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Autor Tema: Trípoli 2 (el zoco)  (Leído 676 veces)
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marsindbad
Sr. Member
****
Mensajes: 23



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« en: 12 de Junio de 2007, 03:15 »

Soy una fanática de los zocos. Cuanto más liosos y enrevesados, mejor.
(Ni que decir tiene que uno de mis predilectos es Marrakech, donde no hay dos calles paralelas, sin hablar de las que van girando casi imperceptiblemente, hasta colocarte en dirección contraria a la que crees llevar.)
El zoco de Trípoli, por el contrario, no es grande ni laberíntico. Aunque el primer día es fácil perderse, (tan fácil como orientarse de nuevo), no tiene grandes complicaciones.

Yo lo encuentro muy de andar por casa, y quizás por eso me resulta tan agradable para pasear. Siempre hay animación, pero no llega a agobiar.
Escasean las tiendas de “recuerdos” para unos turistas que casi no existen. En cambio, abundan los productos de consumo doméstico: ropa, especias, verduras, pescado, joyas, jabones...., que también son una opción interesante para regalar en España. A mis amigos les encantan los relojes con números árabes, los cuentos infantiles (que se leen de derecha a izquierda y empezando por atrás), las mezclas de especias, el café con cardamomo, o los famosos jabones artesanos de Trípoli (con propiedades medicinales, cosméticas, de aromaterapia..., y de muy diferentes olores: menta, romero, cedro, jazmín, rosa...).

Hay una calle principal, recta, larga y estrecha, donde a medida que se avanza las tiendas de ropa, papelerías, pequeños restaurantes, etc... dan paso a las de alimentación: pescados aireándose sobre los mostradores, trozos de carne (o bichos enteros) colgados de ganchos, y  finalmente, en el último tramo, un mercado de verduras que lucen un aspecto muy, muy saludable.

La zona de las joyerías (de gusto un tanto alejado del nuestro) es bonita: pequeños locales de piedra, bien arreglados, con escaparetes  abarrotados de joyas de oro.

Muy cerca se encuentra Khan As Sabun, una construcción con patio central, donde en otros tiempos se fabricaban los tradicionales jabones de Trípoli. Hoy en día los venden y almacenan, pero la producción se ha trasladado fuera. Cada vez más modernizados, hace dos años ya ofrecían servicio de venta por internet. Pero es que cuando volví hace cosa de un mes, descubrí con asombro un cartel de “precio fijo”. Increíble.

De todas las visitas, la de hace cuatro años con los compañeros de clase, fue la que tuvo un final más inesperado. Tampoco excesivamente extraño tratándose de un país árabe...
El caso es que tonteando con las fotos, los jabones y las compras, acabamos aceptando una invitación del chico que nos atendía para ir a su casa no se sabe muy bien si a tomar un café, a merendar, o a qué.
Cuando aparecimos por allí, su madre no se espantó de verle llegar con media docena de extranjeros que intentaban saludarle en un árabe macarrónico. Nos acompañaron a una terraza enorme donde nos sentamos, y entonces aparecieron niños de todas las edades. ¡Qué peligro!
A mi me vino a dar conversación una chica que rondaba los doce años, muy interesada por nuestros conocimientos de árabe. No me había hecho ni dos preguntas, cuando me equivoqué al conjugar un dual. ¡Vaya chorreo! Así empezó una clase de gramática (en árabe, por supuesto) imposible de asimilar. Y ella cada vez más embalada, preguntándonos a ver si nos pillaba en falta para corregirnos y sacarnos del error. Menudo dolor de cabeza.
Pero no hay mal que cien años dure, y por fin nos llamaron a la mesa.
Bajamos al comedor y no sé cómo se las había apañado la pobre mujer, pero nos había preparado un banquete: platos y más platos de diferentes comidas. Ni idea del tiempo duró la cena: más fotos, más risas....
Creo que salimos de allí pasada la media noche.
Cuando dos años después volví otra vez a Khan As Sabun, ¡me reconocieron! Eran dos jovencitas de unos catorce años. En fin..., quizás mi árabe plagado de incorrecciones les resultó familiar.






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