consejo de "allí donde fueres, haz lo que vieres", y en cuanto salimos a la calle nos comimos un pastel detrás de otro. Y pensaba que yo era golosa... Llegó la hora de comer y buscamos un Nº 1, léase "namber wuan", es decir, la mejor cadena de "frites" de Bélgica. Pidió un par de raciones de "frites" (por suerte yo elegí el tamaño pequeño para mí) que acompañamos con unas salchichas. Y fue así y no a la inversa: eran las salchichas las que acompañaban a las patatas. La prueba definitiva la tuve al ver a la gente que pedía las "frites" sin acompañamiento. Y nosotros, que nos olvidamos (o no, que a lo mejor no fue un olvido) hasta de la bebida. Y para rematar, la cadena dibujaba debajo del Nº 1 un cestillo de patatas. ¿Hacen falta más pruebas? Después de probarlas, le pregunté qué diferencia encontraba con las patatas fritas de los burguers, y si no se ofendió fue porque en aquel momento, devorando sus patatitas, era la persona más feliz del mundo. Yo salí un tanto decepcionada, y con la mano oliéndome a fritanga y grasaza, que echaba para atrás. A.provechando las jornadas tuvimos ocasión de visitar el museo Plantin-Moretus. En un antiguo edificio que fue casa de la familia Plantin además de imprenta (una de las más influyentes del renacimiento) se conservan prensas, planchas de impresión, libros raros... Resulta impresionante ver esas máquinas, perfectamente conservadas y relucientes como si las acabaran de utilizar. Coincidimos con un grupo de escolares muy salados. No creo que hubieran cumplido los diez años. Iban como locos de una vitrina a otra, todos con sus kippas y tirabuzones, mientras el maestro, muy serio, traje y sombrero negro, intentaba poner un poco de orden. Y también explicarles algo, porque el museo acogía una exposición sobre las primeras Biblias publicadas, de lo más interesante. Nuestra visita al museo coincidió con un mercadillo callejero muy curioso. Ocupaba toda una plaza y la pinta era de lo más destartalada. En aquel momento tenía lugar una animada subasta, en dialecto local, que atraía la atención de la gente. Cuando pasamos, se pujaba por unas ollas. Y todo esto me recuerda el libro "Reconstruccion" de Antonio Orejudo (ed. Tusquets). Porque si la memoria no me falla, la historia que cuenta comienza en tierras del norte de Europa, en fechas cercanas a las que trataron las conferencias, y también el tema tiene mucho que ver. Un libro que me entusiasmó y que recomiendo aunque no sea estrictamente de viajes. Continuaré con mi visita a tierras belgas...
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