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Autor Tema: Trípoli 3 (escapada a Beirut)  (Leído 874 veces)
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marsindbad
Sr. Member
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Mensajes: 23



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« en: 14 de Junio de 2007, 01:18 »


Trípoli me gustaba mucho, pero en cuanto llegó el domingo aproveché la ocasión para ir a Beirut.
Desde la plaza del Tall salen costantemente autobuses hacia allí. Muy cerca del puesto de falafel (aviso: es difícil probar uno más rico que éste), unos tipos repiten la letanía beirutbeirutbeirutbeirut intentando captar clientes. Así que te acercas y ellos te buscan acomodo.
Pero yo solo llevaba tres días en Líbano, y aún no sabía lo fácil que es llegar a cualquier lugar solo con la ayuda de la gente. Me imaginé perdida, dando vueltas por todo el país en un autobús rodeada de extraños, y opté por rascarme el bolsillo e ir en taxi. Confiaba en que de este modo estaría mejor vigilada. ¡Error! Vigilada sí que estuve, pero desde luego no fue mejor.
Los taxis son colectivos y salen cuando se llenan, pero uno puede pagar por los cuatro pasajeros e irse, como hice yo cuando me harté de esperar.

Durante todo el trayecto la autovía discurre cerca del mar. Quizás favorecido por el clima mediterráneo, ladrillo y cemento crecen con la misma facilidad que en nuestras costas. El país es pequeño y no hay demasiados kilómetros disponibles, así que hay que construir bien apretado. Pasamos junto a varias localidades costeras, y a unos 40 km. de Beirut, nos encontramos con Biblos: este sí es un pueblo bonito (al menos la parte antigua).

El taxista, un plomo. Ni siquiera me dejó en el centro de la ciudad, y yo tardé un buen rato en darme cuenta de que aquello era un barrio, muy mono, pero alejadísimo de mi destino. Cuando por fin llegué al centro y vi los rascacielos y los edificios completamente nuevos, me daba vergüenza pensar que por un rato, mientras paseaba en un agradable barrio de casitas bajas, había podido creer que estaba en el mismísimo centro de Beirut. Eso pasa por no leerse antes la guía...
Al pagar, aún me dio el tipo su tarjeta con el número de móvil por si quería regresar con él. No tenía el menor interés, pero tampoco me atreví a tirarla a la basura hasta que no me vi de nuevo en Trípoli.

Después de dar unas cuantas vueltas, conseguí que otro taxista me llevara a la Corniche, el paseo marítimo. Para explicarle con mi escaso vocabulario que quería ir al centro, no se me ocurrió nada mejor que decirle “a la zona de tiendas y restaurantes para turistas”. Pues me dejó sentada dentro de una pizzería y con la carta en la mano. Pero por lo menos, ya estaba junto al mar.
Domingo, mes de junio, las dos de la tarde cuando salí del restaurante: la calle era un infierno. En la acera no había un alma, pero si miraba hacia abajo, a la orilla del mar no cabía un alfiler. A pesar de las rocas y el poco espacio disponible entre el paseo y el mar (llamarle playa sería demasiado optimista), la gente se apretujaba para disfrutar del agua y el sol.
Los trajes de baño, especialmente femeninos, no se veían por ningún lado. Sin embargo, el agua estaba invadida por los bañistas . Cada vez más asombrada por el espectáculo, anduve largo rato sin dejar de ver gente, ¿cientos?. Jovenes, familias, pescadores...  Hoy, cuatro años después, todavía recuerdo a una provocadora Marylin fumándose un cigarrillo sentada sobre una enorme rueda de camión que hacía las veces de flotador. Entrada en años y en carnes, parecía la reina de Saba ¡la playa es mía! Los piececillos colgando, a remojo, y ella saboreando cada caladita. ¿Lo que no le cuadra a una occidental?, ¡forrada de pies a cabeza! Eso, de pies a cabeza.

Y siguiendo con el tema, a los pocos días me invitaron a pasar la tarde en una urbanización de playa cercana a Trípoli. Era privada y aquí todo el mundo llevaba bañador. Pero para mi sorpresa, pude comprobar que aun estando permitido, hay quien prefiere no ponerse uno. Mientras yo me bañaba con la dueña del apartamento (baño además de refrescante,  muy esclarecedor por la conversación que mantuvimos sobre el tema del baño y los bañadores), otra amiga que amablemente nos había traido en su coche, nos esperaba en la terraza fumándose un narguile (pipa de agua) y con cara de “los bañadores no son para mi....”. Claro que su hermana había preferido quedarse en Trípoli. ”Las playas no son para mi” debió de pensar. 



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07 de Septiembre de 2008, 00:18