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Autor Tema: SIRIA 5 (mezquitas de Damasco)  (Leído 1091 veces)
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marsindbad
Sr. Member
****
Mensajes: 23



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« en: 23 de Enero de 2008, 01:08 »


La mejor excusa para permanecer días y días en nuestra ciudad predilecta, es matricularse en un curso de idiomas. De poquitas horas al día, claro. Y así, con el cuaderno debajo del brazo, la ciudad entera se convierte en una gigantesca sala de estudio. Cualquier rincón de Damasco invita a sentarse, y mientras un ojo se ocupa de repasar los apuntes del día, el otro no pierde detalle de la vida cotidiana en la ciudad.

¡Peligro! Unos niños se aproximan tímidamente, con curiosidad. No es raro que en pocos minutos el listillo del grupo se convierta en un profesor más que exigente. No perdonan un dual o femenino mal conjugado. Y si un fallo en la pronunciación cambia el sentido de la frase, ellos se retuercen de risa. No hay compasión.

Adentrarse en el zoco Hamidiya también tiene sus peligros. Primero y principal, caer abducido nada más poner el pie dentro. Una vez allí, resulta imposible abandonarlo antes de que los comerciantes bajen las persianas de sus locales.
Sin embargo, también fuera del zoco encontramos innumerables lugares que se merecen una visita reposada. Entre mis predilectos, dos mezquitas:

La mezquita del Sheij Muyaiddin, en el popular barrio de Salihiyé, alberga los restos del místico murciano Ibn Arabi. Tan venerado en el mundo musulmán como ignorado por la gran mayoría de los españoles, son pocos los turistas que encuentran un momento para acercarse a visitar su tumba.
No es una construcción espectacular ni de gran belleza. Impacta más por la tranquilidad que se respira y su ambiente acogedor.

Llego a media tarde y al entrar, coincido en el patio con los hombres que han terminado su oración. Desde allí, una escalera desciende hasta la pequeña cripta donde se encuentra, custodiado por un guardián, el sepulcro del místico sufí.
Curioseo un rato. Decido sentarme y esperar a ver quién llega.
No tardan en aparecer media docena de mujeres rodeadas de chiquillos que se acomodan por los suelos, dispuestas a pasar la tarde junto al santo.
El ambiente es muy familiar y relajado. Los críos se divierten pero no molestan,  juguetean y se entretienen sin levantar la voz. Ellas los vigilan, charlan, se levantan a beber agua en una pequeña fuente....
Tengo la sensación de que la escena se repite a diario. Y como tiempo es lo que me sobra, yo también me quedo.
Miro y me miran, y está claro que tengo aspecto de “intrusa”.
Una de ellas me ofrece un vaso de agua: la excusa perfecta para preguntarme de dónde vengo y cómo he ido a parar allí.
Ante este panorama, mi cuaderno de gramática se queda dentro del bolsillo: estoy demasiado ocupada y no puedo estudiar.

La otra mezquita, Sayida Zeinab, se encuentra en las afueras de Damasco, en un barrio bullicioso, invadido por cientos de peregrinos chiíes y tenderetes de productos religiosos. Sin hablar del tráfico rodado...
La vida parece girar en torno a esta mezquita de grandes dimensiones, con su cúpula dorada y los minaretes azul celeste, que le dan un inconfundible aire iraní.

Siempre que la he visitado es un hervidero de gente: mujeres y más mujeres envueltas en sus chadores negros. Llegan en grupos muy numerosos, procedentes de  Irán. Al Ministerio de Turismo y Peregrinaciones, que así se le llama en Irán, no debe de faltarle trabajo. Tampoco es mala excusa para salir y ver mundo...
Es obligatorio, y yo también visto uno de esos chadores que nos prestan a las turistas en la puerta de entrada. Los entrega un tipo que además me avisa del peligro de que me roben la mochila. Pongo cara de incredulidad, pero él insiste: hay que tener cuidado. Está claro que las aglomeraciones son una tentación para los ladrones de cualquier país, aunque a mí me daría miedo robar delante de todos esos hombres que se pasean por allí, ataviados al más puro estilo Jomeini.

Y mientras unas mujeres están tranquilamente sentadas en el patio, otras se apelotonan intentando acceder al mausoleo central, donde reposan los restos de Zeinab, nieta del Profeta.
El interior es impactante, empezando por la cúpula que brilla más que el papel de aluminio. Además no cabe un alfiler: el recinto está ocupado por una multitud de mujeres arrodilladas, orando, que solo dejan libre un estrecho pasillo de entrada. Con paciencia, las recién llegadas consiguen alcanzar la tumba que tocan y besan con devoción.
Me descalzo antes de ponerme a la cola, y con cuidado de no pisarle la mano a alguna, entro para verlas de cerca. ¡Es realmente impactante!

Un día más, está claro que tampoco estudiaré: aquí dentro hay demasiado que ver.

Al salir de nuevo al patio, una joven se acerca corriendo y me regala una rosa. ¡Vaya sorpresa! Nos conocimos días atrás en la mezquita Ruqqaya, donde me contó que ha venido desde Irán en un viaje familiar.
Intento recordar cuándo coincidimos, y está claro que, peregrinando de mezquita en mezquita, ella ha conseguido el mismo objetivo que yo con mis clases de idiomas: quedarse más de una semana en Damasco.







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