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Autor Tema: SIRIA 3 (ascetas, religiosos, estilitas)  (Leído 889 veces)
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marsindbad
Sr. Member
****
Mensajes: 23



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« en: 04 de Julio de 2007, 02:25 »

Las tierras de Siria han sido escenario de las más diversas aventuras espirituales. Y excéntricas, dicho sea de paso.
Al norte de Alepo, la basílica de San Simeón conserva los restos de la columna sobre la que Simeón el Estilita pasó cerca de 40 años. Bueno, sobre esta columna precisamente no fueron tantos, porque durante ese tiempo se subió a varias, y cada una más alta que la anterior. ¿Para huir de los humanos o para acercarse a Dios?
Al leer mi guía de Siria en español, saqué la idea de que el tipo era un tanto antisocial, pero si me fiaba de la otra guía, francesa, era dulce y compasivo con los visitantes que se acercaban buscando su bendición. Lo que sí estaba claro era que su fama se extendió y otros muchos siguieron su ejemplo durante los siglos posteriores.

La visita al complejo (construido alrededor de la columna tras la muerte del santo) es impresionante, tanto por su entorno como por los restos que aún siguen en pie: ábsides, columnas, arcos y capiteles bellamente esculpidos... ¡Cuesta creer que es una construcción del siglo V! Sobre todo comparando con lo que nos queda en España de aquel periodo.
En aquella época lejana, el santuario recibía la visita de cientos y cientos de peregrinos, aunque puestos a imaginar, yo al que veía acercarse por entre las ruinas era al mismísimo demonio travestido en Silvia Pinal, descarado y provocador, que por orden de Luis Buñuel se subía la minifalda empeñado en poner a prueba la voluntad del santo.
Recordaba lo mucho que me reí viendo la película y se me hacía extraño encontrarme delante de la famosa columna. Es un decir lo de columna, porque los restos erosionados que sobreviven justo en el centro de la basílica, no se acercan ni de lejos a los 18 metros que originalmente medía, aparte del sospechoso parecido que guardan con un huevo de dinosaurio fosilizado.
Y es que las ocurrencias de estos atletas de Dios, mortificándose en medio del desierto de las más variadas maneras, a mi se me antojan antediluvianas. Aún así, me encanta leerlas e imaginar un desierto salpicado de columnas “habitadas” por ascetas ignorantes de que un día llegarían las torres petrolíferas a ocupar su lugar. Parece que en la actualidad son otras energías las que mueven el mundo.


Pero la idea de retirarse en el desierto no debió de parecerle tan pasada de moda al padre Paolo, jesuita italiano que a finales de los 80 decidió restaurar el antiguo monasterio de Mar Musa y fundar una pequeña comunidad.
Proyecto singular ya que el grupo es mixto y de carácter ecuménico. Buscan fomentar el diálogo interreligioso y a primera vista se respiraba “buen rollito”. Amables y dispuestos a ayudar en lo que fuera necesario, no hacían notar a los visitantes la existencia del cepillo de limosnas.

Fui a parar allí gracias a las sugerencias del conductor, que acostumbrado a viajar con turistas, no paraba de mejorar los itinerarios que yo le proponía. Después de visitar unos cuantos monasterios en los alrededores de Damasco, nos metimos en una zona muy seca, casi un desierto, pero también muy bonita. Llegados a un punto la carretera se acabó, y a partir de allí el único modo de acceder al monasterio era a pie, subiendo por una escalera no muy empinada, pero larga y sin una sola sombra. En julio y recién comida aquello sí que fue una auténtica penitencia.

Una vez arriba el recibimiento me dejó un tanto asombrada: “¿Vienes a quedarte?” “Pues noooo...” ¡Pero si iba con lo puesto! Por lo visto es posible alojarse en el monasterio con la única condición de colaborar en ciertas tareas (limpieza, cocina...).
Después de ofrecerme un refresco en la terraza me acompañaron a visitar la iglesia, una auténtica joya, con las paredes cubiertas de frescos, y aunque pequeña y sin bancos, muy acogedora.

Más asombroso me resultó el recibimiento en mi segunda visita, un par de años después con una amiga. “¿Venís a quedaros?” “ Noooo....” Quizás la próxima vez. “Pues pasad”.
El tipo nos mete en la cocina, abre la alacena y antes de desaparecer, nos dice que nos sirvamos. Extrañadas, curioseamos un rato y a la vista de que no volvía, decidimos probar algunos platos. Al poco teníamos la mesa llena y llegado el punto en que seguir comiendo era un abuso, decidimos salir fuera.
Visita a la iglesia, y aprovechando que la hora y el mes no eran los más calurosos, continuamos hasta otro edificio montaña arriba. Celdas, baños, cocinas, biblioteca.....  todo estaba abierto.

Si alguien se pregunta dónde andaba el japonés (aún no he visitado un lugar donde no me encuentre con uno), estaba en la cocina, pelando tomates. Era una chica joven, y si pelaba tomates... ¡era porque se alojaba allí! ¡Cómo no!, siempre inmersos en la cultura local: lo mismo se bañan en las nada limpias aguas del Ganges que se comen los caracoles de Djemaa el Fna con un imperdible.
Ya de vuelta a la terraza y aprovechando que chapurreaba español, indagamos que hacía allí un inglés jovencito, tranquilamente sentado en una de las mesas y con pintas de pernoctar en el monasterio. Nos contó que había colgado unos estudios universitarios que no le entusiasmaban y pretendía ser compositor. La guitarra estaba recogida en su cuarto, porque no le parecía muy oportuno romper una atmósfera tan apacible...   Así que frente a aquel paisaje desértico, se tomaba su tiempo para reflexionar.

Yo, con un barranco por debajo y tanto desierto alrededor, al que veía  acercarse otra vez era al demonio, pero en este caso, al de los evangelios con las famosas tentaciones: “Tírate que te recojo. Tírateeeee”.
Y es que desde la terraza, el paisaje es imponente.
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