La mejor excusa para permanecer días y días en nuestra ciudad predilecta, es matricularse en un curso de idiomas. De poquitas horas al día, claro. Y así, con el cuaderno debajo del brazo, la ciudad entera se convierte en una gigantesca sala de estudio. Cualquier rincón de Damasco invita a sentarse, y mientras un ojo se ocupa de repasar los apuntes del día, el otro no pierde detalle de la vida cotidiana en la ciudad.
¡Peligro! Unos niños se aproximan tímidamente, con curiosidad. No es raro que en pocos minutos el listillo del grupo se convierta en un profesor más que exigente. No perdonan un dual o femenino mal conjugado. Y si un fallo en la pronunciación cambia el sentido de la frase, ellos se retuercen de risa. No hay compasión.
Adentrarse en el zoco Hamidiya también tiene sus peligros. Primero y principal, caer abducido nada más poner el pie dentro. Una vez allí, resulta imposible abandonarlo antes de que los comerciantes bajen las persianas de sus locales. Sin embargo, también fuera del zoco encontramos innumerables lugares que se merecen una visita reposada. Entre mis predilectos, dos mezquitas:
La mezquita del Sheij Muyaiddin, en el popular barrio de Salihiyé, alberga los restos del místico murciano Ibn Arabi. Tan venerado en el mundo musulmán como ignorado por la gran mayoría de los españoles, son pocos los turistas que encuentran un momento para acercarse a visitar su tumba. No es una construcción espectacular ni de gran belleza. Impacta más por la tranquilidad que se respira y su ambiente acogedor.
Llego a media tarde y al entrar, coincido en el patio con los hombres que han terminado su oración. Desde allí, una escalera desciende hasta la pequeña cripta donde se encuentra, custodiado por un guardián, el sepulcro del místico sufí. Curioseo un rato. Decido sentarme y esperar a ver quién llega. No tardan en aparecer media docena de mujeres rodeadas de chiquillos que se acomodan por los suelos, dispuestas a pasar la tarde junto al santo. El ambiente es muy familiar y relajado. Los críos se divierten pero no molestan, juguetean y se entretienen sin levantar la voz. Ellas los vigilan, charlan, se levantan a beber agua en una pequeña fuente.... Tengo la sensación de que la escena se repite a diario. Y como tiempo es lo que me sobra, yo también me quedo. Miro y me miran, y está claro que tengo aspecto de “intrusa”. Una de ellas me ofrece un vaso de agua: la excusa perfecta para preguntarme de dónde vengo y cómo he ido a parar allí. Ante este panorama, mi cuaderno de gramática se queda dentro del bolsillo: estoy demasiado ocupada y no puedo estudiar.
La otra mezquita, Sayida Zeinab, se encuentra en las afueras de Damasco, en un barrio bullicioso, invadido por cientos de peregrinos chiíes y tenderetes de productos religiosos. Sin hablar del tráfico rodado... La vida parece girar en torno a esta mezquita de grandes dimensiones, con su cúpula dorada y los minaretes azul celeste, que le dan un inconfundible aire iraní.
Siempre que la he visitado es un hervidero de gente: mujeres y más mujeres envueltas en sus chadores negros. Llegan en grupos muy numerosos, procedentes de Irán. Al Ministerio de Turismo y Peregrinaciones, que así se le llama en Irán, no debe de faltarle trabajo. Tampoco es mala excusa para salir y ver mundo... Es obligatorio, y yo también visto uno de esos chadores que nos prestan a las turistas en la puerta de entrada. Los entrega un tipo que además me avisa del peligro de que me roben la mochila. Pongo cara de incredulidad, pero él insiste: hay que tener cuidado. Está claro que las aglomeraciones son una tentación para los ladrones de cualquier país, aunque a mí me daría miedo robar delante de todos esos hombres que se pasean por allí, ataviados al más puro estilo Jomeini.
Y mientras unas mujeres están tranquilamente sentadas en el patio, otras se apelotonan intentando acceder al mausoleo central, donde reposan los restos de Zeinab, nieta del Profeta. El interior es impactante, empezando por la cúpula que brilla más que el papel de aluminio. Además no cabe un alfiler: el recinto está ocupado por una multitud de mujeres arrodilladas, orando, que solo dejan libre un estrecho pasillo de entrada. Con paciencia, las recién llegadas consiguen alcanzar la tumba que tocan y besan con devoción. Me descalzo antes de ponerme a la cola, y con cuidado de no pisarle la mano a alguna, entro para verlas de cerca. ¡Es realmente impactante!
Un día más, está claro que tampoco estudiaré: aquí dentro hay demasiado que ver.
Al salir de nuevo al patio, una joven se acerca corriendo y me regala una rosa. ¡Vaya sorpresa! Nos conocimos días atrás en la mezquita Ruqqaya, donde me contó que ha venido desde Irán en un viaje familiar. Intento recordar cuándo coincidimos, y está claro que, peregrinando de mezquita en mezquita, ella ha conseguido el mismo objetivo que yo con mis clases de idiomas: quedarse más de una semana en Damasco.
¡Primer fin de semana sin clases! No todo estaba abierto los viernes en Damasco, así que me fui a pasar la tarde al Palacio Azem, un edificio precioso en el que además se exponen piezas de artesanía de todo tipo (textil, cerámica, caligrafía, instrumentos musicales...). No sé quién tuvo la ocurrencia de recrear escenas de la vida cotidiana en el centro de las salas, y colocó junto a las más exquisitas muestras de artesanía un ejercito de maniquíes de cartón-piedra (maestro con sus alumnos, o novios el día de su boda, o conjunto de recién casada, bebé y suegra...) que casi convierten el museo en la casa de los horrores.
Para recuperarme del susto, me senté en un banco frente al estanque y me relajé cual pachá. Y allí estaba junto a una familia, recibiendo clases gratuitas de árabe (literalmente cierto, porque las muy precisas y bien explicadas correcciones que hacía el padre, me llevaron a decirle bromeando que parecía un maestro... y acerté), cuando apareció un minigrupito de españoles: una pareja joven y el guía.
Inmediatamente el maestro me los presentó, y así acabé la tarde tomando un té con mis paisanos. Y como no hay en el mundo lugar suficientemente alejado donde esconderse, en menos de cinco minutos de conversación ya habíamos descubierto nuestros conocidos comunes en España. ¡Cómo para ir de incógnito! Los que no se conocían de nada eran el guía y el maestro, así que no entiendo tanta rapidez en presentármelos. Da igual. Pasamos largo rato charlando en uno de esos patios que esconde el viejo Damasco, disimulados detrás de puertas y fachadas que a primera vista no prometen demasiado. Una vez dentro, la sorpresa y la admiración ante estos tesoros ocultos son inevitables. Por suerte para el visitante, cada día son más los edificios a los que se puede acceder, ya que muchos de ellos están siendo restaurados para dedicarlos a la hostelería.
El guía que les acompañaba había aprendido español en Cuba, donde fue a realizar unos estudios que nada tenían que ver con el turismo. Es frecuente en países que pertenecieron a la órbita comunista, encontrar guías turísticos con un inconfundible acento cubano, y que aprovechan sus conocimientos del idioma para trabajar con grupos de españoles o latinoamericanos. Siria, Yemen, Etiopía... En el caso de los yemeníes, que cuando se fueron a estudiar a Cuba rondarían los 20 años, el regreso definitivo del Caribe minifaldero a la república islámica tuvo que resultarles especialmente difícil de digerir. ¡Viaje a las antípodas!, no geográficas, pero sí en cuanto al modo de vida. Alguno me contó que estando de vacaciones en Yemen le pilló el inicio de la guerra y por supuesto nunca más volvió a Cuba. Muchos años habían pasado y aún seguía lamentándose.
Y como si fuera lo más normal del mundo, el guía abre su maletín y empieza a sacar libros y revistas, hojas con textos escritos en árabe y sus correspondientes traducciones al español, una antología de poetas sirios en castellano, y una edición de Borges en árabe. ¡Vaya con el maletín! Se suponía que ahí debían estar los visados, bonos para los hoteles y demás documentos del viaje. Y ya que yo me quedaba en Damasco, ¿podría ayudarle con alguna de aquellas traducciones que necesitaban un repaso? preguntó. Sí, claro. Y también podría él, pensé, echarme una manita con los preparativos de mi viaje por Siria, ese que tenía previsto hacer una vez terminadas las clases. ¡Tres semanas libres para visitar TOOODOOOO el país! Yo no traía nada preparado de antemano, así que estaba abierta a cualquier sugerencia.
Pero volviendo al maletín, aquello fue solo el primer aviso... El fin de semana fui a visitar a la familia de una amiga en la región de Hauran, al sur del país, donde parte de la población es drusa (pero eso ya lo contaré para otro sorteo). Mientras esperábamos la cena, el padre me fue enseñando los libros que llenaban una enorme biblioteca. Y allí estaban: las obras completas de García Márquez en árabe. No un par de libros, como tengo yo cuando un autor me gusta. TODOS. De algunos ni siquiera fui capaz de traducir el título al español, porque no los había oído en la vida. ¡Vaya vergüenza! Gracias a que “Cien años de soledad” me gusta muchísimo, pude mostrar auténtico entusiasmo por el autor y así salir del paso... al menos por esta vez.
Pero Gabo ataca de nuevo. Quedo para planear mis tres semanas libres, y esta vez sale del maletín la traducción al español de una reseña árabe sobre “Memorias de mis putas tristes”. Le echo un vistazo y corrijo alguna falta que se ha colado, mientras alguien se ocupa de hacer (no puedo decir corregir porque no estaban hechos) mis deberes de clase. La reseña debía publicarse en una revista (cuatrilingüe si mal no recuerdo), dirigida a emigrantes en el extranjero. Pude hojear un número y allí estaba también Rosa Regás. ¿De verdad leen tanto los sirios?
Y seguíamos en la cafetería cuando aparecieron tres amigos del guía, todos escritores. Nada más presentarnos, mi nombre les recuerda el título de una obra de Naguib Mahfuz, autor que me gusta mucho, pero del que solo he leído dos libros. A pasar apuros otra vez intentando seguir la conversación, ya que siempre se empeñaban en conocer mi opinión sobre los autores y su obra. Al levantarnos de la mesa, me devolvieron mi cuaderno de clase donde habían dejado plasmada parte de la conversación, ¡en forma de poema, por supuesto!
Sobremesa en una casa “cualquiera”, o casa “normal”, donde me invitaron a comer. La conversación giraba en torno al cine. Cine norteamericano, para empezar. ¡Y encima les gustaba! Yo odio el cine de Hollywood y con ese tema soy una intransigente. Aproveché que tenía auditorio y dije todo lo que pensaba sobre el peor cine del mundo (o sea, ese). “Pero no todo será malo en América” me replicaba, entre sorprendido y asustado, un vecino que nos acompañaba. Yo no había dicho eso, aunque es verdad que después de ver según qué películas americanas me da por pensarlo. Para castigarme por bocazas (como si él no lo fuera) apareció por allí el fantasma de Buñuel. “¿Has leído sus memorias?” La pregunta no la hice yo: iba dirigida a mí. También Buñuel me gusta mucho, pero tuve que reconocer que las tenía en la lista de espera. Aquello parecía no tener fin: le llegó el turno a Alvaro Mutis. ¡Cada vez peor!, éste ya solo me sonaba de oídas. “¿Qué te parece?”. Pues que no puedo opinar. “¿Que no lo has leído? Es maravilloso, has de leerlo”.
Y es que las sorpresas no se acababan en los patios damascenos. Veraneas en el Eje del Mal, y allí te encuentras con fervientes defensores de EEUU (y de su cine, ya les vale) y con los más entusiastas lectores de la mejor literatura en castellano. Yo intentaba encontrar explicaciones razonables, y se me ocurrió una que parecía buena: la amistad de Gabo y Fidel Castro podría explicar el interés por el primero. Pero mi profesora de árabe me aseguró que de eso nada, que en Siria hay auténtica pasión por la literatura. Y por García Márquez (como literato, no porque apoye el régimen cubano). Es cierto que alguna vez en clase, ha evocado emocionada el entierro de un poeta sirio (más admirado por el pueblo que por el régimen) en el que la gente se echó a la calle con flores para despedirle. Cuesta imaginarse semejante muestra de fervor popular en España... salvo que se trate de un acontecimiento deportivo.
Pero en Siria la afición por las letras parecía una epidemia. El colmo fue un día en el museo, hablando con un chiquito que no sé ni de dónde salió. De repente sacó papel y bolígrafo y empezó a trazar el boceto de un proyecto que se llevaba entre manos. Eran unas caligrafías que formaban la imagen de un barco. Las palabras eran nombres de profetas, y cada nombre tomaba la forma de un objeto relacionado con su vida o historia. La palabra Noé se transformaba en el casco del barco, Moisés (o Aarón) era el mástil, por lo de la vara convertida en serpiente, etc., etc. El asunto se complicaba cada vez más. Yo miraba el papel y no me podía creer lo que veía: era casi un tratado de teología. ¡Y él lo explicaba con la misma naturalidad que Arguiñano da sus recetas!
Este asunto de los libros y letras hasta en la sopa, empezó a recordarme un viaje que hice a Marruecos, también monotemático, en el que a TODO el mundo le dio por hablarme del mal de ojo. Me iba a otra ciudad, y volvía a salir el temita sin razón aparente. Al final consiguieron que hasta yo me viera afectada, y el día antes de irme me puse malísima. Pero eso sí que es para otro sorteo.
Las tierras de Siria han sido escenario de las más diversas aventuras espirituales. Y excéntricas, dicho sea de paso. Al norte de Alepo, la basílica de San Simeón conserva los restos de la columna sobre la que Simeón el Estilita pasó cerca de 40 años. Bueno, sobre esta columna precisamente no fueron tantos, porque durante ese tiempo se subió a varias, y cada una más alta que la anterior. ¿Para huir de los humanos o para acercarse a Dios? Al leer mi guía de Siria en español, saqué la idea de que el tipo era un tanto antisocial, pero si me fiaba de la otra guía, francesa, era dulce y compasivo con los visitantes que se acercaban buscando su bendición. Lo que sí estaba claro era que su fama se extendió y otros muchos siguieron su ejemplo durante los siglos posteriores.
La visita al complejo (construido alrededor de la columna tras la muerte del santo) es impresionante, tanto por su entorno como por los restos que aún siguen en pie: ábsides, columnas, arcos y capiteles bellamente esculpidos... ¡Cuesta creer que es una construcción del siglo V! Sobre todo comparando con lo que nos queda en España de aquel periodo. En aquella época lejana, el santuario recibía la visita de cientos y cientos de peregrinos, aunque puestos a imaginar, yo al que veía acercarse por entre las ruinas era al mismísimo demonio travestido en Silvia Pinal, descarado y provocador, que por orden de Luis Buñuel se subía la minifalda empeñado en poner a prueba la voluntad del santo. Recordaba lo mucho que me reí viendo la película y se me hacía extraño encontrarme delante de la famosa columna. Es un decir lo de columna, porque los restos erosionados que sobreviven justo en el centro de la basílica, no se acercan ni de lejos a los 18 metros que originalmente medía, aparte del sospechoso parecido que guardan con un huevo de dinosaurio fosilizado. Y es que las ocurrencias de estos atletas de Dios, mortificándose en medio del desierto de las más variadas maneras, a mi se me antojan antediluvianas. Aún así, me encanta leerlas e imaginar un desierto salpicado de columnas “habitadas” por ascetas ignorantes de que un día llegarían las torres petrolíferas a ocupar su lugar. Parece que en la actualidad son otras energías las que mueven el mundo.
Pero la idea de retirarse en el desierto no debió de parecerle tan pasada de moda al padre Paolo, jesuita italiano que a finales de los 80 decidió restaurar el antiguo monasterio de Mar Musa y fundar una pequeña comunidad. Proyecto singular ya que el grupo es mixto y de carácter ecuménico. Buscan fomentar el diálogo interreligioso y a primera vista se respiraba “buen rollito”. Amables y dispuestos a ayudar en lo que fuera necesario, no hacían notar a los visitantes la existencia del cepillo de limosnas.
Fui a parar allí gracias a las sugerencias del conductor, que acostumbrado a viajar con turistas, no paraba de mejorar los itinerarios que yo le proponía. Después de visitar unos cuantos monasterios en los alrededores de Damasco, nos metimos en una zona muy seca, casi un desierto, pero también muy bonita. Llegados a un punto la carretera se acabó, y a partir de allí el único modo de acceder al monasterio era a pie, subiendo por una escalera no muy empinada, pero larga y sin una sola sombra. En julio y recién comida aquello sí que fue una auténtica penitencia.
Una vez arriba el recibimiento me dejó un tanto asombrada: “¿Vienes a quedarte?” “Pues noooo...” ¡Pero si iba con lo puesto! Por lo visto es posible alojarse en el monasterio con la única condición de colaborar en ciertas tareas (limpieza, cocina...). Después de ofrecerme un refresco en la terraza me acompañaron a visitar la iglesia, una auténtica joya, con las paredes cubiertas de frescos, y aunque pequeña y sin bancos, muy acogedora.
Más asombroso me resultó el recibimiento en mi segunda visita, un par de años después con una amiga. “¿Venís a quedaros?” “ Noooo....” Quizás la próxima vez. “Pues pasad”. El tipo nos mete en la cocina, abre la alacena y antes de desaparecer, nos dice que nos sirvamos. Extrañadas, curioseamos un rato y a la vista de que no volvía, decidimos probar algunos platos. Al poco teníamos la mesa llena y llegado el punto en que seguir comiendo era un abuso, decidimos salir fuera. Visita a la iglesia, y aprovechando que la hora y el mes no eran los más calurosos, continuamos hasta otro edificio montaña arriba. Celdas, baños, cocinas, biblioteca..... todo estaba abierto.
Si alguien se pregunta dónde andaba el japonés (aún no he visitado un lugar donde no me encuentre con uno), estaba en la cocina, pelando tomates. Era una chica joven, y si pelaba tomates... ¡era porque se alojaba allí! ¡Cómo no!, siempre inmersos en la cultura local: lo mismo se bañan en las nada limpias aguas del Ganges que se comen los caracoles de Djemaa el Fna con un imperdible. Ya de vuelta a la terraza y aprovechando que chapurreaba español, indagamos que hacía allí un inglés jovencito, tranquilamente sentado en una de las mesas y con pintas de pernoctar en el monasterio. Nos contó que había colgado unos estudios universitarios que no le entusiasmaban y pretendía ser compositor. La guitarra estaba recogida en su cuarto, porque no le parecía muy oportuno romper una atmósfera tan apacible... Así que frente a aquel paisaje desértico, se tomaba su tiempo para reflexionar.
Yo, con un barranco por debajo y tanto desierto alrededor, al que veía acercarse otra vez era al demonio, pero en este caso, al de los evangelios con las famosas tentaciones: “Tírate que te recojo. Tírateeeee”. Y es que desde la terraza, el paisaje es imponente.
Decidida a mejorar mi nivel de árabe de forma espectacular, opté por autoflagelarme con 2 horas de clase diarias (10 semanales). Creedme que con un par de clases de hora y media a la semana, sobra. Mil veces mejor dedicarse a callejear e ir de compras por el zoco, que es donde se aprende de verdad. Lo único que me fue realmente útil en el examen que me aguardaba aquí en España, convocatoria de septiembre, no tuvo nada que ver con la gramática y lo aprendí precisamente mi última noche en Siria, cuando fui a despedirme de unos amigos. Llevábamos un ratito en su casa, cuando ya se había reunido allí toda la familia ... y medio vecindario (es lo que tiene ponerse a tomar la fresca a la vista de todos). Por lo menos una docena de adultos sentados en semicírculo sobre una alfombra, y los niños dando mal (aunque menos que en España). A pesar de que parecía una situación informal, no me libré de aterrizar en el lugar que tenía todas las pintas de ser la presidencia. Aparece el anfitrión, y muy sonriente, se planta delante de mi, de pie, cafetera en mano, y me sirve una tacita de ese café tan contundente que preparan los sirios. Me lo bebo rápidamente, y dando las gracias le devuelvo esa única taza que allí había, para que continúe con el reparto. Pero él la rellena y me la ofrece de nuevo. ¡Problema de protocolo a la vista! Pregunté con disimulo, y así averigüé que cuando ya no se quiere más, hay que agitar la tacita en el aire. Solucionado, pero me daba la risa de pensar que podía haberme bebido todo el café y el pobre no hubiera rechistado. Examen de septiembre en España. No es que el profesor nos estuviera esperando con una cafetera, pero sí que nos había preparado un texto sobre el papel del café en la sociedad de Oriente Medio. Lo más difícil de traducir era, por supuesto, cuando explicaba el asunto de agitar la tacita (salvo que ya supieras lo que se explicaba, como yooooo).
La profesora con quien daba mis (excesivas horas de) clase vivía fuera de Damasco. Para llegar a su casa tenía que coger cada día el autobús, aunque más se parecía a un microbús, o para hablar con propiedad, era una furgoneta con 5 filas de asientos a la que solo puedes subir si queda alguno libre. Los “minibuses” en cuestión se recorrían toda la ciudad e iban a las poblaciones vecinas (día y noche). El primer día ella me acompañó, para enseñarme el funcionamiento (menos mal...) y cuales eran mis paradas. Había muchísimas rutas, así que cada vehículo llevaba el destino escrito en la parte frontal. En árabe, claro. Y solo en árabe. Era un buen ejercicio de lectura rápida. Divertidísimo si te acompaña un español que no sepa árabe (analfabeto temporal, je, je), porque depende totalmente de ti y le entra una admiración repentina por tus saberes... Pero lo más complicado no es identificar el tuyo, sino conseguir entrar. A veces, ni siquiera paran completamente: la gente sube y baja en marcha, y el que no espabila ahí se queda, esperando. Una vez dentro es muy curioso (para los turistas, claro) porque uno de los pasajeros, el que se sienta en diagonal con el conductor, se convierte en el cobrador. Las monedas llegan hasta él desde cualquier fila o asiento, pasando de mano en mano. El las guarda, devuelve el cambio y cuando le parece, entrega al conductor lo recaudado. Si se baja, otro ocupa el lugar y asume el cargo. Está claro que un extranjero debe evitar a toda costa sentarse AHÍ, aunque la gente le echará una mano, sin lugar a dudas. Existen paradas fijas para subir, pero cada cual se baja donde le conviene. Hay que avisar, claro. Y de viva voz, porque no hay timbre. Menudo apuro: yo, antes de abrir la boca, me lo pensaba más que si me fuera a tirar en paracaídas. Pero llegados al punto, no queda más remedio que levantar la voz. ¡Al iamin! (a la derecha), era mi frase predilecta. La escuché una vez y me pareció inmejorable, es sencilla pero lo suficientemente larga como para que el conductor se entere de que alguien ha dicho algo. En cuanto al precio, es un medio de transporte muy barato. ¡Y además no te engañan! Yo me pasaba el viaje calculando las ganancias del conductor (supuestamente propietario del vehículo), y nunca me cuadró que con ese precio y trabajando menos de 24 horas al día, se pudiera mantener el vehículo. Menos aún, una familia entera.
Y puesto que empezaron las clases, me compré un diccionario. Allí estaban las palabras árabes para nombrar a las pulgas, los insectos, ¡y nada menos que tres para los mosquitos! Todas distintas. Un poco tarde, pero bueno... existían las palabras.
Yo me esfuerzo por tener muchas participaciones para el sorteo, pero si vuelvo a ganar pensará la gente que hay tongo. Lo de poder colgar fotos sería una idea estupenda.
La primera vez que pisé Damasco fue un viaje relámpago. Una escapada de fin de semana desde Líbano: solo dos días, pero suficiente para darme cuenta que yo necesitaba dos semanas, mínimo, para disfrutar de la ciudad. El zoco, la mezquita omeya, los palacios y caravanserais, las callejuelas... Los zumos de mango, shawarmas, helados.... Demasiado trabajo.
Dos años más tarde me decidí a volver, mínimo dos semanas, y localicé en Internet una agencia que ofrecía cursos de árabe o clases particulares, y alojamiento para estudiantes extranjeros. Empecé a mirar las fotografías de casas del barrio antiguo en las que se alquilaban habitaciones: patios de piedra con su fuente en el centro, balconadas de madera... No hizo falta seguir buscando. Así fui a parar al barrio de Bab Tuma, a casa de una familia con varios hijos que por aquellas fechas andaban en periodo de exámenes (inmejorable ambiente de estudio). Nada más entrar vi que me había tocado patio con fuente. ¡Qué maravilla!
En realidad yo vivía a medio camino entre Bab Tuma y Bab Sharqui (dos de las puertas de la muralla que rodea la ciudad vieja), en el barrio cristiano. Aunque me encontraba en el extremo opuesto al zoco Hamidiya, la distancia no era grande y el paseo a pie resultaba muy agradable. En la calle principal del barrio, llena de comercios, suele haber mucha animación, mientras que las calles adyacentes son un remanso de paz. Es raro que los vehiculos circulen por ellas y orientarse resulta bastante fácil. Cada vez más estudiantes eligen esta zona como residencia.
El edificio donde me alojaba era grande, y con el tiempo deduje que vivían varias familias. Lo que nunca tuve muy claro era dónde vivía cada cual, porque todas las habitaciones que daban al patio (espacio común y de tránsito) parecían independientes, cada una con su cerradura. A mi habitación, amplia y de techo alto (era evidente que conservaba su antigua estructura), también se accedía desde el patio. En la esquina opuesta tenía el baño y la cocina de los estudiantes. Parece mentira la cantidad de problemillas domésticos que pueden surgir tan solo por cambiar de país. Cada mañana, misma función: ¿por qué la ducha no tenía plato? ¿qué pintaba allí una palangana en la que tampoco podía meterme a riesgo de partir en dos el pedestal, hueco y de plástico? Debieron de ser las legañas mañaneras las que me impidieron ver la solución al enigma. Muy simpática la cocina: cada vez que me metía a preparar algo, aparecían en la ventana varios pares de ojos que me espiaban con curiosidad. Yo preparaba cantidades ingentes de arroz, y quizás las criaturas esperaban verme salir un día con una paella valenciana. En lugar de eso, más de una vez tuvieron que ir a pedir auxilio porque la extranjera no se aclaraba. ¡Angelitos!
A pesar de que la limpieza reinaba en la casa, la palabra “cucaracha” pasó a formar parte de mi vocabulario rápidamente (¿qué les impedia entrar desde la calle? ¿una puerta siempre entreabierta?). Lo completé aún más el día que en el zoco me picó una pulga (no me quejaré porque nunca miraba dónde me sentaba), y a toda costa quise fumigar mi habitación... y mi persona. El problema era que los campos semánticos no coincidían en español y árabe, allí se lo despachaban todo con la palabra “insecto”, y claro, yo solo conseguía que en las tiendas me sacaran el repelente de mosquitos. Menudas prácticas hice explicando que mi problema era de insectos saltarines y no voladores. Por suerte, y no me cansaré de repetirlo, la gente siempre tuvo una paciencia y amabilidad infinitas conmigo y acabé consiguiendo el dichoso matapulgas.
Nunca hubiese creído yo que existieran tantas divisiones y subdivisiones dentro del cristianismo. Y menos aún, que pudieran estar todas representadas en un espacio tan reducido. Todo el barrio estaba salpicado de templos y capillas de las más variadas confesiones: ortodoxos, armenios, católicos, maronitas... Daba miedo mirar el plano: monasterio sirio ortodoxo, iglesia armenia ortodoxa, patriarcado greco católico, convento franciscano, iglesia armenia católica.... ¡Alguna hasta tenía los carteles escritos en caracteres amharicos (etiopes)! Me hacían sentir muy ignorante. Menos mal que San Jorge, que es como de la familia, nunca fallaba y tenía su huequecito en todas partes.
Muy cerca de nuestra casa se encontraba la iglesia de san Ananías, un perfecto desconocido para mí cuando llegué a Damasco. Tras mi primera visita a la cripta-capilla, salí bien informada del relevante papel que jugó en la conversión de San Pablo. Porque es esta zona de la ciudad donde fue a parar el entonces Saulo, perseguidor de cristianos, después de caerse del caballo camino de Damasco. Hasta ahí la historia conocida. El resto tiene por escenario diferentes puntos del barrio: la milenaria calle Recta, donde Ananías devuelve la vista a un Saulo ciego y con los ojos cubiertos de escamas, o Bab Kissan (otra de las puertas de la muralla) desde donde lo descolgaron a media noche metido en una cesta, para que huyera de sus perseguidores.
Después de mucho callejear bajo un sol de justicia, conseguí encontrar el centro de la ciudad. Una vez allí, no me cupo ninguna duda de que por fin había llegado. Miraba hacia arriba y los edificios quitaban el hipo. Empecé a entender eso de la Suiza de Oriente Medio. Y me quedó claro dónde se invierte el dinero en Beirut. Con semejante calor y en domingo, solo había una chiflada paseando por allí: esa era yo. Finalmente apareció la zona de las terrazas, las tiendas y la gente, y entonces pude tomarme un respiro. Recorrí una calle en la que se exponían paneles enormes, con textos y fotografías que reflejaban las consecuencias de la guerra en Beirut. Para caerse el alma a los pies, especialmente porque a pesar del tiempo transcurrido, todavía es fácil encontrar en algunos barrios de la ciudad esas mismas imágenes: edificios con las fachadas destruidas, con agujeros de todos los tamaños a través de los cuales puede verse gente... ¿los habitantes actuales?
También en Trípoli dejó su huella la guerra. En los alrededores de la plaza del Tall se encontraban unos edificios antiguos, muy bonitos, pero completamente en ruinas. El estado de abandono era tal, que parecía milagroso que siguieran en pie. Pero cuando regresé a Trípoli esta primavera, me llamó la atención que uno de ellos tenía la fachada totalmente restaurada y además, recién pintada. ¡Menuda sorpresa! Ya iba siendo hora, me dije. La verdad es que me alegró tanto ver como el edificio había recuperado su antiguo aspecto, que me precipité sacando conclusiones demasiado optimistas: para mi era evidente que una restauración se lleva a cabo solo cuando hay perspectivas de una cierta calma (vamos, que nadie gasta tiempo y dinero en restaurar si cree que van a bombardear al día siguiente). ¡ERROR! No había terminado de aterrizar en España, cuando veo una foto de Trípoli en la portada de un periódico: esta vez se trataba de bombardeos y enfrentamientos en el campamento de refugiados palestinos. Asunto que a día de hoy, y a pesar de que ya no lo veo en los informativos, sigue sin resolverse.
Reconozco que no entiendo en absoluto la complicada situación política del Líbano. Tampoco son muy explícitos mis amigos libaneses. Hemos disfrutado de largas sobremesas en la terraza de su casa charlando sobre lo humano y lo divino, pero siempre pasan de puntillas sobre este tema. Más que aclararme las dudas, ellos también se plantean mil y una preguntas sobre el incierto futuro del país y los intereses que se ocultan detrás de todo lo que ocurre.
En esta última visita, no podía dejar de preguntarles por el verano pasado. Trípoli está bastante al norte, lejos de la frontera con Israel, pero yo sabía que el puerto no se libró de los bombardeos. Pusieron cara de resignación. “Ya pasó, para qué preocuparse” parecían querer decir, y empezaron a preguntar por España, la familia y los amigos comunes. Los narguiles siguieron pasando de mano en mano durante horas, y surgió el tema del tabaco y sus efectos nocivos para la salud. Alguien había oído por ahí que un narguile equivale a fumarse una cajetilla, pero otros se lo discutían: solo media. A las fumadoras (en esta casa solo fuman mujeres), no pareció preocuparles mucho. Está claro que los hipotéticos peligros del narguile quedan empequeñecidos si se comparan con los problemas de cada día.
Precisamente fue en una de tantas tardes de café y narguile, cuando me contaron que la afición por estas pipas les venía de los tiempos de la universidad, o mejor dicho, de los tiempos de la guerra, cuando dejaron de ir a la universidad y tuvieron que encerrarse en casa a esperar (esperar noticias, esperar que cesase un bombardeo, esperar el fin de la guerra....). Supongo que el narguile les ayudaba a pasar el tiempo y calmar los nervios.
Trípoli me gustaba mucho, pero en cuanto llegó el domingo aproveché la ocasión para ir a Beirut. Desde la plaza del Tall salen costantemente autobuses hacia allí. Muy cerca del puesto de falafel (aviso: es difícil probar uno más rico que éste), unos tipos repiten la letanía beirutbeirutbeirutbeirut intentando captar clientes. Así que te acercas y ellos te buscan acomodo. Pero yo solo llevaba tres días en Líbano, y aún no sabía lo fácil que es llegar a cualquier lugar solo con la ayuda de la gente. Me imaginé perdida, dando vueltas por todo el país en un autobús rodeada de extraños, y opté por rascarme el bolsillo e ir en taxi. Confiaba en que de este modo estaría mejor vigilada. ¡Error! Vigilada sí que estuve, pero desde luego no fue mejor. Los taxis son colectivos y salen cuando se llenan, pero uno puede pagar por los cuatro pasajeros e irse, como hice yo cuando me harté de esperar.
Durante todo el trayecto la autovía discurre cerca del mar. Quizás favorecido por el clima mediterráneo, ladrillo y cemento crecen con la misma facilidad que en nuestras costas. El país es pequeño y no hay demasiados kilómetros disponibles, así que hay que construir bien apretado. Pasamos junto a varias localidades costeras, y a unos 40 km. de Beirut, nos encontramos con Biblos: este sí es un pueblo bonito (al menos la parte antigua).
El taxista, un plomo. Ni siquiera me dejó en el centro de la ciudad, y yo tardé un buen rato en darme cuenta de que aquello era un barrio, muy mono, pero alejadísimo de mi destino. Cuando por fin llegué al centro y vi los rascacielos y los edificios completamente nuevos, me daba vergüenza pensar que por un rato, mientras paseaba en un agradable barrio de casitas bajas, había podido creer que estaba en el mismísimo centro de Beirut. Eso pasa por no leerse antes la guía... Al pagar, aún me dio el tipo su tarjeta con el número de móvil por si quería regresar con él. No tenía el menor interés, pero tampoco me atreví a tirarla a la basura hasta que no me vi de nuevo en Trípoli.
Después de dar unas cuantas vueltas, conseguí que otro taxista me llevara a la Corniche, el paseo marítimo. Para explicarle con mi escaso vocabulario que quería ir al centro, no se me ocurrió nada mejor que decirle “a la zona de tiendas y restaurantes para turistas”. Pues me dejó sentada dentro de una pizzería y con la carta en la mano. Pero por lo menos, ya estaba junto al mar. Domingo, mes de junio, las dos de la tarde cuando salí del restaurante: la calle era un infierno. En la acera no había un alma, pero si miraba hacia abajo, a la orilla del mar no cabía un alfiler. A pesar de las rocas y el poco espacio disponible entre el paseo y el mar (llamarle playa sería demasiado optimista), la gente se apretujaba para disfrutar del agua y el sol. Los trajes de baño, especialmente femeninos, no se veían por ningún lado. Sin embargo, el agua estaba invadida por los bañistas . Cada vez más asombrada por el espectáculo, anduve largo rato sin dejar de ver gente, ¿cientos?. Jovenes, familias, pescadores... Hoy, cuatro años después, todavía recuerdo a una provocadora Marylin fumándose un cigarrillo sentada sobre una enorme rueda de camión que hacía las veces de flotador. Entrada en años y en carnes, parecía la reina de Saba ¡la playa es mía! Los piececillos colgando, a remojo, y ella saboreando cada caladita. ¿Lo que no le cuadra a una occidental?, ¡forrada de pies a cabeza! Eso, de pies a cabeza.
Y siguiendo con el tema, a los pocos días me invitaron a pasar la tarde en una urbanización de playa cercana a Trípoli. Era privada y aquí todo el mundo llevaba bañador. Pero para mi sorpresa, pude comprobar que aun estando permitido, hay quien prefiere no ponerse uno. Mientras yo me bañaba con la dueña del apartamento (baño además de refrescante, muy esclarecedor por la conversación que mantuvimos sobre el tema del baño y los bañadores), otra amiga que amablemente nos había traido en su coche, nos esperaba en la terraza fumándose un narguile (pipa de agua) y con cara de “los bañadores no son para mi....”. Claro que su hermana había preferido quedarse en Trípoli. ”Las playas no son para mi” debió de pensar.
Soy una fanática de los zocos. Cuanto más liosos y enrevesados, mejor. (Ni que decir tiene que uno de mis predilectos es Marrakech, donde no hay dos calles paralelas, sin hablar de las que van girando casi imperceptiblemente, hasta colocarte en dirección contraria a la que crees llevar.) El zoco de Trípoli, por el contrario, no es grande ni laberíntico. Aunque el primer día es fácil perderse, (tan fácil como orientarse de nuevo), no tiene grandes complicaciones.
Yo lo encuentro muy de andar por casa, y quizás por eso me resulta tan agradable para pasear. Siempre hay animación, pero no llega a agobiar. Escasean las tiendas de “recuerdos” para unos turistas que casi no existen. En cambio, abundan los productos de consumo doméstico: ropa, especias, verduras, pescado, joyas, jabones...., que también son una opción interesante para regalar en España. A mis amigos les encantan los relojes con números árabes, los cuentos infantiles (que se leen de derecha a izquierda y empezando por atrás), las mezclas de especias, el café con cardamomo, o los famosos jabones artesanos de Trípoli (con propiedades medicinales, cosméticas, de aromaterapia..., y de muy diferentes olores: menta, romero, cedro, jazmín, rosa...).
Hay una calle principal, recta, larga y estrecha, donde a medida que se avanza las tiendas de ropa, papelerías, pequeños restaurantes, etc... dan paso a las de alimentación: pescados aireándose sobre los mostradores, trozos de carne (o bichos enteros) colgados de ganchos, y finalmente, en el último tramo, un mercado de verduras que lucen un aspecto muy, muy saludable.
La zona de las joyerías (de gusto un tanto alejado del nuestro) es bonita: pequeños locales de piedra, bien arreglados, con escaparetes abarrotados de joyas de oro.
Muy cerca se encuentra Khan As Sabun, una construcción con patio central, donde en otros tiempos se fabricaban los tradicionales jabones de Trípoli. Hoy en día los venden y almacenan, pero la producción se ha trasladado fuera. Cada vez más modernizados, hace dos años ya ofrecían servicio de venta por internet. Pero es que cuando volví hace cosa de un mes, descubrí con asombro un cartel de “precio fijo”. Increíble.
De todas las visitas, la de hace cuatro años con los compañeros de clase, fue la que tuvo un final más inesperado. Tampoco excesivamente extraño tratándose de un país árabe... El caso es que tonteando con las fotos, los jabones y las compras, acabamos aceptando una invitación del chico que nos atendía para ir a su casa no se sabe muy bien si a tomar un café, a merendar, o a qué. Cuando aparecimos por allí, su madre no se espantó de verle llegar con media docena de extranjeros que intentaban saludarle en un árabe macarrónico. Nos acompañaron a una terraza enorme donde nos sentamos, y entonces aparecieron niños de todas las edades. ¡Qué peligro! A mi me vino a dar conversación una chica que rondaba los doce años, muy interesada por nuestros conocimientos de árabe. No me había hecho ni dos preguntas, cuando me equivoqué al conjugar un dual. ¡Vaya chorreo! Así empezó una clase de gramática (en árabe, por supuesto) imposible de asimilar. Y ella cada vez más embalada, preguntándonos a ver si nos pillaba en falta para corregirnos y sacarnos del error. Menudo dolor de cabeza. Pero no hay mal que cien años dure, y por fin nos llamaron a la mesa. Bajamos al comedor y no sé cómo se las había apañado la pobre mujer, pero nos había preparado un banquete: platos y más platos de diferentes comidas. Ni idea del tiempo duró la cena: más fotos, más risas.... Creo que salimos de allí pasada la media noche. Cuando dos años después volví otra vez a Khan As Sabun, ¡me reconocieron! Eran dos jovencitas de unos catorce años. En fin..., quizás mi árabe plagado de incorrecciones les resultó familiar.
Hace ahora cuatro años de mi primer viaje a Trípoli, (Tarablus en árabe). Entonces había que explicar a los amigos “es una ciudad costera, del norte de Líbano...”. Hoy en día, desde que ha saltado tristemente a la primera página de la actualidad, ya no es necesario.
Con la excusa de un curso de árabe, me fui a pasar tres semanas a Trípoli. Clases por la mañana, pero tardes y festivos libres para visitar otros lugares: Biblos, Beirut, Baalbeck, Tiro.... Incluso pasamos a Damasco (donde decidí que mi siguiente curso de árabe sería precisamente allí). Y es que los cursos de idiomas son un filón, puedes recorrer medio mundo.
En Trípoli me alojaba en un domicilio particular, con una señora que acostumbraba a recibir estudiantes. La amabilidad personificada, pero ni una palabra de cualquier idioma que no fuera árabe. Y no el árabe que se estudia en clase precisamente... Aquel verano estaba de moda un culebrón protagonizado por una tal Valeria Sandobal, y esas eran las dos únicas palabras que yo era capaz de entender a lo largo de todo el día. Deprimente. Vivíamos en una zona céntrica, a cinco o diez minutos del zoco. Los edificios eran relativamente modernos, aunque algo destartalados, y sin ser un laberinto, era fácil desorientarse. Nuestro ascensor funcionaba mientras los cortes de electricidad lo permitían, y desde la 7ª planta, disponíamos de estupendas vistas al vecindario (je, je). También el castillo y la plaza del Tall quedaban muy cerca. ¿Qué más se puede pedir?
Nunca supe cual era mi dirección. Me aprendí de memoria el itinerario, y en el último momento, que era el problemático, localizaba el edificio gracias al cartel de la peluquería que ocupaba los bajos del edificio. Sí que llevaba un papelito con anotaciones en árabe para pedir ayuda a cualquiera, en caso de emergencia. A pesar de lo que algunos se imaginan (los que nunca han ido por allí, claro), el interés que se toma la gente por ayudar a los extranjeros es increíble. Yo me recorrí todo el país a base de preguntar a unos y otros. Puedo asegurar que me han sacado de todo tipo de apuros: no hay más que mirar con cara de despiste, para que alguien se acerque a ayudar. Y si te descuidas, cuando te giras para dar las gracias han desaparecido.
Por problemas con las vacaciones en mi trabajo, me presenté una semana antes que el resto de los alumnos del curso. Ni por esas pude librarme de las clases. Tuve profesora particular para mi sola. No me quedaba más remedio que estudiar de firme, porque el árabe no hay quién lo improvise. La solución para compatibilizar estudio y turismo: papelitos con el vocabulario en los bolsillos, para ir estudiando mientras pateaba la ciudad.
Pero mis problemas empezaban ya de buena mañana. Cada día, a eso de las siete, sonaba el timbre de casa. Aquello era casi un ritual: aparecía en la puerta dando los buenos días siempre la misma vecina, que subía a tomarse un café. Y a charlar un ratito. Salían a la terraza, donde la temperatura era francamente agradable, y estratégicamente situadas detrás de una cortina que las protegía de las miradas de curiosos/as, (pero que no les impedía a ellas verlo to-do), se disponían a empezar el día con un buen café y una conversación tranquila. Por supuesto que me invitaban a acompañarles. Una tacita, minúscula, de café con cardamomo (bien cargado, y ni gota de leche) me ayudaba a despejarme. Falta me hacía porque llovían las preguntas. Y yo más que entenderlas, me las imaginaba. Una vez informadas sobre mi familia, trabajo, etc. pasamos al ¿dónde estuviste ayer? Les interesaba mucho, porque yo me iba cada día más lejos (y no solo dentro de Trípoli, sino por todo el país).
Semanita de navegación... Pocos barcos a la vista. Continué con mi plan de visitas. Subí al puente, pero no tenía ni punto de comparación con la sala de máquinas. Mucha luz y vistas estupendas, pero nada de maquinaria. Estaba el 4º piloto, un alemán jovencito que siempre levaba en el bolsillo del pantalón una guía de conversación de español. Solo fue capaz de decir "barco", señalando el radar. A mi me consta que la guía la llevaba siempre; lo de estudiársela.... eso era otra cuestión.
Y aprovechando que el lector de DVD de los oficiales no funcionaba (o E. no sabía hacerlo funcionar), me presenté una tarde dispuesta a ver "2046" en El Fumadero de Opio. Y de paso, a inspeccionar el garito. La verdad es que cuando el capitán me enseñó el barco, allí ni se asomó. Así que no estaba muy claro si era zona solo para tripulantes, o se le olvidó.... Aproveché un rato en el que trabajaban y toda la sala era para mi. Tenían un montón de películas horribles, lo peor de lo peor: acción, karate, Swchzenegger... Les dejé en herencia los tres DVD que había llevado yo, mucho mejores que todo lo que allí había. Delicatessen, 2046, y Los Intocables. De tres películas, solo una americana. Cuota de pantalla para el cine europeo y asiático.
Imposible detener la cuenta atrás. Llegaron las primeras señales que anunciaban el fin: se murió D. Quijote y me quedé sin audiolectura, cada vez anochecía más tarde, la temperatura iba bajando y la ducha estaba cada vez más fría, un día dejaron de llenarnos la piscina (porque el agua estaba a 18º), anunciaron que nos acercábamos a Madeira. Cuando limpiaron proa y sacaron las amarras que tenían recogidas..... fue el principio del fin.
Pero pasó algo extraño. Como mi información era siempre de 2ª o 3ª mano, vía los otros pasajeros, esto es lo que averigüé: Estaba previsto llegar a Algeciras de noche, y decían que había huelga de estibadores a esas horas. Convenía por lo tanto llegar más tarde. Así que dimos media vuelta, y nos pasamos una horitas de excursión por alta mar. Llegamos de noche y empezaron a descargar. ¿Y la huelga? ¿cómo llegábamos a la hora prevista después del tiempo perdido? Yo no entendí nada, pero me alegré de alargar un día las vacaciones.
Y conste que me podía haber quedado más tiempo en el barco. Un día de lluvia, enviaron a los pintores a rascar óxido en la bodega de proa, para que no se mojaran. E. me había avisado de que era enorme, aunque desde fuera solo se veía una escalera muy larga que bajaba. Yo siempre estuve engañada creyendo que era un trastero, eso sí, con mucho tráfico de tripulantes. Resultó ser una bodega preciosa, digna de un barco pirata: tenía la forma del casco, se veía toda la estructura interior, y la cruzaban las cadenas de las anclas. Estando allí abajo, el marinero alias "el campesino" me señaló una especie de baúl, donde podía esconderme y continuar ruta como polizón. Puso cara de "no te delataremos". Pero como no dijo nada de que pensaran traerme comida, continué con mi plan de desembarcar en Valencia. Era más prudente.
Día en Algeciras. A mi me habían comentado tres tripulantes que aquí finalizaba su contrato. A la hora de la verdad, apareció un alemán en el muelle con una maleta y sustituyó al otro alemán, que se fue muy contento (llevaba toda la semana maldiciendo a los estibadores venezolanos, mientras arreglaba lo que nos habían destrozado). Los dos filipinos siguieron en el barco. ¿¿ ??
A los otros pasajeros les apetecía mucho aprovechar la escala para visitar Gibraltar; llevaban medio viaje comentándolo. Yo no le veía la gracia ni de lejos, pero dije que les acompañaría. Al final, otra rareza más, nos dieron solo dos horas libres para salir, mientras el barco se pasó el día entero en el puerto. Está claro que no pudimos ir al peñón, pero nos pasamos toda la tarde viéndolo desde el barco. Y especulando sobre la desatinada predicción en los horarios.
Y de allí a Valencia. Fiiiiiiiiinnnnnnnnnnnn. Llegamos a medianoche y me quedé a dormir en el barco. Nada más levantarme hice que "otros" bajaran mi equipaje. Nos recogió un vehículo que suele hacer siempre ese servicio, y así descubrí por qué el ingeniero gordote nombra sin parar, y con mucho entusiasmo, cierta cadena de grandes almacenes, muy española. En ese preciso lugar dejamos a mis compañeros de viaje para su visita de la ciudad, y para posibles compras..... Jamón serrano, era otra de las frases predilectas de E.. El que se comía en el barco tenía poco de serrano. Yo, a la estación de autobuses con los maletones que pesaban como demonios. Y es que no contenta con todo lo que me traje de casa, añadí varios libros, mermelada en botes de cristal..... Ganas de ir cargada.
Y esto es todo, amigos. Bueno, todo lo que era gratis. Si alguien desea ver el tatuaje pirata que me hice, y que oculto bajo la ropa, son 15 euros. Leer el diario de a bordo, con jugosas revelaciones, 2 euros (no hay rebaja, es precio de amigos, porque al resto no se lo dejo). Preguntas vía e-mail, 10 cts. las 15 primeras líneas, 2 cts. las siguientes.
El Marfret puso de nuevo rumbo a Europa. Teníamos por delante ocho días de navegación hasta llegar a Algeciras. Ya en alta mar, recogí el dinero en la maleta y abrí de nuevo la puerta del camarote. ¡¡ Volvía la tranquilidad !!
Si el trayecto de ida no se me hizo nada largo, ahora que estábamos en plena cuenta atrás hacia el final del viaje, el tiempo pasaba volando. U. se instaló con su libro y una tumbona en la terraza de la 5ª planta (muy buenas vistas, pero demasiado aire). Yo pasaba horas y horas en proa, en busca de tranquilidad. Aunque resultó que cada día estaba más acompañada, porque teníamos una buena colección de averías en esa zona, pendientes de reparación: golpes y abolladuras de los puertos venezolanos, piezas para engrasar, otras que esperaban una mano de pintura.... Pero después de la cena, por allí no aparecía nadie. ¡Qué paz! E., que se entendía con los alemanes, se metía por todas partes con su camarita digital. Suerte que luego me contaba dónde había estado, y así yo también podía acercarme a curiosear.
Aproveché aquellos días para completar mis visitas. Creo que hasta entonces nadie me había invitado a la sala de máquinas, pero en el dossier que me entregaron yo había leído que era posible visitarla. Y además me moría de ganas. Un día, para sorpresa de todos los oficiales, me presenté en el coffee time de la mañana, y le pedí permiso al capitán. Ningún problema. Me plantificaron los cascos protectores porque el ruido era insoportable, y el ingeniero regordete (uno que tenía plancha y bodega en el camarote), me acompañó por 4 plantas llenas de tubos, llaves, máquinas, portezuelas, escalerillas...... No tenía nada que envidiar a un decorado de película. Las explicaciones eran por gestos, y entendí lo mismo que si me las hubiera dado en alemán. Salvo cual era el depósito del agua para la ducha, del resto, no me enteré de nada.
Al entrar, la sala de máquinas me recordó a esos talleres textiles clandestinos, llenos de orientales concentrados sobre su maquinita de coser. Aquí no es que hubiera muchos trabajadores (no llegarían a media docena), ni tampoco eran todos filipinos, pero eso de bajar al sótano, y encontrarlos tan enfrascados en su trabajo.... Y sobre todo, en esas condiciones. El ruido andaba cerca del límite "imposible de superar". El calor, sin embargo, me pareció más llevadero. Luego pensé que quizás, la temperatura variaba en función de la exterior. Así es. Pregunté a uno de los Budas, y me contó que en Oriente Medio en verano, se puede llegar a 45-50º allí dentro. Los trabajadores sufren incluso colapsos. Estaba claro que esa ruta no era una de sus predilectas. Porque aparte de las temperaturas, en Arabia Saudí no les permiten ni bajar del barco, y si les pillan algo de pornografía, se la confiscan (eso me lo contaron otros). Y a saber cual es el criterio..., porque son capaces de llevarse la foto de tu novia en minifalda, por descocada.
Tampoco es Jauja el norte de Europa en invierno. Ni Africa, que por lo visto es una merienda de negros. O las zonas con piratas.... Así que esta ruta por el Caribe, parece que les gustaba más que otras.
¿Incluía esta ruta comerse un cerdo enterito cada vez que se pasaba por el Caribe? En nuestro caso, así fue. No sé quién, cuando o dónde lo compró, pero muchos días antes de la barbacoa, el camarero E. ya nos había anunciado la buena noticia. Para que fuéramos haciendo boca.
Y nada más salir del Caribe, el 1er. sábado, ¡barbacoa! Para reventar: pollo, salchichas, lomo, carne..... y el cerdo que iba aparte (toda la tarde de preparativos). Cerveza, como para llenar una piscina. Además del vino, para brindar por el cumpleaños de un tripulante. No sé como se las apañaron para aterrizar todos los alemanes en "la mesa", junto a oficiales y pasajeros, mientras todos los filipinos se quedaban de pie, alrededor, como si fueran satélites. ¡Menudo appartheid! pensó la turista solidaria. Pero se fue el capitán, y empezó a sentarse todo el mundo en "nuestra" mesa. Para eso se inventaron las fiestas, para subvertir el orden un ratito, y así evitar el descontento de las masas durante una temporada. Al cabo de un rato, todo el mundo estaba haciendo el mico, bailar ya no les daba corte (a diferencia de la última fiesta), venían a darme conversación animados por las cervecitas .....¡Ufffff!. Entonces me di cuenta de lo rápido que se acostumbra una a pertenecer a las élites. Y lo bien que se está ahí arriba. ¡¡¡Que vuelva el orden establecido cuanto antes!!! Yo quería recuperar mi posición de privilegio: buenos días, señorita, pase Vd. delante..... Pero mientras tanto, no perdí el tiempo e hice mis averiguaciones. Me enteré de que los filipinos del Marfret eran unas viejas chismosas, y uno de sus temas para cotillear era yo: con quién hablaba o dejaba de hablar, por qué..... Menos mal que no se me ocurrió bailar con nadie, porque hubieran sido capaces de sacar el cronómetro a ver con quien pasaba más rato. Y el metro, a ver a quién me acercaba más. Y es que cuando el diablo no tiene qué hacer...... especula. Si se me llega a aparecer el genio de la lámpara, los multiplico por cero a todos allí mismo. El pasajero E. incluido, porque no callaba con lo de España, fiesta, fiesta, y los otros se lo creían. ¡Menudo liante! L apasajera U., por el contrario, tuvo el detalle de salir a bailar, y parece que así dejaron de dar la lata. Y eso que no me puedo quejar, porque en estas fiestecillas yo siempre acababa comiendo chocolate o bombones, que subían especialmente para mí.
Camino de las Antillas tuvimos una avería, y fue necesario cambiar una pieza. Tres horas, me dijo E., que siempre se enteraba de todo. Pero al final fueron doce. Sudaron tinta en la sala de máquinas. Con semejante retraso, decidieron saltarse la escala de Guadalupe e ir directamente a Martinica.
Yo creo que esas decisiones las tomaba el capitán. Me recordaba a mi trabajo: el capitán es el que ordena y manda (como el director), pero el trabajo pesado se lo come el 1er. oficial (equivalente a nuestro jefe de servicio). Me parece que es así en todas partes.
Entre las atribuciones del capitán: él es el único que puede dar la orden de abandonar la nave. Guarda los pasaportes, recibe a policías y agentes, se ocupa de la tienda a bordo, da las instrucciones para las fiestas, sube con el piloto a supervisar las maniobras de entrada y salida del puerto... Cuando realizamos el ejercicio conjunto tripulación y pasajeros, de simulacro de emergencia, él nos vigilaba desde la 5ª planta y daba las órdenes a través de un walki talki. Y no se hacía nada sin su permiso. Sí que le vi un día en popa con un mono, como el de los tripulantes. Mono azul, teóricamente para trabajar en la sala de máquinas. También los hay amarillos y rojos. Los amarillos son para los asiáticos... me dijeron. Muy sutil. Su despacho estaba en la 4ª planta. Con mesa de trabajo, ordenador, sillones, mesita baja...Yo vi todo esto el último día, cuando fui a pagar los gastos de junio (ya os dije que los gastos de mayo los aboné el 31) y me invitó a pasar.
U. me preguntó un día si el capitán me había invitado a sus "dominios". Parece ser que es algo frecuente en los cargueros, tener ese detalle con los pasajeros. Respuesta negativa (gracias a Dios), porque nunca le entendía cuando hablaba y hubiera sido un suplicio tener que subir a tomarme un café con él. Bueno, la verdad es que aunque me hubiera invitado, yo no me habría enterado de lo que decía, ¡ja, ja! Pero no, no me invitó, ni me regaló nada. A E. en otro de sus viajes le regalaron una corbata muy bonita, y a U. una taza, de recuerdo. Yo, de recuerdo, solo me llevé unas manchas negras en la ropa. Eso sí, creo que no desaparecerán por mucho que las lave, y será un recuerdo para toda la vida.
Y puestos a comparar, viajaron en un carguero que según U. estaba más limpio que su propia casa. Y U. era pero que muy limpia, que yo llegué a verla recogiendo carbonilla del suelo con un kleenex. Tanta limpieza, no era el caso del Marfret. Ni falta que hacía, porque con la excusa de las manchas de grasa, yo aprovechaba para ponerme esos pantalones africanos cómodísimos y de muuuchos colores que compré Mali, pero que en España nunca utilizo porque no me atrevo salir a la calle de esa guisa. Resultaron ser una maravilla, porque camuflaban las manchas de todos los colores: negras de grasa, blancas de sal, amarillas y grises de pintura.....
Y mala señal para los turistas: apareció el cartelito de adelantar la hora. Pasado el ecuador del viaje y rumbo a Europa, ¡qué cortos se nos hicieron los 8 días que tardamos en cruzar el Atlántico de nuevo!
La gente me suele preguntar qué transportábamos. De todo. Había contenedores con su termómetro, (alimentos, supongo), otros con señales de peligro (productos tóxicos, o si te toca la manita te quedarás con media...), aunque la mayoría no daban pistas.... En fin, de todo.
Si llevábamos mercancias fuera de la ley, yo no llegué a descubrirlas. Pero en el comedor de tripulantes había un cartel avisando..., amenazando, que nuestros jefes colaboraban con las autoridades portuarias para perseguir el tráfico y consumo de drogas. O sea, bebe pero no te drogues. Y dentro del comedor, tampoco fumes, se leía en otro. Y para terminar con los carteles de este comedor (porque en el mío, lo que había era cuadros y plantas, no papelotes) si pasas por zona de piratas, ojo avizor. No era nuestro caso, pues parece que ya hace años cambiaron el Caribe por el Indico.
Sobre los anunciados peligros que acechaban en la ciudad..... Como de costumbre, ni rastro. El mayor peligro fue que casi nos quedamos sin cerveza, porque ese lunes los bancos estaban cerrados y no podíamos cambiar moneda. Y precisamente aquí, por primera vez en todo el viaje, no admitían euros ni dólares. Como lo de quedarse sin cerveza no podía ocurrirle a un marinero del Marfret, conseguimos finalmente los bolívares y nos metimos en un bar. Sobre el mostrador, la prensa del día. Titular enorme: "Amigo de Chávez gana las elecciones en Colombia". Resueltas las dudas que traíamos de Cartagena.
Aquella noche, ¡por fin!, algunos bajaron del barco para ir a telefonear a casa. Por la hora, seguro que pillaron a la familia en Filipinas saliendo de la cama. Y ya una vez en tierra, aprovechando que las cervezas costaban solo 1 euro, se olvidaron un ratito del ahorro.
El trayecto hasta La Guaira fue cortísimo.
Navegábamos cerca de la costa, muy verde y montañosa, y me fui a proa para disfrutar del paisaje. Y ¡premio a la insistencia!, se me apareció un delfín, a mi sola. Fue el último que vi, pero también el más bonito y simpático de todos. Estuvo nadando un ratito debajo de la quilla, dio unos cuantos saltos, y desapareció. El resto del viaje, solo peces voladores . Que también tienen su gracia. Lo que ocurre es que de tanto ver los dichosos peces me acostumbré y me parecía algo normal... , pero.... ¿quién de vosotros ha visto peces voladores en vivo, volando? ¿eh?. Ni en vivo, ni en los documentales de La 2, porque con lo pequeños que son y lo rápido que se mueven, no hay quién los pille.
Entramos a puerto. Todo muy bonito. Como de postal. Desde el barco se veían varias colinas salpicadas de casitas de colores, bastantes destartaladas en algunos barrios.... Las advertencias del capitán fueron aún más alarmistas que de costumbre. ¡Ni que estuviera el coco al acecho del gringo! A mi ya me recordaba el cuento del pastor y el lobo, tanto avisar ¡qué viene, que viene! Pero aún con todo, obedecí y dejé la mochila. Salimos a pie y en el primer control, ya nos echaron el alto. Peor imposible: militar jovencito, simpático y con ganas de hablar, pero con instrucciones precisas y sin capacidad de tomar decisiones por sí mismo. La orden que tenía: andando no sale nadie. Aún está pensando de dónde sacar un vehículo para los turistas.... ¿Y cual es la misión de los pasajeros en los cargueros?, se extrañó. VIAJAR, le dije. Media vuelta y al barco con los bolívares en la cartera. Lo malo fue que en este puerto no había un alma en el muelle. Estábamos solos. La única distracción era hacer fotos del pueblo desde el barco. Se veía el fuerte en la lejanía. Y seguro que la zona antigua era estilo colonial. Con la experiencia adquirida durante el viaje, podía imaginármelo sin necesidad de salir del barco.
Siguiente puerto: Cartagena (Colombia), que vista desde el mar, se daba un aire a Manhattan. Ya os conté que aquí el agente nos secuestró. Eso fue después de zamparse unos pankekes en el comedor de oficiales, mientras no nos perdía de vista. Nos metió en el taxi donde nos esperaba su primo, que según dijo le enviaba la empresa por razones de seguridad. Sí,claro. Imposible deshacerse de él. Como el precio no era abusivo, tragamos. La ciudad era una monada, con sus casitas pintadas de colorines, flores en los balcones.... Todo muy cuidado. Tontamente, ya nos avisó el guía que pasaríamos a hacer unas fotos al taller de esmeraldas de sus amigos. Nosotros que no, que no, que mis compañeros ya hicieron la visita el año anterior. El otro no decía nada, pero era de ideas fijas. Como en cada puerto, E. tenía que tomarse un buen expresso (porque el café del barco dejaba que desear). En el taller es gratis el café, nos decía. Acabamos en una terracita, y al pedir una cerveza nos enteramos de que ese día había Ley Seca. Víspera de elecciones a la presidencia de la república. No es mala idea..... para pensar con claridad. Mientras tanto, los de las esmeraldas salían a saludarnos. Poco a poco, íbamos subiendo por el escalafón. Al final, el mismísimo jefe se nos apareció. Tuve que entrar, y conseguí salir de vacío. El guía, sin su comisión..........Uy, uy, uy. Continuamos, y como yo quería comprar café de Colombia para mi abuela, nos llevó a un supermercado. De allí salió cargado con mis bolsas de la compra (café, zumos de mango...). Y jurando en arameo, porque no creo que fueran estos los planes que tenía en la cabeza mientras se comía los pankekes.
Consecuencia: la vuelta al barco en taxi, que según había dicho él toda la mañana era un viaje de unos 5 minutos, pasó a ser de 20 por lo menos. O sea, que teníamos que volver ¡YA! Nos metió al taxi, y nos mandó de vuelta al Marfret sin contemplaciones. Tardamos 5 minutos, por supuesto, y nos sobró una hora.
Y aunque parezca que nos pasábamos el día haciendo turismo y buscando taxis, a mí aún me quedaba tiempo de aprender. El 27 de mayo, tras 19 días de navegación, averigüé donde estaban babor y estribor, (y eso que antes de seguir presumiendo, voy a comprobar en la enciclopedia que no me tomaran el pelo). Y muchos más descubrimientos que iba a hacer sobre el barco en los días venideros....
En Venezuela teníamos previstas dos escalas. La primera, Puerto Cabello.
Otra ciudad peligrosa, dijo el capitán. No bajeis cámaras, ni mochilas... Nada. Y una vez más, le creímos. Nos fuimos todos juntos: los tres pasajeros, y los dos alemanes que tenían la costumbre de bajar a tierra. Ellos se conocían la ciudad, no sé cuantas vueltas llevarían ya con el Marfret.... De este puerto se salía andando. Nada de taxis. Y nada de grúas. Esa fue la sorpresa. En todos los puertos donde habíamos atracado, tenían unas grúas enormes en el muelle para cargar y descargar. Algunas incluso con ascensor, porque eran complicadas como ciudades. Desde una cabina colgada en las alturas, se manejaban los contenedores con facilidad. Aquí no. Y resultó que los tres postes amarillos que llevaba el barco en medio de los contenedores, y que a mi ya hacía días que me tenían intrigada, ¡eran grúas! Claro que no se podían comparar con las otras, porque en estas se colgaba el contenedor de un gancho, con cuatro cuerdas que iban a las cuatro esquinas. Nada más levantarlo, empezaba el baile: el contenedor girando sobre sí mismo, golpes por todas partes...... Lo que costaba acertar en esas condiciones a meterlo en su hueco.
Y todo el proceso llevado a cabo de forma bastante manual... Los tipos saltando como monos de un contenedor a otro, piezas de hierro por los aires, ellos subidos encima y aprovechándolas como ascensor.... ¡Viva la seguridad en el trabajo! Y el casco para los que miraban, porque los otros, demasiados malabarismos hacían como para preocuparse de llevar estorbos en la cabeza.
Claro que bien mirado sí que tienes seguridad en el trabajo, la seguridad de no perderlo (mientras no te descalabres...), y de no acabar en el paro. Porque con este sistema, se necesitan media docena de trabajadores para hacer lo mismo que en los otros puertos hace uno solo. Hay diferentes procedimientos para acercarse al pleno empleo, y uno es quedarse en la era pre-industrial. Quizás en Venezuela no se llegue a tanto, vale con no pasar del s. XX.
Resultado: 24 horas en el puerto sin parar de cargar y descargar. Record de permanencia. Eso sí, entretenidísimo para los pasajeros. A media tarde se organizó un atasco impresionante en el muelle, tipo operación salida, y quizás era su hora de salir del trabajo, porque aquello parecía la M-30. Yo mirando, claro. Sobre todo las bodegas, porque acababa de enterarme de su existencia, y resultaba que cabían casi tantos contenedores como fuera. Lógico, piensas una vez que lo has visto, no va a navegar el barco con toda la carga por encima del nivel del mar. Centro de gravedad, bla, bla, bla... Sí, pero hasta ese día, cuando hacía yo mis cálculos de contenedores transportados, solo había tenido en cuenta los que se "veían". De repente, me encontré con que llevábamos casi el doble de carga de lo que yo creía. También es lógico que en las bodegas se transporte lo que habrá que descargar hacia el final del viaje. Ahí no molesta. Y quizás por eso no las habían abierto hasta entonces.