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Dos millones de visitantes han entrado en la Expo desde el último día que me asomé al blog. O sea, que vamos ya por los 4.000.000. Suma y sigue. Otros prefieren quedarse en el pueblo, que para eso es agosto el mes de las fiestas. ¿Alguien sabe qué santo se celebra el día 24? Pues a mí, ya no se me olvida ni aunque viva 200 años.
La ermita de San Bartolomé en el cañón del Río Lobos, tiene fama de ser uno de los lugares más enigmáticos y esotéricos de la península. Los artículos en prensa y reportajes de TV siempre muestran un paraje solitario, misterioso, alejado del mundo... Sobre este enclave templario se han escrito páginas y páginas, que no pienso resumir aquí, pero que despiertan la curiosidad de cualquiera: yo llevaba años deseando visitarlo. La semana pasada tuve una "gran" idea para huir de la Expo y las multitudes: el domingo 24 de agosto, aprovechando un viaje de Logroño a Zaragoza, me acercaría a ver la ermita (a pesar de que no está precisamente en esa ruta...). Me dije a mí misma: una vez en el coche y volante en mano, 100 km. más o menos no van a ninguna parte. Y soñando con ese paraíso de paz y tranquilidad, me permití bromear durante el camino con la amiga que me acompañaba: ¿te imaginas que la Coca Cola hubiera llegado hasta allí? ¿Y si han instalado un puesto junto a la ermita? (como el que hay en lo alto de Petra, sin ir más lejos). Ni en nuestras peores pesadillas podía suceder semejante despropósito, y precisamente porque eso era imposible, nos llevamos desde casa una mochila llena de refrescos y bocadillos. Peeeroooooooooooo....................... Hay un día al año, sí, uno de entre 365, en el que el cañón pierde toda su magia y misterio, deja de ser un lugar esotérico durante unas horas y es invadido por coches, por tenderetes y por miles de personas que se acercan hasta allí para la romería de... San Bartolomé. Sí, el santo del 24 de agosto. O sea, el domingo pasado precisamente. Poco antes de llegar paramos en un mirador que da sobre el cauce del río. Las vistas eran impresionantes, abarcaban kilómetros y kilómetros, y las águilas (¿o buitres? ¿qué decían los paneles?) volaban majestuosas casi casi a nuestra altura. Nada sospechoso hasta ese momento, sino más bien todo lo contrario: el mirador, aperitivo previo, era una maravilla ¿qué podía esperarnos allí abajo?. Pero nada más tomar el desvío del cañón, nos sorprendió empezar a ver gente, mucha gente, comiendo a la orilla de la carretera. Familias enteras muy bien equipadas (mesas, sillas, fuentes de comida...). Nos asustamos un poco... ¿Domingueros en los alrededores de la ermita? Bueno, pensamos, es que en agosto hay gente por todas partes. Continuamos por la carreterilla, pero cada vez veíamos más y más gente. Aparcamos en la explanada donde habitualmente se dejan los coches, ya que el último tramo suele hacerse a pie (excepto ese día, que era el mundo al revés y se podía pasar motorizado hasta arriba). Mientras subíamos a patita, nos cruzamos con un montón de vehículos. ¡Había más tráfico que en La Castellana! Al bajar del coche habíamos visto un cartelillo con los horarios de la romería, misa, rosario, etc... Eso nos aclaraba muchas cosas, ¡menudo día habíamos ido a elegir! Pero camino de la ermita aún no habíamos perdido del todo la esperanza y pensábamos que si bajaban tantísimos coches, arriba ya no podía quedar nadie. Antes de ver la ermita ya pudimos comprobar que aquel día, el mismísimo rastro se había trasladado hasta allí: tenderetes de ropa, comida, juguetes, bares, el carrito del helado.... Y gente por todas partes. Habían llegado a pie, en coche, a caballo... Por los suelos, en hamacas, metiendo las narices por todas partes. INCREIBLE. ¡Mi gozo en un pozo! En fin, que salimos de allí en cuanto pudimos. Tampoco era plan irse sin ver la ermita y las cuevas, así que fue después de visitarlo todo (y de echarnos una siesta en el prado) cuando pusimos rumbo a Soria. San Saturio, Santo Domingo, San Juan... ¡qué maravilla! El toque frívolo, la casa de los Marichalar. Y justo enfrente, el instituto donde Machado fue profesor. ¡Eso es un instituto y no los cubos de cemento de hoy en día! Un paseo a orillas del Duero al atardecer nos hizo recuperar la paz y el sosiego perdidos en el cañón del río Lobos. Acabo de leer en el Heraldo de Soria (¡casualmente ha caído en mis manos!) que la romería batió record de asistentes. Dan como posible explicación el hecho de que cayera en domingo. ¡En fin! ¿Se puede tener más mala suerte?
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