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Autor Tema: carguero 12 (fin del viaje)  (Leído 579 veces)
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marsindbad
Sr. Member
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Mensajes: 23



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« en: 21 de Mayo de 2007, 00:24 »


Y este cuento se acabó.

El Marfret puso de nuevo rumbo a Europa. Teníamos por delante ocho días de navegación hasta llegar a Algeciras. Ya en alta mar, recogí el dinero en la maleta y abrí de nuevo la puerta del camarote. ¡¡ Volvía la tranquilidad !!

Si el trayecto de ida no se me hizo nada largo, ahora que estábamos en plena cuenta atrás hacia el final del viaje, el tiempo pasaba volando.
U. se instaló con su libro y una tumbona en la terraza de la 5ª planta (muy buenas vistas, pero demasiado aire).
Yo pasaba horas y horas en proa, en busca de tranquilidad. Aunque resultó que cada día estaba más acompañada, porque teníamos una buena colección de averías en esa zona, pendientes de reparación: golpes y abolladuras de los puertos venezolanos, piezas para engrasar, otras que esperaban una mano de pintura.... Pero después de la cena, por allí no aparecía nadie. ¡Qué paz!
E., que se entendía con los alemanes, se metía por todas partes con su camarita digital. Suerte que luego me contaba dónde había estado, y así yo también podía acercarme a curiosear.


Aproveché aquellos días para completar mis visitas. Creo que hasta entonces nadie me había invitado a la sala de máquinas, pero en el dossier que me entregaron yo había leído que era posible visitarla. Y además me moría de ganas.
Un día, para sorpresa de todos los oficiales, me presenté en el coffee time de la mañana, y le pedí permiso al capitán. Ningún problema. Me plantificaron los cascos protectores porque el ruido era insoportable, y el ingeniero regordete (uno que tenía plancha y bodega en el camarote), me acompañó por 4 plantas llenas de tubos, llaves, máquinas, portezuelas, escalerillas...... No tenía nada que envidiar a un decorado de película.
Las explicaciones eran por gestos, y entendí lo mismo que si me las hubiera dado en alemán. Salvo cual era el depósito del agua para la ducha, del resto, no me enteré de nada.

Al entrar, la sala de máquinas me recordó a esos talleres textiles clandestinos, llenos de orientales concentrados sobre su maquinita de coser.  Aquí no es que hubiera muchos trabajadores (no llegarían a media docena), ni tampoco eran todos filipinos, pero eso de bajar al sótano, y encontrarlos tan enfrascados en su trabajo.... Y sobre todo, en esas condiciones.
El ruido andaba cerca del límite "imposible de superar". El calor, sin embargo, me pareció más llevadero. Luego pensé que quizás, la temperatura variaba en función de la exterior. Así es.
Pregunté a uno de los Budas, y me contó que en Oriente Medio en verano, se puede llegar a 45-50º allí dentro. Los trabajadores sufren incluso colapsos.
Estaba claro que esa ruta no era una de sus predilectas. Porque aparte de las temperaturas, en Arabia Saudí no les permiten ni bajar del barco, y si les pillan algo de pornografía, se la confiscan (eso me lo contaron otros). Y a saber cual es el criterio..., porque son capaces de llevarse la foto de tu novia en minifalda, por descocada.

Tampoco es Jauja el norte de Europa en invierno. Ni Africa, que por lo visto es una merienda de negros. O las zonas con piratas....  Así que esta ruta por el Caribe, parece que les gustaba más que otras.

¿Incluía esta ruta comerse un cerdo enterito cada vez que se pasaba por el Caribe? En nuestro caso, así fue. No sé quién, cuando o dónde lo compró, pero muchos días antes de la barbacoa, el camarero E. ya nos había anunciado la buena noticia. Para que fuéramos haciendo boca.

Y nada más salir del Caribe, el 1er. sábado, ¡barbacoa! Para reventar: pollo, salchichas, lomo, carne..... y el cerdo que iba aparte (toda la tarde de preparativos). Cerveza, como para llenar una piscina. Además del vino, para brindar por el cumpleaños de un tripulante.
No sé como se las apañaron para aterrizar todos los alemanes en "la mesa", junto a oficiales y pasajeros, mientras todos los filipinos se quedaban de pie, alrededor, como si fueran satélites. ¡Menudo appartheid! pensó la turista solidaria.
Pero se fue el capitán, y empezó a sentarse todo el mundo en "nuestra" mesa. Para eso se inventaron las fiestas, para subvertir el orden un ratito, y así evitar el descontento de las masas durante una temporada.
Al cabo de un rato, todo el mundo estaba haciendo el mico, bailar ya no les daba corte (a diferencia de la última fiesta), venían a darme conversación animados por las cervecitas .....¡Ufffff!. Entonces me di cuenta de lo rápido que se acostumbra una a pertenecer a las élites. Y lo bien que se está ahí arriba. ¡¡¡Que vuelva el orden establecido cuanto antes!!! Yo quería recuperar mi posición de privilegio: buenos días, señorita, pase Vd. delante.....
Pero mientras tanto, no perdí el tiempo e hice mis averiguaciones. Me enteré de que los filipinos del Marfret eran unas viejas chismosas, y uno de sus temas para cotillear era yo: con quién hablaba o dejaba de hablar, por qué..... Menos mal que no se me ocurrió bailar con nadie, porque hubieran sido capaces de sacar el cronómetro a ver con quien pasaba más rato. Y el metro, a ver a quién me acercaba más. Y es que cuando el diablo no tiene qué hacer...... especula.
Si se me llega a aparecer el genio de la lámpara, los multiplico por cero a todos allí mismo. El pasajero E. incluido, porque no callaba con lo de España, fiesta, fiesta, y los otros se lo creían. ¡Menudo liante! L apasajera U., por el contrario, tuvo el detalle de salir a bailar, y parece que así dejaron de dar la lata.
Y eso que no me puedo quejar, porque en estas fiestecillas yo siempre acababa comiendo chocolate o bombones, que subían especialmente para mí.
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