A las 6h00 salía el vuelo. El tio Matt y su colega Fermin Pérez, natural de Lugo, ingerían cervezas Erdinger en un pintoresco bar del centro histórico de Dusseldorf. Había que hacer tiempo antes de coger el vuelo y, ante lo molesto de salir de madrugada de una ciudad que no es la tuya, por lo menos se entretenían observando a algunos nostálgicos de los Scorpions y trasnochados similares.
El viaje era simple. No mucho más de 100 km a través de uno de los lugares más desconocidos de Europa. Aterrizarían en Dubrovnik, y enseguida emprenderían camino al sur, hacia Albania, atravesando Serbia y Montenegro. Como centro de operaciones habían elegido un pueblo a mitad del camino. Por las fotos parecía un Dubrovnik en miniatura, una fortaleza construida sobre una pequeña península al lado de una playa larga. A pesar del cansancio acumulado, la primera impresión no defraudó y poco a poco empezó el periodo de adaptación a la cultura balcánica. Primera regla, si quieres algo ahórrate cortesías y evita sonreír a cualquier costa. La sonrisa no esta muy cotizada entre esta gente.
Decidieron quedarse allí un par de días para diseñar bien la ruta y las paradas, y descansar un poco. Tanto el tio Matt como FP confiaban en su experiencia viajera para, poco a poco, desenvolverse con desparpajo entre los nativos e ir descubriendo los secretos – que no son pocos – de la región. “No hay duda de que son gente dura, y normal que lo sean después de todo lo que ha pasado! Pero también son mediterráneos y como tales seguro que al final son gente hospitalaria y expresiva. Solo hay que rascar un poquito y…” – así se procuraban mutua confianza ambos en esas primeras horas del principio de las vacaciones; horas siempre optimistas.
La primera sorpresa llego prácticamente de inmediato. Salieron a tomar una copa y de camino al centro tuvieron que hacer un par de pausas. Ya habían sido avisados de la belleza de las mujeres balcánicas pero tampoco pensaban que fuese para tanto. Pero si lo era. En calidad y cantidad. Ninguno de los dos había visto nada así antes. De hecho, jamás se habían imaginado que algo así podía ser posible. Las calles, las tiendas, los restaurantes estaban llenos de mujeres inverosímiles. El tio Matt y FP se miraban de rato en rato con ojos desorbitados y corroboraban su entusiasmo con comentarios muy breves y bastante poco incisivos. Trataban de mantener la compostura de la gente que viene de un país civilizado, pero en algunos momentos la impresión los anulaba y naturalmente surgía con voz entrecortada el “ pero macho….has visto….?!!”. Los lectores de esta misiva ya podrán imaginar como esa primera copa en los Balcanes dibujó – con un nivel de convencimiento sobre el futuro que solo los españoles tienen cuando beben - unas vacaciones históricas. Era hora de jubilar a Indiana Jones y James Bond. Fermin Pérez y el tio Matt brindaban a la salud de las asombrosas aventuras que les aguardaban en aquellas tierras de bárbaros. Saliendo del bar, con sobredosis de exaltación, ambos se preguntaron por que razón no habría en ese lugar – que parecía uno de los mejores bares de la zona – el mismo personal que habían visto en la calle. “Oye, te has fijado que hemos ido a caer donde se meten las gordas del pueblo?”. Evidentemente, no era el momento para darle mas vueltas a aquella extraña coincidencia.
La segunda sorpresa no tardaría en llegar. No es costumbre en ninguno de los dos protagonistas de la historia el fijarse en hombres. Sin embargo, no estuvo de más hacerlo antes de meter la pata en semejante territorio. A medida que pasaron esos primeros días empezaron a identificar quien era quien y como se movían las cosas. Viajar a los Balcanes es como viajar por primera vez. Hay que aprender a entenderlo todo y nada es lo que parece a primera vista. Detrás de la calma veraniega de un pueblo de costa se escondía un mundillo de redes que tan solo habían podido adivinar a través de algunos BMW y Mercedes 4x4 sin matricula, prestados de otros países mas solventes. Fue a través de las conversaciones con Stepan cuando empezamos a darnos cuenta. Stepan era el anti-espécimen de los Balcanes. De expresión soñolienta y melancólica era un romántico empedernido. Su trabajo consistía en alinear las hamacas de alrededor de la piscina cuando los turistas se iban. Lo realizaba de una forma metódica pero inconsciente; claramente su cabeza estaría fabricando fábulas de amores platónicos. Hasta entonces nuestras conversaciones habían sido tímidas y amigables: el Real Madrid, Penélope Cruz y todo el resto de chorradas que sirven de protocolo en estas situaciones. El tercer día el tío Matt decidió ir un paso mas allá y tentar la suerte, “……de todas formas Stepan, hay demasiados tópicos sobre España. Es como si nosotros pensásemos que aquí todo el mundo duerme con un kalashnikov debajo del colchón”… El careto del piscinista profesional no dejo lugar a dudas. Efectivamente, en los Balcanes la gente todavía duerme con un kalashnikov debajo del colchon. Este comentario, a priori inocente, nos abrió mágicamente la puerta – hasta entonces infranqueable - para conocer el sitio en el que habíamos caído. El Sr Perez y el tio Matt, con la ayuda de Stepan, se dieron entonces cuenta de que veraneaban en la llamada “playa de Belgrado”, donde la mafia serbia convive pacíficamente con sus primos favoritos: los ruskis del mismo ramo y, por supuesto, con todas sus añadiduras, incluyendo un gran numero de opositores a Joe Pesci a la balcánica y grandes inversoras en cirugía estética.
A partir de ahí todo pareció mucho mas claro, gracias a uno de los momentos cruciales del viaje. Ante la imposibilidad literal de hablar con la gente – no responden y prácticamente no miran – los susodichos decidieron acudir al ojo del huracán. El lugar en cuestión era una discoteca llamada Trocadero. La falta de originalidad del nombre pensamos que contrastaría con la clientela: centro neurálgico de divertimento de algunos de los veraneantes más “respetados” en Belgrado y, tal vez, en Moscú. Por fuera era una nave industrial de aspecto sospechoso; un poco alejada de otros bares y restaurantes pero al mismo tiempo con pinta de almacén corriente y moliente. Después de un par de piscolabis en el hotel, tanto FP como el Tio Matt se lanzaron a descubrir que había detrás de tanta puerta cerrada.
Una vez ajustado el traje de reportero fisgón, atravesaron el control de metales, vigilado por un par de seres adyacentes a la especie humana, y aparecieron en un teatro enorme, con una decoración espantosa, llena de dorado, rojo pasión y un suelo que mezclaba el azulón brillante con un plateado de nave espacial. Subieron al último anfiteatro para tener una buena vista. Abajo, lo que en la mayoría de los países seria la pista de baile, estaba cubierto por mesas altas. En cada una de ellas un grupo de tres o cuatro personas hablaban sin perder el control, de forma casi solemne. Esto claramente contrastaba con lo que se habían imaginado los intrusos ya que aquello por el momento parecía una recepción de la embajada austriaca con gente venida a menos. También contrastaba con la selección de música, que incluía pachanga veraniega en cantidades industriales y a todo volumen. Allí prácticamente nadie bailaba. De pronto cayeron en la cuenta de que la gente no se hablaba entre las diferentes mesas. La gente no se hablaba, punto. Por la forma de vestir y de comportarse era difícil saber si eran mafiosos de verdad – muchas veces la distinción entre balcánico y mafioso es físicamente imposible -, pero si había mucha Tarantinitis, mucho aspirante a John Travolta y Uma Thurman, pero con bastante poca gracia y mucho menos presupuesto.
Después de la primera impresión todo era, sin embargo, lo contrario de lo que los nuevos visitantes se imaginaban. Alli no había sitio para Brando o de Niro. No solo por falta de estilo, sino porque no había ni comedia ni drama, ni champagne ni scotch, ni espectáculo ni pelea. Por no haber, no había prácticamente ni pose. Era el patio de un instituto en agosto, poblado por un grupo de infelices que han repetido suficientes veces como para darse cuenta de que el futuro ya se les ha ido de las manos.
No había duda, allí había gente que había matado, e incluso posiblemente lo siguiese haciendo, amantes de la Gran Serbia y justificadores de genocidios, algunos podían secuestrar sin pensárselo dos veces a cambio de un pequeño símbolo de estatus. Ellos, conscientes de que tienen los días contados. Ellas, aun más sorprendente, agarrándose a un clavo ardiendo, accediendo a convertirse en productos desechables por el placer de un momento de popularidad en la discoteca del pueblo. Y así, tras una visita antropológica al zoo del glamour y del peligro, en una de las regiones más sangrientas y controvertidas del planeta, se largaron Mr Perez y Mr Matt de Trocadero, buscando un irlandés para tomarse la ultima; ilesos y casi llorando de aburrimiento.
Y después de esta equívoca experiencia continuaron los 100 Km. de las vacaciones; recorriendo el único fiordo del sur de Europa, visitando fortalezas medievales, descubriendo las ruinas que deja la guerra y esquivando conductores camicaces por las laderas de las montañas. A través de los días llegaron al final de la ruta. Los dos vejetes que hacían autostop y que recogieron de camino fueron los últimos en intentar convencerles de que no fuesen a Albania. Intento fallido. Pasada una frontera arcaica llena de agentes con caspa entraron en, sin duda, uno de los lugares mas deprimentes del mundo, donde la única puerta abierta al futuro es la criminalidad en sus diferentes versiones. La pobreza le cambia la cara a la gente. La criminalidad aun más.
* * *
Roma, Estambul, Atenas o Viena han dejado una huella en la historia por haber creado civilizaciones o imperios, cultura y arte, derecho y comercio. En cierta manera todas ellas han puesto su grano de arena en la construcción del mapa genético de lo que Europa es hoy en día; estabilidad y orden; en muchos casos predecible hasta límites esquizofrénicos. Cualquiera de esas ciudades esta a menos de una hora de los Balcanes.
Los Balcanes hoy se desintegran otra vez. Nuevas fronteras, por enésima vez en su historia. Ellos, sin embargo, aseguran que a pesar de las fronteras hay solo un carácter, común para todos: son balcánicos. Y solo desde esa perspectiva se puede empezar a entender lo que significan los Balcanes. Los nostálgicos de Tito se confunden con los fieles a la memoria de Milosevic. Se han molido a palos hace dos días y hoy no se hablan. Sin embargo, a pesar de ello, se consideran hermanos y aceptan de forma natural que los serbios sean los directores de orquesta. La cabeza les dice que no hay que perder el tren de Europa, pero el corazón no saldrá nunca de Belgrado. Viajar a los Balcanes es darse de bruces con el mayor reducto de irracionalidad que existe en el mundo, y también, el mas lógico.
A las 6h00 salía el vuelo. El tio Matt y su colega Fermin Pérez, natural de Lugo, ingerían cervezas Erdinger en un pintoresco bar del centro histórico de Dusseldorf. Había que hacer tiempo antes de coger el vuelo y, ante lo molesto de salir de madrugada de una ciudad que no es la tuya, por lo menos se entretenían observando a algunos nostálgicos de los Scorpions y trasnochados similares.
El viaje era simple. No mucho más de 100 km a través de uno de los lugares más desconocidos de Europa. Aterrizarían en Dubrovnik, y enseguida emprenderían camino al sur, hacia Albania, atravesando Serbia y Montenegro. Como centro de operaciones habían elegido un pueblo a mitad del camino. Por las fotos parecía un Dubrovnik en miniatura, una fortaleza construida sobre una pequeña península al lado de una playa larga. A pesar del cansancio acumulado, la primera impresión no defraudó y poco a poco empezó el periodo de adaptación a la cultura balcánica. Primera regla, si quieres algo ahórrate cortesías y evita sonreír a cualquier costa. La sonrisa no esta muy cotizada entre esta gente.
Decidieron quedarse allí un par de días para diseñar bien la ruta y las paradas, y descansar un poco. Tanto el tio Matt como FP confiaban en su experiencia viajera para, poco a poco, desenvolverse con desparpajo entre los nativos e ir descubriendo los secretos – que no son pocos – de la región. “No hay duda de que son gente dura, y normal que lo sean después de todo lo que ha pasado! Pero también son mediterráneos y como tales seguro que al final son gente hospitalaria y expresiva. Solo hay que rascar un poquito y…” – así se procuraban mutua confianza ambos en esas primeras horas del principio de las vacaciones; horas siempre optimistas.
La primera sorpresa llego prácticamente de inmediato. Salieron a tomar una copa y de camino al centro tuvieron que hacer un par de pausas. Ya habían sido avisados de la belleza de las mujeres balcánicas pero tampoco pensaban que fuese para tanto. Pero si lo era. En calidad y cantidad. Ninguno de los dos había visto nada así antes. De hecho, jamás se habían imaginado que algo así podía ser posible. Las calles, las tiendas, los restaurantes estaban llenos de mujeres inverosímiles. El tio Matt y FP se miraban de rato en rato con ojos desorbitados y corroboraban su entusiasmo con comentarios muy breves y bastante poco incisivos. Trataban de mantener la compostura de la gente que viene de un país civilizado, pero en algunos momentos la impresión los anulaba y naturalmente surgía con voz entrecortada el “ pero macho….has visto….?!!”. Los lectores de esta misiva ya podrán imaginar como esa primera copa en los Balcanes dibujó – con un nivel de convencimiento sobre el futuro que solo los españoles tienen cuando beben - unas vacaciones históricas. Era hora de jubilar a Indiana Jones y James Bond. Fermin Pérez y el tio Matt brindaban a la salud de las asombrosas aventuras que les aguardaban en aquellas tierras de bárbaros. Saliendo del bar, con sobredosis de exaltación, ambos se preguntaron por que razón no habría en ese lugar – que parecía uno de los mejores bares de la zona – el mismo personal que habían visto en la calle. “Oye, te has fijado que hemos ido a caer donde se meten las gordas del pueblo?”. Evidentemente, no era el momento para darle mas vueltas a aquella extraña coincidencia.
La segunda sorpresa no tardaría en llegar. No es costumbre en ninguno de los dos protagonistas de la historia el fijarse en hombres. Sin embargo, no estuvo de más hacerlo antes de meter la pata en semejante territorio. A medida que pasaron esos primeros días empezaron a identificar quien era quien y como se movían las cosas. Viajar a los Balcanes es como viajar por primera vez. Hay que aprender a entenderlo todo y nada es lo que parece a primera vista. Detrás de la calma veraniega de un pueblo de costa se escondía un mundillo de redes que tan solo habían podido adivinar a través de algunos BMW y Mercedes 4x4 sin matricula, prestados de otros países mas solventes. Fue a través de las conversaciones con Stepan cuando empezamos a darnos cuenta. Stepan era el anti-espécimen de los Balcanes. De expresión soñolienta y melancólica era un romántico empedernido. Su trabajo consistía en alinear las hamacas de alrededor de la piscina cuando los turistas se iban. Lo realizaba de una forma metódica pero inconsciente; claramente su cabeza estaría fabricando fábulas de amores platónicos. Hasta entonces nuestras conversaciones habían sido tímidas y amigables: el Real Madrid, Penélope Cruz y todo el resto de chorradas que sirven de protocolo en estas situaciones. El tercer día el tío Matt decidió ir un paso mas allá y tentar la suerte, “……de todas formas Stepan, hay demasiados tópicos sobre España. Es como si nosotros pensásemos que aquí todo el mundo duerme con un kalashnikov debajo del colchón”… El careto del piscinista profesional no dejo lugar a dudas. Efectivamente, en los Balcanes la gente todavía duerme con un kalashnikov debajo del colchon. Este comentario, a priori inocente, nos abrió mágicamente la puerta – hasta entonces infranqueable - para conocer el sitio en el que habíamos caído. El Sr Perez y el tio Matt, con la ayuda de Stepan, se dieron entonces cuenta de que veraneaban en la llamada “playa de Belgrado”, donde la mafia serbia convive pacíficamente con sus primos favoritos: los ruskis del mismo ramo y, por supuesto, con todas sus añadiduras, incluyendo un gran numero de opositores a Joe Pesci a la balcánica y grandes inversoras en cirugía estética.
A partir de ahí todo pareció mucho mas claro, gracias a uno de los momentos cruciales del viaje. Ante la imposibilidad literal de hablar con la gente – no responden y prácticamente no miran – los susodichos decidieron acudir al ojo del huracán. El lugar en cuestión era una discoteca llamada Trocadero. La falta de originalidad del nombre pensamos que contrastaría con la clientela: centro neurálgico de divertimento de algunos de los veraneantes más “respetados” en Belgrado y, tal vez, en Moscú. Por fuera era una nave industrial de aspecto sospechoso; un poco alejada de otros bares y restaurantes pero al mismo tiempo con pinta de almacén corriente y moliente. Después de un par de piscolabis en el hotel, tanto FP como el Tio Matt se lanzaron a descubrir que había detrás de tanta puerta cerrada.
Una vez ajustado el traje de reportero fisgón, atravesaron el control de metales, vigilado por un par de seres adyacentes a la especie humana, y aparecieron en un teatro enorme, con una decoración espantosa, llena de dorado, rojo pasión y un suelo que mezclaba el azulón brillante con un plateado de nave espacial. Subieron al último anfiteatro para tener una buena vista. Abajo, lo que en la mayoría de los países seria la pista de baile, estaba cubierto por mesas altas. En cada una de ellas un grupo de tres o cuatro personas hablaban sin perder el control, de forma casi solemne. Esto claramente contrastaba con lo que se habían imaginado los intrusos ya que aquello por el momento parecía una recepción de la embajada austriaca con gente venida a menos. También contrastaba con la selección de música, que incluía pachanga veraniega en cantidades industriales y a todo volumen. Allí prácticamente nadie bailaba. De pronto cayeron en la cuenta de que la gente no se hablaba entre las diferentes mesas. La gente no se hablaba, punto. Por la forma de vestir y de comportarse era difícil saber si eran mafiosos de verdad – muchas veces la distinción entre balcánico y mafioso es físicamente imposible -, pero si había mucha Tarantinitis, mucho aspirante a John Travolta y Uma Thurman, pero con bastante poca gracia y mucho menos presupuesto.
Después de la primera impresión todo era, sin embargo, lo contrario de lo que los nuevos visitantes se imaginaban. Alli no había sitio para Brando o de Niro. No solo por falta de estilo, sino porque no había ni comedia ni drama, ni champagne ni scotch, ni espectáculo ni pelea. Por no haber, no había prácticamente ni pose. Era el patio de un instituto en agosto, poblado por un grupo de infelices que han repetido suficientes veces como para darse cuenta de que el futuro ya se les ha ido de las manos.
No había duda, allí había gente que había matado, e incluso posiblemente lo siguiese haciendo, amantes de la Gran Serbia y justificadores de genocidios, algunos podían secuestrar sin pensárselo dos veces a cambio de un pequeño símbolo de estatus. Ellos, conscientes de que tienen los días contados. Ellas, aun más sorprendente, agarrándose a un clavo ardiendo, accediendo a convertirse en productos desechables por el placer de un momento de popularidad en la discoteca del pueblo. Y así, tras una visita antropológica al zoo del glamour y del peligro, en una de las regiones más sangrientas y controvertidas del planeta, se largaron Mr Perez y Mr Matt de Trocadero, buscando un irlandés para tomarse la ultima; ilesos y casi llorando de aburrimiento.
Y después de esta equívoca experiencia continuaron los 100 Km. de las vacaciones; recorriendo el único fiordo del sur de Europa, visitando fortalezas medievales, descubriendo las ruinas que deja la guerra y esquivando conductores camicaces por las laderas de las montañas. A través de los días llegaron al final de la ruta. Los dos vejetes que hacían autostop y que recogieron de camino fueron los últimos en intentar convencerles de que no fuesen a Albania. Intento fallido. Pasada una frontera arcaica llena de agentes con caspa entraron en, sin duda, uno de los lugares mas deprimentes del mundo, donde la única puerta abierta al futuro es la criminalidad en sus diferentes versiones. La pobreza le cambia la cara a la gente. La criminalidad aun más.
* * *
Roma, Estambul, Atenas o Viena han dejado una huella en la historia por haber creado civilizaciones o imperios, cultura y arte, derecho y comercio. En cierta manera todas ellas han puesto su grano de arena en la construcción del mapa genético de lo que Europa es hoy en día; estabilidad y orden; en muchos casos predecible hasta límites esquizofrénicos. Cualquiera de esas ciudades esta a menos de una hora de los Balcanes.
Los Balcanes hoy se desintegran otra vez. Nuevas fronteras, por enésima vez en su historia. Ellos, sin embargo, aseguran que a pesar de las fronteras hay solo un carácter, común para todos: son balcánicos. Y solo desde esa perspectiva se puede empezar a entender lo que significan los Balcanes. Los nostálgicos de Tito se confunden con los fieles a la memoria de Milosevic. Se han molido a palos hace dos días y hoy no se hablan. Sin embargo, a pesar de ello, se consideran hermanos y aceptan de forma natural que los serbios sean los directores de orquesta. La cabeza les dice que no hay que perder el tren de Europa, pero el corazón no saldrá nunca de Belgrado. Viajar a los Balcanes es darse de bruces con el mayor reducto de irracionalidad que existe en el mundo, y también, el mas lógico.
Tmatt
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