La que prometía ser mi Semana Santa más gore, se quedó en agua de borrajas.
¡Menuda decepción! No me salpicó ni una gota de sangre. Y ¿cómo iba a salpicarme la sangre si ni siquiera la vi?
No puedo negarlo: me atraen las celebraciones ancestrales (un poquillo salvajes a veces, lo reconozco) típicas de este país, pero que como buenos europeos acabaremos erradicando... algún día. Por suerte para mi, de momento ahí siguen.
No pretendo ser irrespetuosa ni gamberra, pero es innegable que de todas las fiestas religiosas que celebramos a lo largo del año, hay una que sobresale por ser la más sanguinolenta y exagerada en sus manifestaciones: ¡la Semana Santa! Sangre, dolor y sufrimiento tendrán un papel protagonista durante estas fechas que se avecinan... En fin, unos días que harán las delicias del Mr. Hyde que todos llevamos dentro.
Sí. TO-DOS. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra...
¡¡¡Ayyyyy!!! ¡Una forma algo extraña de demostrar que a uno no disfruta con la sangre, esta de ir apedreando al vecino!
¿Qué pasó con aquella Semana Santa? El problema se resume en que llegué tarde. Y no fue cuestión de horas, sino de lustros.
Desde que tuve noticia por primera vez de los "picaos" de San Vicente de la Sonsierra, hasta que me decidí a acercarme en persona por allí, pasaron por lo menos 20 años. ¡Pues no cambiaron ni nada las fiestas y tradiciones populares en España durante todo ese tiempo!
Despistada como de costumbre, me presenté con la familia un Jueves Santo a mediodía. Ni un alma, ¡qué raro! Sí, claro, "rarísimo": los "picaos" salen jueves por la tarde y viernes.
A provechamos el error y, ya que estábamos allí, dedicamos el día a visitar la zona. Para empezar, ¡como no!, el pueblo de San Vicente. Construido en un cerro, el recinto amurallado (que alberga la iglesia parroquial y una ermita, sede de la cofradía de la Santa Vera Cruz) tiene unas vistas espectaculares sobre el río Ebro y las tierras del entorno. Para no perdérselo.
Por la tarde, camino de Laguardia, nos acercamos a Ntra. Sra. de la Piscina. Parada obligada, ya que esta ermita es todo un "clásico" en lo que a nuestras excursiones familiares se refiere. Recuerdo de los tiempos remotos en que la "Guía de la España mágica" de Juan G. Atienza (una mina para idear excursiones a lugares esotéricos y misteriosos) era mi fuente de inspiración viajera.
Por supuesto que no me di por vencida y cuando volvimos el día siguiente, Viernes Santo, el panorama había cambiado de forma radical. Mucho antes de entrar al pueblo, ya éramos el último coche de una larga caravana. ¡Invasión de curiosos! Es de suponer que la situación se agravaba año tras año, y por eso el ayuntamiento había acondicionado un amplio descampado como aparcamiento para deshacerse de tanto coche. Unos vigilantes originarios de otros países, organizaban el tráfico además de entregar a cada recién llegado un folleto sobre el pueblo, la Cofradía de la Santa Vera Cruz, los picaos y la historia de todos ellos.
Y gracias al folleto me enteré de que en el s. XVIII, el rey Carlos III prohibió este tipo de manifestaciones de fervor popular. Claro que en San Vicente, o no se enteraron o hicieron caso omiso. Desde su fortaleza inexpugnable, podían permitirse desafiar las órdenes del monarca y seguir haciendo lo que les diera la gana. Genial.
Esta muestra de rebeldía vino a alimentar todavía más mi imaginación, que bullía mientras se montaba su película de miedo (con guión del Ingmar Bergman más siniestro) y que empezaba con un cielo cubierto tal y como describe el evangelio para la tarde del viernes. A continuación, debía oírse como se rasgaban las cortinas del templo e inmediatamente, aparecer delante de nosotros una procesión de al menos 15 o 20 disciplinantes arrastrando los pies y flagelándose la espalda. Todo envuelto en lamentos desgarradores: uh, uh, uh, uh, uh..... Una estampa medieval que viajaba por el túnel del tiempo para venir a presentarse ante mi persona. En blanco y negro, por supuesto.
Mis fuentes de información eran la susodicha "Guía mágica" y un artículo publicado años antes por Interviú que, con todo lujo de detalles, describía la "pasión" de los "picaos". Y para rematar, incluía fotos. La verdad es que me impresionó la historia. Aunque parezca mentira, lo que utilizan para dejarse la espalda hecha un cristo es una inofensiva madeja, de algodón si no me equivoco. Pero a base de golpear una y otra vez, acaba produciéndoles unos hematomas gigantescos. Al terminar la procesión, y esto es lo más denteroso, alguien les pincha la espalda con cristales para que brote la sangre. Montones de páginas de Internet os pueden informar al detalle si os interesa.
Con el folleto bien leído, nos dirigimos al centro del pueblo en busca de un lugar privilegiado desde donde ver bien y fotografiar mejor. Durante la espera, alguien nos comentó que saldrían dos "picaos". ¿¿Solo dos?? Pues menuda birria... Tuvieron que explicarnos que haber, había cuatro, pero que los otros dos saldrían por la noche.
Solo dos penitentes: ¡eso no es procesión ni es nada! Pero no fue lo peor...
Cuando por fin llegaron los dos disciplinantes, iban rodeados de un enjambre de fotógrafos. Ni se les veía. Mucho menos aún, sus espaldas enrojecidas. Mi gozo en un pozo. Por lo menos eran 20 cámaras, que repartidos entre 2 penitentes, tocan a diez por cabeza. Una visión muy poco medieval.
Ni picaos, ni sangre, ni penitencias. No vi nada de nada. ¿Castigada por morbosa? ¡Qué va! Para ver hoy en día a los "picaos" hace falta tener carnet de prensa por lo menos, y formar parte de la nube que les acompaña. Al final resultará que esa es su auténtica penitencia: llevar los objetivos a dos palmos de la cara y aguantar a todos los periodistas incordiando.
Quizás la otra procesión, al atardecer, fuera un poco más tenebrosa. Pero dos picaos por salida, seguía siendo una miseria. ¡Precisamente cuando el ayuntamiento tenía organizado todo lo demás, desaparecían los "picaos"! Y no creo que se pudiera reciclar a los guardianes del aparcamiento en disciplinantes, porque para serlo en San Vicente...hay que cumplir unas muy estrictas condiciones.
Desconozco los beneficios de auto infligirse dolor. Es una costumbre que no practico... Pero pagaría por saber lo que se les pasa por la cabeza a los "picaos" antes, durante y después. ¿Qué les empuja a tomar la decisión? ¿Se arrepienten por el camino? ¿Qué beneficios, supongo que espirituales, obtienen? ¿? ¿? ¿?
Misterio.
del.icio.us · digg this · spurl · reddit · furl this

