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Estos días que hace un frío que pela, me acuerdo de los chiflados que recorren el mundo en bicicleta. Yo nunca me había tropezado con uno de ellos en carne y hueso, aunque sí había leído sus increíbles hazañas en periódicos y revistas. Finalmente, he tenido la ocasión de comprobar que realmente existen y que la prensa (al menos en este asunto) no miente.

Hago una pirueta y salto de Bariloche, donde me había quedado, a Bajo Caracoles. Otro día contaré lo que hice en ese intervalo (o sea, recorrer la Ruta Austral).

 

Bajo Caracoles es una población en medio de la nada, eso sí, estratégicamente situada en la Ruta 40. Su cercanía a la Cueva de las Manos y la existencia de una gasolinera obligan a los viajeros a fijar  su atención en ella.

Sí, porque quien viaje hacia el Sur y no llene aquí el depósito, se está buscando problemas. No va a encontrar otra gasolinera en 200 km. Ni teléfono para pedir socorro, ni otros seres humanos que le puedan ayudar...

 

Como la Cueva de las Manos se encuentra "cerca" de la población (hablando en proporciones patagónicas), nos pareció buena idea pasar allí la noche.

La excursión es francamente bonita y yo casi bizqueaba: un ojo para admirar el paisaje (un cañón que en días de sol y primavera parece de postal) y el otro para las pinturas.

Llama la atención que se encuentran prácticamente al aire libre y que, estando expuestas a la climatóloga patagónica, hayan resistido el paso de los milenios como lo han hecho. Parece (literalmente) mentira que todas esas manos que se superponen unas a otras recubriendo las paredes de la gruta puedan haber conservado su colorido durante 9000 años. Sí, dan ganas de creer que son falsas, pero la Unesco las ha catalogado como Patrimonio de la Humanidad, así que no queda lugar a dudas.

 

Nada más llegar a Bajo Caracoles repostamos en uno de los dos surtidores solitarios y a continuación, entramos a tomar algo en el hotelito. Hotel, colmado, restaurante, salón social... Todo en uno.

La clientela era curiosa. Y variada. Como que los raros éramos nosotros... A mi, la atmósfera me recordó a los hermanos Cohen, que a lo mejor no son ni tan originales ni tan creativos, sino que simplemente han visto mundo (y han sabido copiarlo).

Más literaria, la amiga que me acompañaba veía por allí la sombra de Borges. Aquello le recordaba el cuento en el que un tipo va a parar a cierto garito (similar al nuestro) donde es retado: un cuchillo se clava en la mesa, frente a él, y esa es su sentencia de muerte. Si lo he leído, no lo recuerdo.

Para mí, aquello no era tan tétrico. Vendían un poco de todo (mate, galletas, bebidas...) y en las habitaciones se alojaban los trabajadores de las obras cercanas. ¿Qué podían hacer en ese lugar fuera de las horas de trabajo? Pues una vez visitadas las cuevas, allí no había nada de nada. "Cuatro" casas. Bueno, y si creemos lo que se anunciaba a la entrada del pueblo, policía, juez y otros servicios. Pero del ocio no se hacía mención.

 

Reservamos habitación. Cuartos de baño impecables, habitaciones amplias y sábanas... para salir corriendo. Los "inspectores" que examinaron la habitación y le dieron el visto bueno, fueron destituidos de su cargo (entre ellos, yo) y a partir de ese día, cuando se entraba a ver una habitación levantábamos discretamente una esquinita de la colcha antes de darle nuestra aprobación.

Nos fuimos a inspeccionar el otro hotel aunque sin intención de trasladarnos. Mera curiosidad.

Fue allí donde encontramos a una mujer ya entrada en años, con la piel muy, muy curtida y totalmente despelujada, que examinaba con una lupa unos mapas de la zona. Imposible ponernos de acuerdo sobre su edad. Se acercó a charlar un ratillo y nos contó que era estadounidense, que viajaba en bicicleta, y que había salido de su casa 15 meses atrás. Pedaleando, pedaleando, se  había cruzado América y ya estaba cerca de su destino: Punta Arenas.

Con su mal español y nuestro peor inglés, no pudimos hacer demasiadas averiguaciones. Andaba un poco desconectada, en todos los sentidos, e insistía en preguntarnos por Obama. Se acercaba la fecha de las votaciones... Nosotros, idiotas, no le preguntamos casi nada. Pero es que las preguntas nos surgieron al día siguiente. Como siempre, demasiado tarde.

 

Volvimos a nuestro hotel decididos a cenar, pero no sabíamos que allí cenaba todo el mundo a la vez, que al comedor no se entraba hasta que el cocinero no lo tenía todo preparado y que, como es evidente, no se elegía menú porque cuando daban permiso para entrar era porque la comida estaba ya en el plato, y el plato en la mesa. Mientras esperábamos (y desesperábamos, porque cada vez que preguntábamos por la cena nos contestaban "un minuto"), apareció la ciclista para pedirnos un favor.

Puesto que todos íbamos hacia el Sur por la Ruta 40 y ella pensaba madrugar más, calculaba que deberíamos adelantarla a media mañana. Su idea era que le lleváramos un botellón de Sprite  para entregárselo al cruzarnos con ella en la carretera. Como su mochila pesaba 40 kg., no podía cargar con lo que consideraba un capricho innecesario.

Nos quedamos con la botella de Sprite y empezamos a criticar: "¿40 kilos? pues parece mentira que una persona con tanta experiencia viajera no sea capaz de reducir el peso de su equipaje" "¿y para qué llevara tantos modelitos? pues que se cambie menos" "nosotros con 15 kilos por persona tenemos de sobra"... Y así, murmurando como viejas chismosas, matamos el tiempo hasta la hora de la cena.

 

Nada más salir por la mañana, miramos el cuentakilómetros para estar pendientes de ella. La previsión era que hubiese avanzado 10 ó 15 km. Pero a los pocos minutos de viaje, en una cuesta arriba, vimos un bulto que parecía empujar una bicicleta. Efectivamente, era ella. ¡Y apenas había avanzado 2 ó 3 km!

Hacía un día de perros y ella arrastraba la bicicleta. Fui a entregarle el refresco y entonces me pidió que se lo dejáramos enterrado en un cruce, unos 100 km. más adelante, y que señaláramos con una bolsa el lugar. Así, cuando llegara a ese punto (medio muerta de sed, seguro) se daría el capricho.

Continuamos ruta. Como en Bajo Caracoles nos habían dejado sin desayunar (no había nadie para atendernos) buscábamos un restaurante, cafetería, bar de carretera... ¡o máquina de café! porque al final ya nos conformábamos con cualquier cosa. Nada de nada. Alguna flecha indicando "estancia tal o cual", pero a saber a qué distancia.

Llegamos al punto convenido y escondimos la botella. En 100 km. solo habíamos visto algo parecido a un bar de carrtera, y con pinta de llevar tiempo cerrado. Así que seguíamos en ayunas. Y fue entonces cuando empezamos a preguntarnos ¿llegará hoy? nooo, imposible ¿y mañana? hmmm...  No nos preocupaba que el Sprite se calentara por estar tantas horas al sol (era evidente que NO iba a calentarse) sino ¿ dónde dormirá? ¿llevará saco y tienda? ¿y que comerá? ¿llevará bebidas? ¿para cuántos días? Claro, claro, ya iban saliendo los 40 kilos dichosos. ¿Y si se pone enferma? ¿o si pilla una insolación? Todo eran preguntas, que se quedaron sin respuesta porque no volvimos a coincidir con ella.

Empezábamos a intuir la dureza de su viaje, pero lo que no fuimos capaces de imaginar fue ¿qué razón puede llevar a una persona a meterse en semejante aventura?  Misterio, pero una cosa está clara: a mí, no me pillan.

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