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"La escritura hebraica es estática, como las piedras de las Tablas de la Ley, y está llena del fuego latente de la Presencia divina, mientras que la escritura árabe manifiesta la Unidad por la amplitud de su ritmo: cuanto mayor es la amplitud del ritmo, más evidente es su unidad" reflexiona Titus Burckhardt, enviado especial de la UNESCO para la conservación de la medina de Fez. Les carnets d
u calligraphe es una colección publicada por la editorial Albin Michel, que comparte esta filosofía. "Hebraica, latina, árabe u oriental, cada escritura es vehículo, por su historia y su simbolismo, de una visión del mundo rica en enseñanzas". Se ha reunido a una serie de calígrafos, con el encargo de ilustrar obras clave de sus correspondientes tradiciones espirituales, y el resultado es ciertamente muy hermoso. Al final de cada libro, el artista reflexiona en un texto de varias páginas sobre el arte de la caligrafía, sobre su obra, su método de trabajo, etc. En francés, lo siento. Claude Mediavilla ilustra a Victor Hugo y Epicteto; Frank Lalou, el Cantar de los Cantares y el Evangelio de Tomás; François Cheng, un volumen de poesía china; Hassan Massoudy, a Ibn Arabi y Rumi, por citar solo a unos cuantos. Y quiero recomendar otro libro de este último calígrafo, Hassan Massoudy, un iraquí afincado en Francia, país en el que ha desarrollado una notable labor para difundir el arte de la caligrafía entre la gente. Hassan Massoudy. Calligraphe. Ed. Flammarion. El libro es bilingüe, francés-árabe. En él, el autor ha caligrafiado frases de las más diversas procedencias (desde proverbios españoles hasta frases de Einstein, Sócrates o Martin Luther King). Sorprende hasta que punto la caligrafía toma las más diversas formas, siempre en sintonía con la idea que la frase transmite. A lo largo de la obra, unos breves textos nos explican los aspectos esenciales de este arte (la composición, los diferentes estilos, la preparación, la respiración y el gesto, el ritmo...). "Hay ciertamente una mística y una metafísica en estas figuras. Pero para trazarlas, el calígrafo debe alcanzar el dominio sobre su mano y el ritmo de su respiración, y disponer de una energía física acumulada". Así se expresa en la introducción Michel Tournier, autor de La gota de oro, novela en la que un pastor berebere fotografiado por una turista, harto de esperar sus fotos decide viajar a París. Allí, después de las más diversas peripecias, encontrará a un maestro calígrafo... También yo tuve mi maestro calígrafo en Yemen, y es que la caligrafía árabe siempre me ha parecido fascinante. Aunque hace falta ser muy optimista para creer que en dos semanas (tiempo que permanecí en Sana´a) se puede aprender algo. Aquello más que un curso de calígrafía fue una cura de humildad. Cada día, al terminar la clase, sobre mi mesa se acumulaban unas hojas enormes llenas de garabatos, tintones y círculos rojos rodeando todos mis fallos...¡y eso que entonces yo ya sabía escribir perfectamente en árabe con bolígrafo! Ni siquiera recuerdo si pasé de la letra alif, que es la primera del alifato... Un pequeño desastre del que guardo muy buen recuerdo.
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