9 de agosto. Todo el día de viaje, vía Alemania, para llegar a Delhi. Muchas horas de espera en el aeropuerto de Frankfurt. El salto a Asia.
Magnífica publicidad en la sala de recogida de maletas: "Antes sólo se podía entrar en el fuerte Rowjana como prisionero". Quedan unos minutos de cola para formalizar la entrada en el país aunque traigas visado.
Estás en la India apenas cuando los mozos del aeropuerto te arrancan las maletas para llevártelas por diez o veinte rupias. Los hoteles y las agencias envían microbuses y coches para recoger a sus clientes. Los taxistas te prometen que el hotel a donde te llevan ellos es mejor.
El tráfico nocturno disuade a cualquiera que llegue con la idea de conducir el mismo.Se trata de no estrellarse y los variopintos vehículos se cruzan por uno y otro lado. Nos alojamos en
Le Meriedien, hotel enorme y bien organizado con criterio indio. Mañana temprano volveremos al aeropuerto.
10 de agosto. Nos vamos a Udaipur en avión. Miran el equipaje de carga con rayos X y lo cierran con una cincha de plástico. Pasas por arcos pero luego viene un registro a mano, con filas de hombres y de mujeres. Insisten mucho en no llevar cerillas ni mecheros en el equipaje de mano, que miran a fondo pero son amplios en lo que uno puede subir a la cabina. En el aeropuerto nos espera un chico que nos dice que es el primer día que recoge a alguien aquí. Es de día y los cristales del microbus son nuestra primera mirada a la India cotidiana, de piedra y de color. Llegamos a las orillas de un lago, el Pichola, que mandó construir un maharana y un palacio en el centro. Ese es nuestro hotel al que sólo se accede por barca...
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