¡La que se ha organizado en el aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires! Casi daba miedo leer y escuchar las historias que contaban los afectados. Y es que a las compañías les importa bien poco tener a la gente cuatro días allí, sin ducha, sin comida, sin explicaciones... ¡Que se apañen!
Pues justo hace un mes que pasé yo por ese aeropuerto, y la verdad es que no fueron muy eficientes en la zona de facturación. Me pegué algo así como dos horas en la cola y nunca supe muy bien la razón de que aquello avanzara a cámara lenta.
Pero volviendo al principio del viaje...
La búsqueda de alojamiento en Internet nos llevó a Palermo: un barrio muy agradable, con sus casitas bajas y calles arboladas, que invitaban a pasear por toda la cuadrícula que formaban. Los restaurantes, locales y tiendas de diseño, tenían mucho que ver con la animación que se respiraba, pero yo siempre tuve una sensación de tranquilidad, de encontrarme en un pueblín engullido por la gran ciudad.
Dividido en Palermo Soho y Palermo Hollywood, está claro con esos nombres que el diseño no podía faltar: “pelos de autor”, esa era la tarjeta de presentación de un peluquero de la zona, y a mí siempre me rondó la idea de ir a ver qué tal le sentarían a mi cabeza unos pelos de autor. Pero ya se sabe lo que pasa en cualquier viaje: da igual que te vayas para cinco días, dos semanas o tres meses, al final, siempre te falta tiempo.
Aterrizamos en uno de tantos bed&breakfast, pero para mí que la fortuna nos llevó a elegir el mejor... Cuatro habitaciones de diferentes colores, y una mesa de madera enorme en la que solíamos coincidir todos los inquilinos a la hora del desayuno. Desayuno pantagruélico, debo decir, que aprovechábamos para charlar con el encargado del B&B. En cuanto aparecíamos por allí, él abandonaba su ordenador, (aparcados quedaban los asuntos administrativos hasta mejor momento), y se acercaba a la mesa con su inseparable mate, dispuesto a conversar largo y tendido con todos nosotros. A informarnos y a informarse.
Fue él quien se encargó de explicarnos la problemática social-económica-política-y-todo-lo-que-hiciera-falta del país. La conocía de primera mano. Por eso su explicación del corralito en dos minutos, me aclaró mucho más que semanas y meses de leer noticias en la prensa. Pero tenía además un repertorio de historias, que surgían siempre en el momento oportuno, dignas de aparecer en cualquier novela de García Márquez: el novio despechado que se va a hacer las Américas mientras su novia (ahora ex-novia) se casa con el que debería haber sido su suegro, el descendiente de unos condes que, al no saber quien es su familia, trabajaba como cajero de supermercado, conspiraciones internacionales con servicios secretos mezclados por medio...
Yo me moría de risa cuando al comentarle que pensábamos ir a Recoleta y visitar el cementerio, eso le recordó cierta experiencia piloto, que por lo visto se llevó a cabo una sola vez, porque las quejas de los vecinos pusieron fin a semejante despropósito. El caso es que a alguna mente privilegiada se le ocurrió organizar visitas nocturnas “ambientadas” al campo santo. Cuando el grupo de visitantes llegaba a la tumba o panteón de un personaje famoso, se encendían de repente unas luces y se oía la voz del fallecido recitando un discurso (caso de Evita) o lo que fuese que hubieran encontrado grabado. Para salir corriendo. Aunque yo hubiera pagado por ver eso con mis propios ojos, porque la verdad es que me cuesta imaginarlo.
Y puestos a hablar de Buenos Aires, ciudad a la que llegó unos años antes empujado por la crisis, nos aseguró que existe una frase que nunca saldrá de la boca de un porteño: “NO LO SE”. Da igual el tema sobre el que se les pregunte, siempre saben. Aquel día desayunábamos con una pareja de argentinos (y si estaban alojados allí es porque tampoco eran porteños), que lo corroboraron rápidamente, y por si dudábamos, empezaron a contarnos mil y una anécdotas en el mismo sentido. Vamos, que aguantar a un porteño en tu trabajo, o tener que tratar con la oficina central de tu empresa en Buenos Aires, era una maldición.
Los chistes sobre argentinos les parecían tremendamente injustos, porque en realidad, aquello que se contaba solo era cierto en el caso de los porteños (que son muchos, ¿casi la mitad?, pero existen esos otros argentinos que no lo son). Y entonces sí, una vez corregido el chiste cambiando la palabra “argentino” por “porteño”, era para partirse de la risa, ¡y una verdad como un templo!
Y lo gordo es que algo de razón ya tenían... porque sales de Buenos Aires y los taxistas ya no redondean hacia arriba sino a la baja (es una diferencia digna de mención...), y será porque la gente no anda tan estresada, pero parecen más amables y dispuestos charlar con el extranjero (un “jolín” que se escapa da pie a una conversación de un cuarto de hora, porque allí el que no ha estado en España piensa ir pronto, o tiene antepasados, o amigos, o...., o....). Ventajas de compartir el idioma.
Y no sé si aquel dependiente sería porteño o no, pero un día entramos en una librería buscando libros de Juan Gelman, argentino, premio Cervantes 2007, para traer a España de regalo (que mucha librería en Buenos Aires, pero en la del Ateneo, la más espectacular, de Gelman solo había un libro totalmente amarillento, o sea, que en 20 años no lo había comprado nadie), bueno, pues en esta librería donde sí había libros de Gelman, no sé cómo ni por qué, nos encontramos de repente en otro estante y con el vendedor recomendándonos a un autor argentino, un tal Rodolfo Walsh, para mi un perfecto desconocido, del que luego os doy alguna referencia.
El caso es que había tres libros del autor y le pregunté de qué iban. ¡Uy, uy, uy! Nos cayó una lección de historia... Después de repasar medio siglo XX, fuimos a parar a las panaderías, que si las pastas llamadas “facturas” tienen nombres muy combativos porque las empezaron a fabricar unos panaderos anarquistas de origen italiano, y claro, por eso las bautizaron de una manera tan chocante (aún no he podido comprobar la veracidad de la historia). Y estábamos todavía con el primer libro... Le compramos un ejemplar cada una y nos largamos rápidamente.
¿Cuál era el libro? Rodolfo Walsh: Operación Masacre (1957). Yo aún no lo he leído, pero por lo visto se trata de una novela negra basada en hechos reales (fusilamiento del que algún fusilado sale con vida). O sea, novela-reportaje, lo mismo que hizo Truman Capote en “A sangre fría” unos años después.
Si buscáis en Internet, podéis leer algo más sobre su vida.
Por cierto, en 1977 Walsh desapareció. Que en el contexto de la Argentina gobernada por la junta militar (junta a la que él precisamente, dirigió una carta abierta), ya sabemos todos lo que significa.


