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Autor Tema: SIRIA 4 (va de libros)  (Leído 1177 veces)
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marsindbad
Sr. Member
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Mensajes: 23



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« en: 14 de Julio de 2007, 01:10 »

¡Primer fin de semana sin clases! No todo estaba abierto los viernes en Damasco, así que me fui a pasar la tarde al Palacio Azem, un edificio precioso en el que además se exponen piezas de artesanía de todo tipo (textil, cerámica, caligrafía, instrumentos musicales...).
No sé quién tuvo la ocurrencia de recrear escenas de la vida cotidiana en el centro de las salas, y colocó junto a las más exquisitas muestras de artesanía un ejercito de maniquíes de cartón-piedra (maestro con sus alumnos, o novios el día de su boda, o conjunto de recién casada, bebé y suegra...) que casi convierten el museo en la casa de los horrores.

Para recuperarme del susto, me senté en un banco frente al estanque y me relajé cual pachá. Y allí estaba junto a una familia, recibiendo clases gratuitas de árabe (literalmente cierto, porque las muy precisas y bien explicadas correcciones que hacía el padre, me llevaron a decirle bromeando que parecía un maestro... y acerté), cuando apareció un minigrupito de españoles: una pareja joven y el guía.

Inmediatamente el maestro me los presentó, y así acabé la tarde tomando un té con mis paisanos. Y como no hay en el mundo lugar suficientemente alejado donde esconderse, en menos de cinco minutos de conversación ya habíamos descubierto nuestros conocidos comunes en España. ¡Cómo para ir de incógnito! Los que no se conocían de nada eran el guía y el maestro, así que no entiendo tanta rapidez en presentármelos. Da igual.
Pasamos largo rato charlando en uno de esos patios que esconde el viejo Damasco, disimulados detrás de puertas y fachadas que a primera vista no prometen demasiado. Una vez dentro, la sorpresa y la admiración ante estos tesoros ocultos son inevitables. Por suerte para el visitante, cada día son más los edificios a los que se puede acceder, ya que muchos de ellos están siendo restaurados para dedicarlos a la hostelería.

El guía que les acompañaba había aprendido español en Cuba, donde fue a realizar unos estudios que nada tenían que ver con el turismo. Es frecuente en países que pertenecieron a la órbita comunista, encontrar guías turísticos con un inconfundible acento cubano, y que aprovechan sus conocimientos del idioma para trabajar con grupos de españoles o latinoamericanos. Siria, Yemen, Etiopía...
En el caso de los yemeníes, que cuando se fueron a estudiar a Cuba rondarían los 20 años, el regreso definitivo del Caribe minifaldero a la república islámica tuvo que resultarles especialmente difícil de digerir. ¡Viaje a las antípodas!, no geográficas, pero sí en cuanto al modo de vida. Alguno me contó que estando de vacaciones en Yemen le pilló el inicio de la guerra y por supuesto nunca más volvió a Cuba. Muchos años habían pasado y aún seguía lamentándose.

Y como si fuera lo más normal del mundo, el guía abre su maletín y empieza a sacar libros y revistas, hojas con textos escritos en árabe y sus correspondientes traducciones al español, una antología de poetas sirios en castellano, y una edición de Borges en árabe. ¡Vaya con el maletín! Se suponía que ahí debían estar los visados, bonos para los hoteles y demás documentos del viaje.
Y ya que yo me quedaba en Damasco, ¿podría ayudarle con alguna de aquellas traducciones que necesitaban un repaso? preguntó. Sí, claro. Y también podría él, pensé, echarme una manita con los preparativos de mi viaje por Siria, ese que tenía previsto hacer una vez terminadas las clases. ¡Tres semanas libres para visitar TOOODOOOO el país! Yo no traía nada preparado de antemano, así que estaba abierta a cualquier sugerencia.

Pero volviendo al maletín, aquello fue solo el primer aviso...
El fin de semana fui a visitar a la familia de una amiga en la región de Hauran, al sur del país, donde parte de la población es drusa (pero eso ya lo contaré para otro sorteo).
Mientras esperábamos la cena, el padre me fue enseñando los libros que llenaban una enorme biblioteca. Y allí estaban: las obras completas de García Márquez en árabe. No un par de libros, como tengo yo cuando un autor me gusta. TODOS. De algunos ni siquiera fui capaz de traducir el título al español, porque no los había oído en la vida. ¡Vaya vergüenza!
Gracias a que “Cien años de soledad” me gusta muchísimo, pude mostrar auténtico entusiasmo por el autor y así salir del paso... al menos por esta vez.

Pero Gabo ataca de nuevo. Quedo para planear mis tres semanas libres, y esta vez sale del maletín la traducción al español de una reseña árabe sobre “Memorias de mis putas tristes”. Le echo un vistazo y corrijo alguna falta que se ha colado, mientras alguien se ocupa de hacer (no puedo decir corregir porque no estaban hechos) mis deberes de clase.
La reseña debía publicarse en una revista (cuatrilingüe si mal no recuerdo), dirigida a emigrantes en el extranjero. Pude hojear un número y allí estaba también Rosa Regás. ¿De verdad leen tanto los sirios?

Y seguíamos en la cafetería cuando aparecieron tres amigos del guía, todos escritores. Nada más presentarnos, mi nombre les recuerda el título de una obra de Naguib Mahfuz, autor que me gusta mucho, pero del que solo he leído dos libros. A pasar apuros otra vez intentando seguir la conversación, ya que siempre se empeñaban en conocer mi opinión sobre los autores y su obra. Al levantarnos de la mesa, me devolvieron mi cuaderno de clase donde habían dejado plasmada parte de la conversación, ¡en forma de poema, por supuesto!

Sobremesa en una casa “cualquiera”, o casa “normal”, donde me invitaron a comer. La conversación giraba en torno al cine. Cine norteamericano, para empezar. ¡Y encima les gustaba! Yo odio el cine de Hollywood y con ese tema soy una intransigente. Aproveché que tenía auditorio y dije todo lo que pensaba sobre el peor cine del mundo (o sea, ese). “Pero no todo será malo en América” me replicaba, entre sorprendido y asustado, un vecino que nos acompañaba. Yo no había dicho eso, aunque es verdad que después de ver según qué películas americanas me da por pensarlo.
Para castigarme por bocazas (como si él no lo fuera) apareció por allí el fantasma de Buñuel. “¿Has leído sus memorias?” La pregunta no la hice yo: iba dirigida a mí. También Buñuel me gusta mucho, pero tuve que reconocer que las tenía en la lista de espera.
Aquello parecía no tener fin: le llegó el turno a Alvaro Mutis. ¡Cada vez peor!, éste ya solo me sonaba de oídas. “¿Qué te parece?”. Pues que no puedo opinar. “¿Que no lo has leído? Es maravilloso, has de leerlo”.

Y es que las sorpresas no se acababan en los patios damascenos. Veraneas en el Eje del Mal, y allí te encuentras con fervientes defensores de EEUU (y de su cine, ya les vale) y con los más entusiastas lectores de la mejor literatura en castellano.
Yo intentaba encontrar explicaciones razonables, y se me ocurrió una que parecía buena: la amistad de Gabo y Fidel Castro podría explicar el interés por el primero. Pero mi profesora de árabe me aseguró que de eso nada, que en Siria hay auténtica pasión por la literatura. Y por García Márquez (como literato, no porque apoye el régimen cubano).
Es cierto que alguna vez en clase, ha evocado emocionada el entierro de un poeta sirio (más admirado por el pueblo que por el régimen) en el que la gente se echó a la calle con flores para despedirle. Cuesta imaginarse semejante muestra de fervor popular en España... salvo que se trate de un acontecimiento deportivo.

Pero en Siria la afición por las letras parecía una epidemia. El colmo fue un día en el museo, hablando con un chiquito que no sé ni de dónde salió. De repente sacó papel y bolígrafo y empezó a trazar el boceto de un proyecto que se llevaba entre manos. Eran unas caligrafías que formaban la imagen de un barco. Las palabras eran nombres de profetas, y cada nombre tomaba la forma de un objeto relacionado con su vida o historia. La palabra Noé se transformaba en el casco del barco, Moisés (o Aarón) era el mástil, por lo de la vara convertida en serpiente, etc., etc. El asunto se complicaba cada vez más.  Yo miraba el papel y no me podía creer lo que veía: era casi un tratado de teología. ¡Y él lo explicaba con la misma naturalidad que Arguiñano da sus recetas!

Este asunto de los libros y letras hasta en la sopa, empezó a recordarme un viaje que hice a Marruecos, también monotemático, en el que a TODO el mundo le dio por hablarme del mal de ojo. Me iba a otra ciudad, y volvía a salir el temita sin razón aparente. Al final consiguieron que hasta yo me viera afectada, y el día antes de irme me puse malísima. Pero eso sí que es para otro sorteo.



 





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15 de Mayo de 2008, 00:27