|
¿Dónde empieza el viaje? Imagino que a esta pregunta habrá tantas respuestas como personas. Muchas de naturaleza romántica, movidas por el sueño inalcanzable, y otras con una motivación un tanto más real, la necesidad de alcanzar un futuro mejor, el sueño de las migraciones.
En mi caso, se me hace difícil originar el viaje en un punto. Simplemente, ocurrió. Un buen día supe que tenía que hacer el recorrido a la inversa del que años atrás había trazado con un tono colorido impresionista. Me encontré sin más en medio de huracanes de despedidas y cajas de mudanza, de cenas y comidas con algunos amigos: caldo de gallina, pollo frito, frijoles con tortilla. La convivencia con lo extraño vuelve a las cosas tan cotidianas como familiares, y es así como se entrelazan las redes de la solidaridad. En los últimos días juntos, no hablábamos de mi viaje, sino que intentábamos pasarlo como un hecho sin importancia, como si no se tratara de ningún final dramático. Tal vez lo hicimos como acto reflejo para evitar el dolor. Guatemala ha sido un país torturado y masacrado hace menos de diez años. La mayoría de poblaciones indígenas fueron desplazadas de sus tierras, violadas y masacradas y ahora todavía sufren las consecuencias. Los responsables de esta injusticia todavía siguen vivos, impunes y ocupando los espacios de poder en el país. Los supervivientes saben mucho del dolor, y del amor. Ahí se viven verdaderas lecciones de vida que nunca le dejan a una indiferente. Me sumí durante días eternos en un llanto interno, en un luto. Las calles enlodadas por las lluvias, me transportaban de casa en casa, regalándonos mutuamente las últimas palabras de compañerismo por haber. Para algunos, la resistencia huele a dignidad. Y es así como se vive todavía en estos pequeños rincones del planeta, tan olvidados por los demás pero tan entregados al no callar y al no olvidar. La escuela, el molino, la iglesia y el salón comunitario. El campo de fútbol, el campito de las mujeres, la cocina comunitaria, las tiendas, el camino hacia la laguna, la aguada, el teléfono… Las risas y los bailes nocturnos, las charlas filosóficas, las decisiones tomadas, los juegos, los proyectos. Todo lo que tienen es fruto de su historia de resistencia y de su trabajo por aspirar a una vida mejor. Si antes era la política arrasadora de los gobiernos militarizados, ahora hay que sumarle el colonialismo explotador de grandes empresas transnacionales, muchas españolas, que les avasallan sus recursos naturales y les privan de las necesidades básicas. …El carro negro ya estaba listo, justo a la hora acordada. Algunos curiosos se acercaron al ver el equipaje exagerado. Subí a la parte de detrás del carro, abierta y en la cual una tiene que ir de pie. Éramos unas cuantas locas, las que se apuntan a un bombardeo si hace falta, y las que no se quedaban tranquilas si no me acompañaban hasta el final. La lluvia torrencial, caliente y tropical de la época nos hizo chorrearnos hasta lo más interno, obligándonos a acurrucarnos cómicamente bajo un plástico improvisado y un sin parar de chistes y risas histéricas… Los más veteranos del Petén, recuerdan que hace apenas 30 años el clima era totalmente diferente, con una niebla y barro constante; Ahora sólo llueve puntualmente y en verano la tierra se seca y el sol calienta molestosamente. Muchos saben que ese cambio climático es proporcional a la explotación maderera de los terratenientes que se ha venido realizando en los últimos tiempos, creando verdaderos desastres en el ecosistema y la biosfera del planeta. El autobús me esperaba. Me dio tiempo todavía a cambiarme algo de ropa seca para no llegar a mi país con una gripe de bienvenida. Unos abrazos rápidos y nada más. Las despedidas siempre se nos dieron mal. Montada en el autobús, que me llevaría a la capital en unas ocho horas, me llenaba la cabeza de pensamientos existencialistas y filosóficos a fin de conciliar el sueño. La llegada a “Guate” fue un tanto traumática, pues no había noches estrelladas ni cantos de monos aulladores. Era una manera de empezar a darme cuenta que aquello se había acabado. Me subí en el avión como una sonámbula sin entender que en unas horas, mis botas, todavía llenas de lodo, pisarían el asfalto de mi infancia, los edificios altos de mi adolescencia y el ritmo frenético de mi juventud. En vez de unas horas de viaje me daba la sensación de haber recorrido un abismo. En Barcelona había subido el consumo de aires acondicionados fruto de las quejas incesables de los exagerados calores de este verano.
Era el mismo mundo, el de la tierra redonda y en movimiento que nos enseñan en los libros de texto, mas sin embargo parece que nos hemos puesto de acuerdo para olvidarlo. Como alguien dijo una vez, “nunca el mundo fue tan injusto y la inequidad tan profunda”.
|