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Tengo un compañero de trabajo que colecciona estampas religiosas. Las tiene por miles: santos, vírgenes, beatos..., incluso Dios, cuando algún osado se atreve a pintarlo. Aunque como él mismo reconocerá, su colección amplió horizontes cuando yo me convertí en su proveedora.

Fue así a lo tonto... Andaba yo preparando un viaje y pregunté si alguien quería algo de aquel país (no recuerdo cual). "Alguna estampita, si te acuerdas". Y lo apunté en la lista de los encargos.

Si yo pregunto no es  para quedar bien, sino para esforzarme en traer lo que me piden. Así que una vez allí, empecé a entrar en todas la iglesias que encontraba en mi camino. También en las tiendas religiosas de los alrededores, que son mucho más interesantes (no desde el punto de vista artístico, pero sí puestos a buscar curiosidades y rarezas). Y me he aficionado a visitarlas hasta el punto de que seguiría entrando aunque nadie me encargara nada. Esos localitos son una mina, con sus velas, talismanes, sahumerios, encantamientos... Y las estampas de los santos: desconocidos como San Cono o tremendos como San la Muerte, a quien se elevan unas plegarias que parecen amenazas de la Cosa Nostra. ¡Da miedo el santo en cuestión...!

 

El mercado de la estampita es un pozo de sorpresas. En algunos países solo se encuentran los modelos globalizados: ¡ojo!, no compres la misma que el año pasado, porque aunque estabas a 10.000 km. de distancia vendían exactamente la misma.

Otras veces me luzco con los muy extraños santos árabes, que la gente tiende a pensar que no existen pero... ¡hay árabes de religión cristiana y también tienen sus estampitas! El archifamoso San M arón de Líbano, por ejemplo. Y ahora que pienso... ¿cómo he podido tardar tanto tiempo en darme cuenta?: ¡es EL precisamente quien da nombre a los maronitas!

 

Sí que marcaron un hito las estampas con objetitos tridimensionales pegados, como pueden ser unos panecillos o lechuguitas tamaño pulga (para que no falte la comida). O la típica estampa que esconde otra imagen distinta que solo aparece al girarla: San Cristóbal da paso a los medios de transporte que protege, el Sagrado Corazón aparece y desaparece en el pecho de la Virgen...

Y ese alarde técnico de las imágenes que se alternan (¿tiene algún nombre?) me recuerda a un "souvenir" que compré en Irán... Iba paseando tan tranquila cuando me pareció ver un plato de plástico horroroso con la imagen de un barbudo en un escaparate. Me paré a ver aquello. La sorpresa fue que al echar a andar de nuevo, el tipo desapareció del plato cediendo su puesto a otro barbudo igual de feo, pero con gafas. Eso sí, cada uno con sus correspondientes flores y frasecita, que también se alternaban al girar el plato. Compré media docena porque, aunque nadie me los había encargado, aquello me pareció la bomba.

 

Pero volviendo a los encargos, las más temibles son las amigas del dulce. Ir a Siria significa volver cargada con cajas y cajas de chocolate de la célebre bombonería damascena El Graoui. Alguna amigota hasta exige su especialidad preferida, los bombones de pistacho, pero tiene toda la razón del mundo porque en España yo no he probado nada parecido. El verdadero problema es la gran cantidad de gente que conoce ya los bombones: una lista de casi 20 personas esperándolos, supone volver a España como un burro de carga. Porque encima, si les traes otro regalo, casi protestan. Lo que no impide que haya que cargar, además, con infinidad de especias, café con cardamomo, jabones de Alepo...

 

Y los coleccionistas, otros que no tienen límite: monedas, billetes, sellos, latas de bebida, posavasos, lápices, mecheros, piedras, arena...

 

Al final, algunos viajes son como una ginkana. La lista de encargos es larga como un listín telefónico y si con el paso de los días no mengua, el asunto se pone feo. Y a veces mira que es difícil encontrar según que cosas. A mi me han llegado a pedir hasta ¡pepitas de oro! Eso sí, solo si las veía, no hacía falta que me matara a buscar. No las conseguí, como tampoco pude encontrar en Damasco un matraz de alquimista, a pesar de llevar dibujado en un papel un boceto del modelo en cuestión. Lo que no sabe nadie es lo mucho que curioseé en las tiendas de antigüedades con esa excusa, je, je.

Sí he traído por encargo montones de objetos más fáciles de encontrar como narguiles, mantas, chilabas, pulseras, telas, cuadros, un traje de danza oriental, teteras, babuchas... ¡como si aquí no vendieran! Pero si solo hay que ir al "Todo a 100 Ali Baba" para encontrar lo mismo, e incluso más barato que en origen.

 

Y después de tantas quejas, debo reconocer que los caprichos más difíciles de encontrar ¡son los míos! Las vueltas que le hice dar a un taxista por El Cairo buscando "libros de cuentos bonitos". Aunque parezca increíble, en la mismísima capital de Egipto, nos recorrimos un montón de librerías sin encontrar nada.

Al final, veía al pobre hombre tan harto que, cuando me sentó en una terraza de su barrio para invitarme a un té, yo sufría pensando que me había colocado allí, en exposición, para ver si algún terrorista se animaba a matarme. Por pesada e impertinente...

Pero resultó ser todo lo contrario. Cuando me dejó en el hotel, estaba empeñado en traerme a la mañana siguiente algunos cuentos de sus hijos, para ver si me gustaban más que los que había comprado. Amabilidad oriental.

 

Y termino con uno de los encargos más raros que me han hecho nunca. Una tía lejana me pidió que, aprovechando un viaje a la Habana, intentará localizar a un amigo de la familia que desapareció allí en tiempos de la revolución. Un día dejaron de tener noticias, como si se lo hubiera tragado la tierra.

Esta persona se fue a Cuba en los 50 para vender imágenes religiosas (a eso se le llama ser oportuno), y mi tía solo conservaba una dirección. Allí que me presenté. Lo que en tiempos fue un convento, se había convertido en Casa del pueblo, y preguntando preguntando, di con alguien que se acordaba de él. ¡Vaya historia! Por lo visto a ese convento fueron a refugiarse unos asesinos huyendo de la justicia. Cuando consiguieron trincarlos, el convento dejo de serlo y los que por allí pululaban tuvieron que multiplicarse por cero, como hizo nuestro amigo. Misión cumplida... a medias, porque mi tía siempre confió en que localizara a esta persona, y eso resultó imposible.

 

En fin... Los encargos de los amigos, ¡otra forma de conocer un país!

 

 

 




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