Escrita por: Myriam
Os escribo desde Pakse, ciudad de tránsito para la mayoría de los viajeros que recorren Laos. En pocas horas cogemos un autobús destino a Vientiane (si otra vez), tres días de espera en la capital y luego rumbo a Vietnam. Los últimos diez días los hemos pasado en el sur de Laos tras una parada en Phonsavan, pueblo recondito, devastado por la guerra y fértil en minas antipersonas, granadas y explosivos varios. Tras una segunda parada en Vientiane cogemos un autobús destino a las 4000 islas, un pequeño paraiso tropical en pleno Mekong: en verano, el caudal del río baja y centenares de islas aparecen a la superficie, el revés de la moneda es que en temporada de lluvias las islas principales están plagadas de arrozales, el paisaje es todavía más impresionante según hemos oido. El calor ha sido tenaz, tanto que hemos dejado de lado nuestros temores (alimentados por las recomendaciones del Lonely) y nos hemos bañado en el Mekong como todo hijo de vecino. Recorrer el río en barca es una auténtica gozada, está lleno de vida....hasta hay delfines, de agua dulce!!!
El viaje de Laos a Vietnam se convierte en toda una epopeya. Un trayecto de 24 horas con bastantes complicaciones. Un autobús de mercancias cuyos asientos van siendo reemplazados progresivamente por enormes bultos que se acumulan sobre el techo y en todos los rincones, nuestro espacio vital disminuye gradualmente, al cabo de tres horas decidimos desistir y buscar un medio de tranporte alternativo más seguro. Bronca con el responsable, carrera a bordo de un tuc tuc para alcanzar otro autobús que ya ha salido; unas horas después llegamos a la frontera, que cruzamos a pie en medio de un temporal de lluvia y de niebla. El control de los pasaportes es escrupuloso y agotador, son las seis de la mañana, tres horas después subimos a otro autobús camino a Hanoi. No llegamos hasta las siete de la tarde.
Hanoi
Tráfico, mucho tráfico, polución, un cielo gris y una humedad fría...
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