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Autor Tema: SIRIA 2 (clases en Damasco)  (Leído 678 veces)
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marsindbad
Sr. Member
****
Mensajes: 23



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« en: 26 de Junio de 2007, 00:32 »


Decidida a mejorar mi nivel de árabe de forma espectacular, opté por autoflagelarme con 2 horas de clase diarias (10 semanales). Creedme que con un par de clases de hora y media a la semana, sobra. Mil veces mejor dedicarse a callejear e ir de compras por el zoco, que es donde se aprende de verdad.
Lo único que me fue realmente útil en el examen que me aguardaba aquí en España, convocatoria de septiembre, no tuvo nada que ver con la gramática y lo aprendí precisamente mi última noche en Siria, cuando fui a despedirme de unos amigos.
Llevábamos un ratito en su casa, cuando ya se había reunido allí toda la familia ... y medio vecindario (es lo que tiene ponerse a tomar la fresca a la vista de todos). Por lo menos una docena de adultos sentados en semicírculo sobre una alfombra, y los niños dando mal (aunque menos que en España). A pesar de que parecía una situación informal, no me libré de aterrizar en el lugar que tenía todas las pintas de ser la presidencia.
Aparece el anfitrión, y muy sonriente, se planta delante de mi, de pie, cafetera en mano, y me sirve una tacita de ese café tan contundente que preparan los sirios. Me lo bebo rápidamente, y dando las gracias le devuelvo esa única taza que allí había, para que continúe con el reparto.
Pero él la rellena y me la ofrece de nuevo. ¡Problema de protocolo a la vista! Pregunté con disimulo, y así averigüé que cuando ya no se quiere más, hay que agitar la tacita en el aire. Solucionado, pero me daba la risa de pensar que podía haberme bebido todo el café y el pobre no hubiera rechistado.
Examen de septiembre en España. No es que el profesor nos estuviera esperando con una cafetera, pero sí que nos había preparado un texto sobre el papel del café en la sociedad de Oriente Medio. Lo más difícil de traducir era, por supuesto, cuando explicaba el asunto de agitar la tacita (salvo que ya supieras lo que se explicaba, como yooooo).

La profesora con quien daba  mis (excesivas horas de) clase vivía fuera de Damasco. Para llegar a su casa tenía que coger cada día el autobús, aunque más se parecía a un microbús, o para hablar con propiedad, era una furgoneta con 5 filas de asientos a la que solo puedes subir si queda alguno libre. Los “minibuses” en cuestión se recorrían toda la ciudad e iban a las poblaciones vecinas (día y noche).
El primer día ella me acompañó, para enseñarme el funcionamiento (menos mal...) y cuales eran mis paradas.
Había muchísimas rutas, así que cada vehículo llevaba el destino escrito en la parte frontal. En árabe, claro. Y solo en árabe. Era un buen ejercicio de lectura rápida. Divertidísimo si te acompaña un español que no sepa árabe (analfabeto temporal, je, je), porque depende totalmente de ti y le entra una admiración repentina por tus saberes...
Pero lo más complicado no es identificar el tuyo, sino conseguir entrar. A veces, ni siquiera paran completamente: la gente sube y baja en marcha, y el que no espabila ahí se queda, esperando.
Una vez dentro es muy curioso (para los turistas, claro) porque uno de los pasajeros, el que se sienta en diagonal con el conductor, se convierte en el cobrador. Las monedas llegan hasta él desde cualquier fila o asiento, pasando de mano en mano. El las guarda, devuelve el cambio y cuando le parece, entrega al conductor lo recaudado. Si se baja, otro ocupa el lugar y asume el cargo. Está claro que un extranjero debe evitar a toda costa sentarse AHÍ, aunque la gente le echará una mano, sin lugar a dudas.
Existen paradas fijas para subir, pero cada cual se baja donde le conviene. Hay que avisar, claro. Y de viva voz, porque no hay timbre. Menudo apuro: yo, antes de abrir la boca, me lo pensaba más que si me fuera a tirar en paracaídas. Pero llegados al punto, no queda más remedio que levantar la voz. ¡Al iamin! (a la derecha), era mi frase predilecta. La escuché una vez y me pareció inmejorable, es sencilla pero lo suficientemente larga como para que el conductor se entere de que alguien ha dicho algo.
En cuanto al precio, es un medio de transporte muy barato. ¡Y además no te engañan! Yo me pasaba el viaje calculando las ganancias del conductor (supuestamente propietario del vehículo), y nunca me cuadró que con ese precio y trabajando menos de 24 horas al día, se pudiera mantener el vehículo. Menos aún, una familia entera.

Y puesto que empezaron las clases, me compré un diccionario. Allí estaban las palabras árabes para nombrar a las pulgas, los insectos, ¡y nada menos que tres para los mosquitos! Todas distintas. Un poco tarde, pero bueno... existían las palabras.


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14 de Mayo de 2008, 23:43