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Autor Tema: Carguero 2 (chismes)  (Leído 337 veces)
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marsindbad
Sr. Member
****
Mensajes: 23



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« en: 22 de Abril de 2007, 20:49 »

 
Hola:
 
Ahora, el carguero:
Para empezar por el principio, "mi" barco se llamaba Marfret Caraibes. Alemán, 22.500 toneladas, 163x27 m., construido en 1994 (antes se llamaba Buxsailor). Su ruta: Livorno, Marsella, Barcelona, Algeciras, Martinica, Guadalupe, Puerto Rico, Panamá, Colombia, Venezuela, Antillas, Algeciras, Valencia, Marsella, Livorno. Unas seis semanas si no pasa nada raro.
 
Por comodidad, elegí salir de Barcelona. La verdad es que cuando vi llegar el carguero desde lo alto de Montjuich (detalle del agente marítimo que me llevó para ver el puerto desde arriba), me pareció un montón de chatarra. En realidad, lo que yo veía no era el barco sino los contenedores: el Marfret estaba debajo y detrás.
No es un barco demasiado grande, como he podido comprobar comparándolo con otros que vi en los diferentes puertos. En realidad, es el tamaño perfecto para un turista, porque así la cubierta queda más baja y el mar está más cerca (detalle muy importante cuando los delfines te acompañan nadando debajo del casco).
 
Bueno, pues allí estaba yo en el muelle con mis dos maletas, una más pesada que el plomo (30 libros de los que no he leido ni la mitad..), y los dos agentes intentando averiguar como se les había ocurrido a los del barco llevar pasajeros. Empezaron a hacer bromas sobre la tripulación, que si me iba en un barco lleno de chinos, que hay mejores barcos, con cadetes franceses, con chicas tripulantas..... Yo me estaba agobiando de ver un montón de orientales clonados pululando por la cubierta. Y realmente eran muchos, doce, que resultaron ser filipinos, pero tan amarillos como chinos.
Y como se hace en estos casos, subimos al barco y "hasta la cocina". Nos presentamos en la 4ª planta, despacho del capitán. Papeles en regla y al camarote (estupendo camarote, doble y para mi sola, 3 ventanucos, 3ª planta). Allí me abandonaron.
 
Enseguida aparecieron los otros pasajeros, una pareja suiza que hablaba alemán. Ocupaban la cabina del propietario, que eso sí es una cabina, bueno no, eso es una suite de hotel de lujo. Es enooooorme.
Ella sabía francés, y él algo de inglés. Muy agradables, pero claro, teníamos que hablar por turnos... no había un idioma común.
Al final resultó ser una buena combinación: ellos me sacaban de apuros en el barco (¡imposible entender el inglés de los alemanes!), y yo les echaba una mano en tierra, porque su español era del tipo: vino tinto, viva España, sardinas con tomate... De paso, nos deshacíamos de los guías turísticos con la excusa del idioma.
 
Y para terminar con los ocupantes del barco, la tripulación eran 19 personas: 6 alemanes, 1 polaco y 12 filipinos. El capitán era alemán. Los oficiales de todas las procedencias. Y la tripulación, en su gran mayoría, filipinos. Una mezcla curiosa...
 
Había dos comedores, el de las jerarquías, arregladito (con una mesa para oficiales y otra para pasajeros), y el de la tripulación, más destartalado, los sillones rotos con la espuma saliéndose.... Claro que los oficiales filipinos preferían comer en ese, y lo entiendo. Seguro que se hablaba tagalo y no el deutchenglish que a mi me tenía amargada. Y siempre se oían risotadas que venían de allí.
Cada cual tiene su sitio asignado, al menos en el VIP.
 
Los horarios. Desayuno de 7,30 a 8, comida a las 12, y cena a las 17,30. Las raciones, de marinero, (pero yo no me dajaba ni una miguita). Vamos, que me iba a dormir a las doce de la noche y no tenía ni pizca de hambre.
En realidad, mi única obligación era no dejarme pasar esas horas. El resto del día, podía hacer lo que me diera la gana.
También había dos pausas para tomar café, a las 10 y a las 15. A los tripulantes les permitía interrumpir el trabajo y descansar algo, pero yo, que ni me gusta el café ni necesitaba interrumpir mi descanso, solo me presentaba el domingo a las tres porque había tarta. Por lo visto es así en todos los barcos, aunque en algunos también dan tarta el jueves.
 
Según J., el cocinero, con su libro de cocina internacional cocinaba a gusto de todo el mundo. Pero el pan auténtico solo lo probábamos un par de veces por semana, el resto del tiempo, ese pan alemán que parece corcho.
El camarero, E., era bastante autodidacta. También se ocupaba de limpiarnos el camarote, y tenía la curiosa costumbre de poner el pijama encima de la almohada, a veces hasta se molestaba en desdoblarlo y hacer un rebullo con él. Un detalle gracioso.
 
Otras instalaciones... Teníamos una piscina divertidísima, en el sótano. Pequeña, de 1m 50 de profundidad o así, la llenaban cada día con agua de mar (si el ingeniero jefe consideraba que la temperatura permitía bañarse). Cuando había oleaje se le salía el agua, y te podías quedar que no te cubría ni las piernas. Lo interesante era llegar cuando tenía agua y empezaban las olas, porque rebotaban de pared a pared y no sabías cual de las dos saltar, si la de la derecha o le de la izquierda, te hundías...... Era genial. Y metiendo la cabeza debajo del agua, se notaba toda la vibración de la sala de máquinas que estaba al lado. Nunca vi bañarse a nadie.
También estaba allí la sauna. Al lado, el gimnasio: una sala vacía con una diana colgada, y las cuerdas para tender la ropa. Y enfrente, el cuartito de las lavadoras. En 30 minutos, ropa limpia. Debía de haberlos muy apañados, porque tenían también secadora y plancha.
 
En la planta de cubierta estaban la cocina, los comedores, y "El Fumadero de Opio". Así llamaba  yo a su sala de recreo, una especie de bar con varias mesas, vídeo, y una barra de bar enana. Siempre estaba llena de orientales jugando a las cartas, o viendo películas. De ahí el nombre (de uso exclusivo para mí).
También a los filipinos les tuve que poner un mote a cada uno, si no, era imposible controlarlos. Y aún así, a alguno le puse varios creyendo que eran diferentes personas... A medio viaje ya los tenía censados a todos. (Aprovechaba cuando coincidía todo el mundo, en fiestas o ejercicios de seguridad, porque solo así podía compararlos unos con otros). Tuvo su mérito.
 
Primera planta, camarotes de la tripulación. Segunda, tripulación con mejores camarotes y hospital (aunque a bordo no hay médico). Y hacia arriba, jerarquías.
La sexta era el puente, donde estaba el piloto. Un vez subí de visita, pero como el día anterior había estado en la sala de máquinas, que era impresionante (4 plantas), el puente me pareció un ático para pijos (mucho ventanal y nada de maquinaria).

Continuará
 
 
 
 
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