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marsindbad
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« en: 11 de Junio de 2007, 02:13 » |
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Hace ahora cuatro años de mi primer viaje a Trípoli, (Tarablus en árabe). Entonces había que explicar a los amigos “es una ciudad costera, del norte de Líbano...”. Hoy en día, desde que ha saltado tristemente a la primera página de la actualidad, ya no es necesario.
Con la excusa de un curso de árabe, me fui a pasar tres semanas a Trípoli. Clases por la mañana, pero tardes y festivos libres para visitar otros lugares: Biblos, Beirut, Baalbeck, Tiro.... Incluso pasamos a Damasco (donde decidí que mi siguiente curso de árabe sería precisamente allí). Y es que los cursos de idiomas son un filón, puedes recorrer medio mundo.
En Trípoli me alojaba en un domicilio particular, con una señora que acostumbraba a recibir estudiantes. La amabilidad personificada, pero ni una palabra de cualquier idioma que no fuera árabe. Y no el árabe que se estudia en clase precisamente... Aquel verano estaba de moda un culebrón protagonizado por una tal Valeria Sandobal, y esas eran las dos únicas palabras que yo era capaz de entender a lo largo de todo el día. Deprimente. Vivíamos en una zona céntrica, a cinco o diez minutos del zoco. Los edificios eran relativamente modernos, aunque algo destartalados, y sin ser un laberinto, era fácil desorientarse. Nuestro ascensor funcionaba mientras los cortes de electricidad lo permitían, y desde la 7ª planta, disponíamos de estupendas vistas al vecindario (je, je). También el castillo y la plaza del Tall quedaban muy cerca. ¿Qué más se puede pedir?
Nunca supe cual era mi dirección. Me aprendí de memoria el itinerario, y en el último momento, que era el problemático, localizaba el edificio gracias al cartel de la peluquería que ocupaba los bajos del edificio. Sí que llevaba un papelito con anotaciones en árabe para pedir ayuda a cualquiera, en caso de emergencia. A pesar de lo que algunos se imaginan (los que nunca han ido por allí, claro), el interés que se toma la gente por ayudar a los extranjeros es increíble. Yo me recorrí todo el país a base de preguntar a unos y otros. Puedo asegurar que me han sacado de todo tipo de apuros: no hay más que mirar con cara de despiste, para que alguien se acerque a ayudar. Y si te descuidas, cuando te giras para dar las gracias han desaparecido.
Por problemas con las vacaciones en mi trabajo, me presenté una semana antes que el resto de los alumnos del curso. Ni por esas pude librarme de las clases. Tuve profesora particular para mi sola. No me quedaba más remedio que estudiar de firme, porque el árabe no hay quién lo improvise. La solución para compatibilizar estudio y turismo: papelitos con el vocabulario en los bolsillos, para ir estudiando mientras pateaba la ciudad.
Pero mis problemas empezaban ya de buena mañana. Cada día, a eso de las siete, sonaba el timbre de casa. Aquello era casi un ritual: aparecía en la puerta dando los buenos días siempre la misma vecina, que subía a tomarse un café. Y a charlar un ratito. Salían a la terraza, donde la temperatura era francamente agradable, y estratégicamente situadas detrás de una cortina que las protegía de las miradas de curiosos/as, (pero que no les impedía a ellas verlo to-do), se disponían a empezar el día con un buen café y una conversación tranquila. Por supuesto que me invitaban a acompañarles. Una tacita, minúscula, de café con cardamomo (bien cargado, y ni gota de leche) me ayudaba a despejarme. Falta me hacía porque llovían las preguntas. Y yo más que entenderlas, me las imaginaba. Una vez informadas sobre mi familia, trabajo, etc. pasamos al ¿dónde estuviste ayer? Les interesaba mucho, porque yo me iba cada día más lejos (y no solo dentro de Trípoli, sino por todo el país).
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