|
sep 14
2008
|
Brujas, cuento de hadasEnviado por marsindbad in [Sin etiquetar] |
Hoy se acaba la Expo, pero yo escribo sobre mi excursión a Brujas (que lo tenía pendiente).
Tras el congreso en Amberes, los días libres. Ninguna duda sobre cual sería mi primera excursión, ya que todo el mundo estuvo de acuerdo en recomendarme Brujas.
Una vez allí, me sorprendió que el castellano parecía ser el idioma oficial de la ciudad. Entre los turistas, los Erasmus con el curso recién terminado y los familiares de los Erasmus, éramos una invasión. Claro que para perder de vista a los paisanos, bastaba con entrar a un museo. Allí eran otras las nacionalidades que predominaban.
Nada más bajar del tren, junto a la estación, se encuentra el Begijnhof donde vivió una comunidad de beguinas. La zona que rodea el beguinage es muy bonita, casi de ensueño, con las tranquilas aguas del canal, los edificios antiguos en sus orillas, un paseo arbolado, puentecillos casi de juguete y pequeños barcos navegando... Aquel día precisamente, lucía además un sol espléndido (algo más bien raro por allí) que le daba al conjunto un brillo especial. Al llegar a cierto rincón, el paisaje era tan idílico que casi parecía artificial, y eché de menos a Blancanieves y los enanitos cruzando por encima de alguno de aquellos puentes, porque la mano de Disney parecía estar detrás de todo aquello.
El tema de las beguinas me pareció sumamente interesante. Comunidades de mujeres que, siglos atrás, se organizaron para llevar una vida de oración a la vez que ayudaban a los necesitados. Los beguinages eran pueblos dentro de ciudades (el de Lovaina aún más impresionante que el de Brujas, por sus grandes dimensiones) que se organizaban con gran independencia. A diferencia de las órdenes religiosas tradicionales, estas mujeres podían abandonar la institución para casarse sin mayor problema. La actividad que desplegó este movimiento dentro de la sociedad de su época fue muy relevante, y dadas sus características, no es extraño que despertaran el recelo de las autoridades eclesiásticas. Debería leer algo sobre el tema.
De allí me fui al Memlingmuseum, en el antiguo hospital de San Juan. Aaaahhhhhh... ¡los antiguos flamencos! ¡Qué maravilla! Por una vez en la vida, escuché con atención las explicaciones de la audioguía mientras intentaba encontrar cada uno de los detalles que describía y explicaba la vozzzz. La ventaja de ir sola es que nadie te mete prisa, y allí me senté para contemplar las obras maestras (que para eso colocan las sillas dente de las pinturas). Vaya lujo.
A mediodía mi espíritu estaba más que alimentado, pero yo necesitaba reponer fuerzas. En la plaza mayor, Markt, decidí dar una segunda oportunidad a las famosas "frites" que tanto me decepcionaron en Amberes. Nada de cadenas de comida rápida, vi a la gente haciendo cola delante de un tradicional puestecillo callejero y seguí su ejemplo. ¡Menos mal que volví a pedir ración pequeña! Lo que me costó acabármelas...
Ayuntamiento, Basílica de la Santa Sangre... y Museo Groeninge. Otra sorpresa. El museo no es grande, pero podría decirse aquello de que "lo bueno si breve...". Destacan dos colecciones, la de primitivos flamencos que incluye obras muy notables, y otra mucho más actual, la de expresionistas flamencos, que no me dejó indiferente. Escenas, colores y personajes impactantes que llaman la atención desde que se entra en la sala.
Para mí, todos los pintores expuestos eran completos desconocidos (Servaes, Permeke, Brusselmans, Tytgat...). Tampoco es raro, porque yo ni siquiera tenía noticias del Expresionismo Flamenco. Fue todo un descubrimiento.
Y me entretuve, me entretuve... tanto que cerraron la iglesia de Nuestra Señora y no pude ver la escultura de Miguel Ángel que tanto me habían recomendado.
En fin, ya me pasó en Florencia, que entré a ver el convento donde vivió Fray Angélico y me perdí el David de Miguel Ángel... Pero es que no podía quitar los ojos de las pinturas que decoraban las paredes de las celdas... y también me entretuve más de la cuenta.
Una interesante iniciativa del museo Groeninge es la colección "Paseos por el museo". Se trata de unos libros divulgativos, chiquititos y baratísimos, pero con fotografías a todo color, buen papel y tapa dura. Cada número está dedicado a un tema, y tuve la suerte de encontrar el de los expresionistas flamencos. Así pude averiguar algo más sobre aquellos pintores que tanto me habían gustado.
En Brujas solo me quedaba tiempo para el paseíto en barco por los canales. Estuve a punto de no hacerlo porque parecía una turistada (había unas colas impresionantes para subir), pero me animé y no me decepcionó. Pude ver calles por las que no había pasado y vistas muy hermosas de la ciudad. Sobre todo, diferentes de las que había visto a pie.
Aunque las explicaciones se daban en tres idiomas, ninguno de ellos era el español. Pero es que tampoco oí que ningún turista lo hablara dentro del barco. Está visto que los españoles nos concentramos alrededor de los puestos de patatas fritas y en las tiendas de souvenirs.
Antes de irme, compré unas cajas de chocolate. A estas alturas de la vida una ya no sabe ni qué regalar, y para no repetirme (bombones de Leónidas ya traje la última vez), entré en una bombonería de diseño. Vi en el escaparate unos bombones con toques de color al estilo papel pintado años 70. Una vez dentro, me contaron que se trataba de una colección inspirada en los 4 elementos. Probé bombones tierra (con sabor a flores), fuego (picantes), y agua (con sales de los mares del Pacífico). La colección aire estaba todavía en el aire (reconozco que es la más complicada) aunque según dijeron iba viento en popa. No probé ninguno.
Compré unas cajitas con 12 bombones, solo 12, pero con mucha carga reflexiva y filosófica. Eso debió de ser lo que pagué a precio de oro, la filosofía y el diseño de la caja, que era muy original. Y ese fue el regalo VIP. Para el resto, tabletas Côte d´Or del supermercado, que mi presupuesto no daba ya para más filosofía. Aunque dicho de paso, está igual de bueno que el otro. Eso sí, de reflexión, nada de nada. Solo chocolate.
Me voy a dormir. Mañana, que ya es hoy, acaba la Expo. No me he interesado demasiado por ella, pero la ceremonia de clausura con 40 minutos de fuegos artificiales podría merecer la pena. Ya os contaré.


