TANZANIA
Un día de caza con los bosquimanosDespués de un safari por los principales parques nacionales del norte de Tanzania: Tarangire, Manyara, Serengeti y Ngorongoro, el pequeño grupo que formábamos la expedición decidimos seguir nuestro periplo en dirección al lago Eyasi, con el objeto de visitar a la comunidad de bosquimanos que allí viven.
El camino no fue nada fácil, acostumbrados ya a las pistas de grava en un estado más o menos aceptable pero no por ello libres de baches, pasamos a caminos tortuosos entre piedras y un fino polvo rojizo que envolvía los todoterrenos como si de una tormenta de arena se tratase. Cinco horas desde Karatu por pistas en muy mal estado, es el precio que se paga por llegar a la tierra de los bosquimanos.
Una improvisada ducha construida con cañas y un bidón colgado de agua, sirve para refrescarnos. Montamos el campamento a la orilla del lago, entre las palmeras, un lugar idílico. Los monos nos miraban expectantes esperando la ocasión para saquear nuestras provisiones, pero el cocinero cazuela en mano, no se lo iba a poner fácil.
Por la mañana temprano nos acercamos a ver al pequeño grupo de bosquimanos de la tribu Hadza que viven en los alrededores del lago. Un intercambio de miradas y un apretón de manos fue nuestra presentación.

Hubo un tiempo en que este grupo de gente se extendía por la mayor parte de Africa. Hoy en día la desaparición de este pueblo con una cultura y un idioma propios es irreversible. Los bosquimanos son seminómadas y viven en comunidades de no más de 30 individuos, no existe el sentido de la propiedad. La caza y la recolección de tubérculos y frutas es la base de su alimentación. Cazan con arco y flechas y todavía hacen fuego friccionando dos maderas con la misma destreza y rapidez con la que nosotros encendemos una cerilla.
No destacan por sus collares ni llamativas ropas de color como sus vecinos los masais, sólo un corto pantalón viejo o un trozo de tela cubren su sexo. A veces la llanta de una rueda abandonada es la materia prima para hacer unas sandalias.
Una vez hechas las presentaciones ponen los arcos a punto demostrándonos su destreza y les acompañamos durante toda la maña en su ritual diario de ir a cazar, no sin antes coger mochilas, gorros, gafas, crema solar, agua y algo para comer; ellos nos miraban y seguramente pensarían para qué tantas cosas.
Los cuatro bosquimanos se abrían en abanico entre las acacias y baobabs, El jefe, fácil de reconocer por su peluquín de mono, iba dirigiendo la caza y nosotros detrás, mal séquito ya que para lo único que servíamos era para espantar a los animales. De repente, entre el matorral, una paraje de dik-dik, los bosquimanos se desplegaron para rodearles, los nervios a flor de piel dieron paso al cruce de un par de flechas, pero esta vez se dieron a la fuga pasando entre nosotros.
Una parada para escarbar en la árida tierra y sacar unos tubérculos de sabor azucarado.
Después de abatir una pequeña ave de un certero flechazo, nos dirigimos a una cueva para descansar. La comunicación con ellos se limitaba a sonrisas y miradas, pero el ambiente era mágico o al menos así nos lo parecía. Una pequeña vara de caña adornada con una pluma y un trozo de madera sirvió para hacer fuego y encender una pipa de barro, la cual se pasaban unos a otros provocándoles una fuerte tos y espasmos que nos ponían los pelos de punta, pero a los pocos minutos tan felices, qué decir tiene que nadie se atrevió a probar aquella pipa misteriosa.
Sin duda fue uno de los mejores días del viaje.
Roberto F. García
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