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Empezaré por el principio (del viaje) y ya veremos hasta dónde llego:

Aeropuerto de Barajas. Allí nos presentamos con nuestras bolsas, mochilas y maletas dispuestos a volar hacia Buenos Aires. Lo previsto era llegar allí por la mañana, temprano, y continuar hacia Bariloche.

Tres o cuatro días antes, un mensaje de la agencia de viajes nos avisaba de que nuestro vuelo se retrasaba media hora. Bueno, vale, si solo es eso... Y que pasáramos por  el mostrador de la compañía antes de facturar.


Nuestros billetes llevaban tres meses comprados, y la tarifa no era especialmente barata (cerca de 1.200 euros). Por ese precio, una se considera con derecho a cena y asiento numerado.

 

Pero nada más llegar, empezaron los problemas.

No me extenderé mucho. En los mostradores no nos hacían caso porque todo era correcto (decían), pero cuando intentábamos facturar no nos lo permitían. Y escribo mostradores en plural porque eran dos las compañías aéreas que se dedicaban a jugar al ping-pong con nosotros, asegurándonos ambas que éramos pasajeros de "la otra" compañía. Nadie tenía la culpa, nadie se responsabilizaba... Bueno, sí, la culpa siempre era de "los otros" y las responsabilidades también. En eso sí que estaban de acuerdo las dos compañías: el problema no era suyo sino de "los otros".

El billete lo emitía una compañía, pero como pertenecíamos al cupo de "la otra" debíamos viajar en el avión de "la otra". Y la otra no tenía plazas libres. No se sabe muy bien cómo, habíamos desaparecido de la lista de los unos pero nuestros nombres no habían llegado a la de los otros.

Que si aquí no pueden facturar porque hay overbooking, tendrán que esperar hasta el final. (Sí, claro: el último que llega a un avión con overbooking, ése no sube. Y lo sabe hasta el más tonto).

Y si no cabemos ¿qué pasará? ¿ ¿eeeehh? ?

Seguro que caben.

¿En un avión con overbooking?

Siempre falla alguien.

Pues entonces, déjennos subir ya.

No, no. Al final.

 

Montamos en cólera y nos sublevamos.

 

Explicaciones, pocas. Que si estábamos en el segmento oculto (claro, y por eso no nos visualizaban), que si los sistemas informáticos de las compañías eran incompatibles (muy operativo, siendo que comparten aviones habitualmente), etc., etc.

 

Finalmente conseguimos que la responsable de una de las compañías se desplazara en persona hasta la oficina de los otros. Era la única manera de que se pusieran de acuerdo sobre con quién debíamos volar.

Y dictaminaron que subiríamos en el vuelo que salía en 2º lugar (solo había media hora de diferencia). Se nos hizo raro porque era precisamente el avión del overbooking, pero no nos quedó más remedio que esperar y callar. Asesinar a alguien solo hubiera empeorado la situación...

 

Nos fuimos a la cafetería a hacer tiempo y en estas, que suena el móvil. Quedaban tres plazas en el primer avión y despegaba ¡ya! ¡Hala! a correr con las maletas para facturar. ¿Seguro que llegarán a tiempo al avión? preguntamos preocupados, aunque lo decíamos en tono de broma.

Pues no. Como era de esperar, no llegaron.

Y como no fue posible facturar directamente a Bariloche, ya en Buenos Aires pudimos comprobar que nuestras maletas no habían viajado con nosotros. Ni una sola de las maletas. Normal, todas juntitas y a saber en qué otro vuelo.

 

En Bariloche fuimos a reclamar. Sí, en Bariloche. Esa ciudad rodeada de picos nevados en la que suele hacer un frío de morirse. Y nosotros bien fresquitos, como quién acaba de salir del verano.

Perder todas las maletas a la vez tiene un problema: nadie puede prestarle ropa a nadie. Ni ropa, ni gel, ni nada de nada.

Pero lo peor era que nadie sabía por dónde andaban las maletas y nosotros no sabíamos a qué atenernos. ¿Empezábamos ya a comprar o esperábamos?

 

Una reclamación por escrito se materializó en 30 euros por cabeza. Para ir tirando: pijama, gel, esponja... Y en la duda, empezamos a mirar forros polares y anoraks. Porque ¿qué pasaría si las maletas no llegaban definitivamente? ¿o si tardaban muchos días?

 

Finalmente las localizaron al día siguiente, y con bastante retraso sobre la hora anunciada apareció un taxista en nuestro hotel para entregárnoslas. ¡Yupiiiii!, con maletas, por fin podíamos empezar el viaje después de dos días esperando.

Cogí mi maletón y la bolsa de asas. La levanté, y estaba tan contenta que hasta me pareció las asas eran alas y que no me costaba ningún esfuerzo transportarla hasta la habitación. Y entonces... ¡sorpresa, sorpresa! Alguien había rebuscado dentro de nuestras maletas.

Ninguna señal indicaba que los candados hubieran sido forzados, pero dentro estaba todo revuelto. Empezamos a echar de menos algunas cosas: un GPS (totalmente de acuerdo en que no es buena idea facturarlo), un frasco de colonia de 2ª mano, un cargador de pilas, ropa interior (¡¿?!), ¡mi anorak! ¡¡Noooooooo!! No podía ser verdad. Estaba condenada a seguir pasando frío.

Pusimos la denuncia y nos enteramos de que la indemnización va al peso. O sea, que quizás nos paguen más por los calzoncillos que por el GPS. En fin.

 

Ya contaré otra día como acaba este asunto y si me indemnizan o no.

Para entretenernos mientras tanto y por si alguien tiene curiosidad, unos días más tarde descubrí como habían abierto mi bolsa. Nunca te acostarás sin saber...:

La pieza que abre y cierra cremalleras se compone de dos partes: la de estirar y la de abrir y cerrar. Esta última tiene una abertura muy estrecha, por donde supongo que el fabricante "enhebra" la otra, para después cerrar un poco la abertura y evitar que se salga la pieza de estirar. Ya perdonareis, pero no sé como se llama cada una de ellas. Eso si tienen nombre...

Así que cuanto me quedé con una de las piezas en la mano, lo entendí todo. Tonta de mí, hasta ese momento aún dudaba de si me habría dejado el anorak en España, en casa.

 

 

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