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Y si seguimos con los monumentos que parecen de cartón piedra... sin salir de Buenos aires, el chasco más gordo te lo llevas cuando ves por primera vez el obelisco. Tan imponente como aparece en fotografías, postales, telediarios..., yo me había hecho la idea de que era tan sólido como los de Egipto. ¡Qué va, que va! Pero si dan ganas de soplar, para ver si sale volando. La pintura descascarillada, una especie de ventanuco de palomar all&
aacute; arriba... no me imagino de qué material puede estar hecho. ¿Y si fuera hueco? El misterio del obelisco se convirtió en uno de nuestros temas de conversación predilectos durante el viaje (también era la primera visita a Buenos Aires de la amiga que me acompañaba, claro). Y a una manzana del obelisco, en la calle Suipacha, está la Confitería Ideal (primera de las visitas que recomendaré). Coincidimos en la pensión (bed&breakfast) donde nos alojábamos, con una pareja estadounidense muy aficionada al tango. Hasta el punto de que cada año dedicaban un par de semanas de sus vacaciones... a bailar tangos (en Buenos Aires, por supuesto). Todas las noches, sesión de baile: vestidos con sus mejores galas se dirigían a la correspondiente milonga, que ya sabían ellos dónde tocaba ir cada día. No era nada raro que se presentaran cada vez más tarde a desayunar. Y en ocasiones, con un ojeras de campeonato... Yo tenía auténtico interés por escuchar los famosos bandoneones (según nos contaron, el instrumento clave dentro de una orquesta de tangos). Pero andaba desesperada porque solo conseguía verlos dentro de vitrinas y escaparates, quietos y silenciosos como muertos. Así que una noche nos presentamos en el local que nos recomendaron los americanos, dispuestas a ver y oír tango en vivo. No tardaron en aparecer ellos también, de punta en blanco y con más ganas de bailar que la Cenicienta. Por no tener reserva, nos colocaron en la zona "de chicas". En una mesa pequeña (para cuatro personas) y con buenas vistas, quedamos a la espera de que el espectáculo comenzara. Mientras tanto, nos dedicamos a curiosearlo todo. El salón era impresionante, "muy vienés" me dije: una pista de baile enorme rodeada por docenas de mesas (todas ocupadas), columnas altísimas y un techo decorado con un diseño tipo filigrana que parecía de forja. Toda una sorpresa, porque al entrar desde la calle, aquello más parecía un tugurio que otra cosa. Nos gustó mucho más que el archifamoso Café Tortoni, que mencionan todas las guías y que visitamos días después. No hay comparación, la Confitería Ideal es mucho más bonita (y para colmo, los churros del Tortoni no son muy allá, por mucho que el chocolate con churros aparezca como especialidad de la casa). Al cabo de un rato, la "acomodadora" instaló en nuestra mesa a dos señoras que se disculparon por sentarse en esas sillas que, suponían, nosotras preferiríamos ver ocupadas por un par de caballeros. "Nada de eso, que esto es la zona de solo chicas. Siéntense tranquilas". La compañía fue realmente muy agradable: eran dos amigas, viudas, que asistían a clases de tango en el centro de mayores de su barrio, y que estaban allí gracias a una invitación conseguida llamando a un programa de radio. También venían muy arregladas (esto de bailar tangos, parecía cosa seria...) con sus trajes escotados, collares y toques de maquillaje. Una vez hechas las presentaciones (incluyendo el repaso al árbol genealógico hasta llegar a los antepasados originarios de España), nos aleccionaron sobre el funcionamiento de estas veladas. A mí me recordó mucho a nuestros bailes de posguerra. Que yo solo los conozco por el cine, pero ¡a ver si no se parece!: Según nos explicaron, si alguien quería sacarnos a bailar (cosa que no ocurrió, porque con la mala facha que llevábamos las dos, era evidente que solo habíamos ido a curiosear) nos lo haría saber con algún gesto de cabeza. Claro que sin acercarse demasiado, por si acaso le dábamos calabazas... que no se notase mucho. En caso de aceptar la invitación, como el riesgo de hacer el ridículo públicamente habría desaparecido, el interesado se acercaría hasta la mesa. La música, enlatada, empezó sobre las 10,30, e inmediatamente la pista se llenó: gente de todas las edades, tanto argentinos como extranjeros, se apresuraron a dejar sus asientos. Quizás algunos de ellos eran alumnos de esas clases combinadas "aprenda español practicando tango" que anunciaban algunas academias. ¡Qué miedo! Si tienes que prestar atención a la gramática y al baile a la vez, puedes acabar con un dolor de cabeza monstruoso. Había un personaje al que no le quitábamos ojo: un abuelo, menudito, de por lo menos 80 años, que no paró de bailar. A él no le daba ningún apuro acercarse a las mesas en busca de pareja. Y si en una no había suerte, pasaba a la siguiente. NO PARÓ. ¡Qué energías! A nosotras nos tenía admiradas, pero nuestras compañeras de mesa le temían más que a un nublado. Una de ellas sí salió a bailar con él (los bloques eran de tres o cuatro piezas, y luego cada cual volvía a su sitio) pero la otra se escondía como un avestruz cuando le veía acercarse. Comprobamos que no solo se bailaban tangos y milongas (que nuestras compañeras se esforzaban en enseñarnos a distinguir), sino que se colaban otros tipos de ritmos. El abuelo le pegaba a todo. ¡Qué bárbaro! A pesar de lo mucho que nos gustó aquello, nos fuimos (a eso de la una) un poco decepcionadas por no haber disfrutado de música en vivo. Pero a esas horas ya no podíamos mantener los ojos abiertos por más tiempo. La orquesta llegó una hora más tarde, según nos contaron al día siguiente en el desayuno. Son trasnochadores, estos argentinos... Y los americanos, no me extraña que cada día se levantarán más agotados después de ese ajetreo nocturno. Porque bailaban y bailaban, cambiaban de pareja, descansaban más bien poco, y allí se quedaron cuando nosotras nos fuimos muertas de sueño. Si la orquesta llegó sobre las dos, ¿a qué hora terminó aquello? Y eso CADA noche. Hoy aquí y mañana en otra milonga: ya saben los asiduos dónde toca ir cada día. Y se me ocurre... debe de ser un tanto incómodo viajar con la maleta llena de vestidos largos y zapatos de tacón (ellas), o trajes elegantes y zapatillas de baile (ellos). Demasiado esclavo para mí. Por suerte, el domingo fuimos al barrio de San Telmo donde ¡por fin! pude ver los bandoneones en acción. Fue impresionante: aparte del mercadillo que ocupa calles y más calles cortadas al tráfico, orquestas de diez o más personas se instalaban en cualquier esquina: varios violines, bajo, piano (sí, eso ¡pianos en medio de la calle!), y por supuesto: los bandoneones. Y no era solo cuestión de cantidad, porque además sonaban a gloria. Bueno, y como yo nunca había oído la palabra "bandoneón" hasta diez días antes de salir de viaje... por si acaso hay más despistadillos, diré que son instrumentos parecidos al acordeón (yo llevo 40 años llamándoles "acordeón"), pero con botonera en las dos manos. Eso a primera vista, porque para profundizar, consúltese a un experto. Claro que lo mejor: irse a investigar "in situ".
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