Sigo devorando esos suplementos especiales dedicados a Fitur mientras intento descubrir las nuevas propuestas que podrían interesarme, y es así como me entero de que Liverpool y Stavanger son capitales europeas de la cultura 2008. ¿Stavanger?
Stavanger... Ese nombre me suena mucho. Leo el artículo: petróleo desde hace unas décadas, casitas de madera, fiordos... y por fin caigo en la cuenta: ¡yo estuve de boda en Stavanger! Bodas: la segunda mejor excusa, solo por detrás de los cursillos formativos, para montarse un viaje "justificado". La otra opción es irte de viaje porque te da la gana y sin más explicaciones.
En aquella ocasión se casaba un primo lejano y ya que nos invitó, la familia española en pleno se presentó allí.
Conocíamos a la novia, que ya había asistido a unas cuantas de nuestras celebraciones familiares, y la verdad es que no pasaba desapercibida. Porque aparte de alta, rubia y guapa, lucía siempre un magnífico traje regional típico de aquellas tierras, que desde luego, no había salido del "Todo a 100". Los bordados y los colores eran una maravilla.
Despertaba tanta curiosidad, que al final nos contó que en su país, Noruega, tienen la buena costumbre de hacerse un traje "de gala" siendo jovencitos, traje típico tradicional que utilizan a partir de ese momento en todas las celebraciones. Sí, en todas. Un traje para todas las celebraciones de tu vida. Cuesta un dineral, por supuesto, pero como ya no vuelves a gastar más, está claro que en el fondo es un ahorro. Y si engordas, con ensanchar la falda y comprar blusa nueva, solucionado.
"Mucho petróleo y mucho dinero, pero todavía no han cambiado la mentalidad de campesinos ahorradores" era la opinión de otro de mis primos, siempre tan sarcástico, que también trabajaba por aquellas fechas en Escandinavia. Pues bien que hacen, pensaba yo, y más nos valdría a nosotros aprender de ellos.
Ante el desembarco de toda la familia española, que por cierto, hicimos gala de un total desconocimiento del inglés (por no hablar de otras lenguas más raras como el noruego), prepararon para el día de la boda una fiesta con cierto "color local".
Después de la ceremonia religiosa (esta sí, normalita, aunque un poco larga por culpa de la traducción simultánea), nos llevaron hasta un lago, y en unas barcas de madera, modelo diez siglos atrás, unos simpáticos vikingos ataviados con trajes de esa misma época nos condujeron hasta el restaurante. Desembarcamos en una isla, por supuesto muy verde y llena de vegetación, y nos encontramos delante de una extraña construcción de madera con forma de embarcación invertida. Dentro nos habían preparado un banquetazo. Eso sí, en una mesa de madera corrida tipo fonda medieval.
Todas las explicaciones sobre costumbres y tradiciones de la zona tenían que ser traducidas, porque los que las entendían ya las conocían, y los que tenían que enterarse, no pillaban una.
Aparte de los disfraces y todo el montaje vikingo, que fue muy divertido, la boda no me resultó muy diferente de las españolas. Mucho comer y beber, cantos, brindis, algún discursito, gamberreo... Y por la noche, baile.
Y se me olvidaba hablar de los trajes de los invitados. De los 40 para arriba, bastantes hombres y mujeres vestían los famosos trajes tradicionales (esos que te duran toda la vida). En el caso de las mujeres, eran preciosos y muy elegantes, pero a los hombres les daba cierto aspecto de gnomos creciditos... Vamos, que a mi se me hacía rarillo verlos con esa pinta. Y lo mismo debían de pensar los de menos de 40 años, porque todos vestían el traje chaqueta occidental que poco cambia de Madrid a Varsovia.
Durante todo el tiempo nos trataron como marahás.
En Stavanger nos distribuyeron entre las casas de los familiares: casitas de madera muy monas, con sus tejados a doble vertiente y pintadas de colorines. Claro que una vez dentro ya no les sigues llamando "casitas". Y es que hace falta prever mucho espacio para poder moverse durante las interminables tardes de invierno (poca luz y mucho frío en el exterior), en las que no apetece nada salir a la calle, y el bricollage se presenta como entretenimiento y salvación. Así que donde se juntaban mucho espacio, mucho tiempo y un manitas, los interiores quitaban el hipo.
Mis tías y yo nos alojamos en casa de un pariente recién jubilado que vivía solo. Era un tipo atento y tranquilo. Con nuestras idas y venidas, risotadas y charlas en español, perturbamos la paz y el orden que habitualmente reinaban allí, pero a pesar de todo, al despedirse nos regaló como recuerdo unas camisetas de la empresa petrolera donde había trabajado toda su vida. Muy bonitas, con las torres de extracción en medio de un mar azul intenso.
Y una vez celebrada la boda y recorrida la ciudad de Stavanger, había que visitar la zona: excursión en barco por los fiordos, Bergen, el puerto... (una semana no da para más).
La naturaleza era impresionante, hasta el punto de que yo me preguntaba si esos paisajes "de calendario"... ¿podrían acabar aburriendo de tan maravillosos y perfectos?
Todo precioso pero, en caso de animaros a ir, comprad una hucha de cerdito unos meses antes y la vais llenando, no sea que se os agote el crédito de la tarjeta en la primera ronda de cervezas. Al menos, así andaban entonces los precios y creo que no han variado mucho.
Pero de verdad que merece la pena ahorrar e ir. Y cuando no hay cursillo ni boda a la vista... ¿qué mejor excusa para hacer las maletas que una capital cultural con espectáculos a todas horas?



