Walsh, Bony... Podría parecer que durante mis quince días de vacaciones en Argentina (país con unos 40 millones de habitantes, vivos) solo contacté con los muertos. Je, je. Desde luego que no faltaron mediums y videntes que me ofrecieran sus servicios (amplio abanico de servicios para arreglar en cuestión de horas y con resultados garantizados los problemas económicos, laborales, amorosos y de todo tipo), pero para entrar en contacto con los seres del más allá siempre he preferido los museos a la ouija, y hoy me ocuparé (sí, otra vez) de un artista ya desaparecido al que conocí en un museo argentino.
Sábado, nuestro último fin de semana en Buenos Aires, y mientras en la Casa Rosada y alrededores se ultimaban los preparativos para la toma de posesión de la Sra. Kirchner, nosotras nos fuimos a pasar el día al delta de Tigre.
No podemos presumir de haber sido muy originales, porque el tren iba lleno de gente con la misma intención que nosotras. La mayoría, supongo, excursionistas de un día que aprovechaban la cercanía de este lugar a la capital. También los hay que tienen su casita en el delta, ideal para evitar las visitas inoportunas e indeseadas, aunque en caso de que las visitas consigan llegar hasta el refugio, lo difícil será librarse de ellas. Porque son muchos los puntos del delta a los que solo se puede acceder en barco, y hay quien sí tiene lancha, pero el resto dependen del transporte público.
Yo subí a una barcaza que me paseó durante más de hora y media por los diferentes ramales y ríos que rodean la ciudad. Hora de la siesta, así que no éramos más de doce los turistas a bordo. El paseo fue muy entretenido: todo tipo de embarcaciones navegando río arriba y río abajo, casas de quitar el hipo, otras a punto de desmoronarse, y sobre todo mucha gente (practicando deporte o en sus jardines, pasando la tarde en familia...) Cotilleo puro.
Y como no nos hemos movido del planeta Tierra, se detecta la presencia de una especie que no falta en ninguno de los cinco continentes: el rico ostentoso. Hacen acto de aparición en una lancha fueraborda, que va dejando tras de sí una estela blanca mientras salpica a diestro y siniestro. Al pasar junto a un remero solitario, no se desvían ni un milímetro para esquivarlo y el tipo queda completamente calado en cuestión de segundos. Para rematar, las macizas del bikini que se exhiben en cubierta, muertas de la risa. Aunque no sé de que se reían, las muy bobas, porque los edificios que alojan los numerosos clubes de remo de Tigre no son chabolas precisamente. ¡Ja! Que si el tipo va remando es porque le gusta el deporte y no por necesidad...
Antes del paseo en barca nos dimos otro, a pie, por la orilla del embarcadero. Mucha afición al remo y edificios que tuvieron que costar caros... Aunque el más bonito, sin lugar a dudas, fue el último que encontramos: el Tigre Club con su terraza sobre el río Luján, casino en la primera mitad del XX y ahora Museo de Arte Tigre.
La colección, de pintura figurativa, no es demasiado grande y se limita a un período muy concreto, pero es francamente interesante. Fue una suerte que nos decidiéramos a entrar, quizás más picadas por la curiosidad de ver el interior del edificio que por disfrutar de los cuadros, pero la cuestión es que entramos y allí descubrimos la obra de Benito Quinquela martín. Escenas de la vida portuaria visualmente muy atractivas.
Investigando descubrí, ya en España, que es uno de los pintores más importantes de Argentina. Queda una vez más de manifiesto mi ignorancia y falta de cultura general (y eso que no soy de la ESO), aunque Internet me ayuda a disimularla..
Abandonado a los pocos días de nacer, fue adoptado con seis años por un carbonero de origen italiano y su mujer, que vivían en el barrio de Boca. No le faltó el carboncillo, se puede leer en una de las muchas páginas a él dedicada. ¡Y bien que lo aprovechó! Carboncillo y un motivo que pintar: el puerto. Asistió a clases nocturnas de dibujo mientras por el día trabajaba junto a su padre, y desde joven obtuvo premios y reconocimento, además de recibir diferentes encargos.
Nada más ver sus cuadros me llamó la atención su colorido y luminosidad. Eran obras que se alejaban de "mi" estereotipo de pintura de obreros, que debe ser mucho más sombría y pesimista, siempre en tonos oscuros como el futuro que espera a los protagonistas.
En Quinquela, por el contrario, priman la luz y el dinamismo. No es una visión idílica de la vida del puerto, especie de hormiguero donde los obreros suben y bajan sin parar desplegando una actividad febril. Y aunque la sensación que transmiten sus cuadros no es de angustia sino de movimiento y vida, está claro que en Boca no se descansa: allí no queda tiempo ni para respirar.
El día siguiente, domingo, fuimos a Boca. Quizás precisamente por ser domingo en el puerto no había un alma, pero el barrio sigue siendo un hormiguero: por cada hombre que pintó Quinquela, hoy encontramos un autocar con 50 turistas, todos dispuestos a invadir Caminito, verlo todo, comprarlo todo, y fotografiarlo todo. ¡Ni el centro de Madrid en Navidad está tan concurrido!
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