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Este año no aspiraba a disfrutar de una Semana Santa sangrienta. Me conformaba simplemente con que fuera ruidosa, de 100 dB para arriba... Pero...

Asuntos familiares me llevaron a pasarla en "el pueblo", con el consiguiente disgusto porque hasta allí nunca ha llegado el sonido de los tambores. En fin.

 

Desde siempre me han fascinado los bombos y tambores, sobre todo por su sonido, que llega a ser absolutamente ensordecedor. Hijar, Calanda... ¡Pueblos que alcanzan niveles de ruido inimaginables! Es una de las pocas veces en que los siempre abstractos e increíbles enunciados de la Física, pueden comprobarse personalmente: allí el sonido SI es vibración. Tras la rompida, no hace falta ser muy sensible para percibirlo a través de todo el cuerpo: el aire retumba literalmente. Indescriptible

Una vez fuera del pueblo, yo siempre me llevo un disco rayado dentro de la cabeza. Son los diferentes toques, que suenan una y otra vez sin parar, compitiendo entre ellos, y que me acompañan durante todo el camino de vuelta a Zaragoza. Como mirar al sol de frente, que luego te quedas con el dibujito grabado en la retina un buen rato, pues lo mismo.

La primera Semana Santa que guardo registrada en mi memoria, allá por el 68, me pilló en Alcañiz (ruta del tambor y del bombo). Es una época de la que conservo escasísimos recuerdos, (tan solo aquello que me impactó vivamente), pero está claro que hay uno que sobresale por encima de todos los demás: el sonido de los tambores invadiendo la población. Se me quedó grabado de por vida. Daba igual cerrar puertas y ventanas, porque se colaba a través de las paredes. Desde la cama, lo escuchaba escondida debajo de las sábanas intentando, inútilmente, pegar ojo. Imposible. La noche avanzaba y los tambores no dejaban de tocar. Era evidente que, aparte del fastidio, aquello era un suceso extraordinario.

 

 

Jueves Santo 2008.  Por la carretera, en dirección contraria al Bajo Aragón...

Nada más llegar al pueblo, me informaron de la novedad: este año había tambores en las procesiones. Donde otros querían ver el retorno del siglo XXI a la espiritualidad de antaño, yo adivinaba muchas ganas de hacer ruido y soltar adrenalina. Pero fuera cual fuera la razón, estaba de enhorabuena: iba a tener mis bombos y tambores a la puerta de casa.

El mismo viernes por la mañana decidí comprobar qué tal sonaban esos tambores... con tan poca tradición. El vía crucis empezaba a mediodía, pero no madrugué lo suficiente para unirme a ellos en la iglesia antes de salir y tuve que echarme al monte en su busca. Un coche de protección civil me puso sobre la pista (porque no tenía yo muy claro el recorrido que seguirían...) y al poco me pareció oír ecos de tambores. Efectivamente, a lo lejos apareció la imagen rodeada por una comitiva, que podía haber sido más numerosa.

A medida que se acercaban empecé a ver caras conocidas: algunos de mis primos y primas estaban allí, tocando con auténtico entusiasmo. Vistos a lo lejos, más me parecieron una banda de música que una cofradía: igualitos, con su pantalón negro y forro polar verde oscuro, iban impecablemente uniformados. Al acercarme vi que todos llevaban bordado un sagrado corazón en llamas sobre el pecho. Una indumentaria muy apañada, por lo económica, para empezar a funcionar como cofradía. Pero el colmo fue descubrir, y felicito al que lo gestionara, el nombre y teléfono de una compañía de transportes bordado en la espalda, en un lugar discreto pero donde se podía leer sin dificultad.

 

A pesar de que tuve mi dosis de tambores, creo que lo más interesante de esta Semana Santa han sido las lecturas, ¡elegidas totalmente al azar en mi librería del pueblo! Ya se sabe, en esas estanterías repletas de pobres libros desterrados, libros que van a parar allí, antes o después de ser leídos, porque no caben en la vivienda habitual.

No pierdo la ocasión de aconsejaros un par de libros:

 

"Palabra, ojos, memoria" de Edwidge Danticat. Es una novela cortita, inspirada en la experiencia la autora, joven de origen haitiano que emigró a EEUU.

La historia, narrada en primera persona y con sencillez, invitaba a la lectura. Y empecé a leer movida por la curiosidad, pero a medida que avanzaba, me encontré más y más enganchada a la novela. La una, las dos, las tres de la madrugada... no fue necesario trasnochar más porque con escasas 200 páginas, ya se ha contado todo lo que había que contar, que es bastante más profundo de lo que una imaginó en las páginas iniciales.

Los problemas de integración en el país de acogida son pequeños comparados con los que vive esta joven dentro de su propia familia, problemas arrastrados desde Haití, que son reflejo y consecuencia de lo que ocurre en su país de origen (situación política, pervivencia de tradiciones y creencias, organización familiar, papel de la mujer...). Todo ello queda reflejado de alguna manera en la obra.

 

 

Y un libro de fotografía. Blanco y negro. "España oculta" de Cristina García Rodero (Luwnwerg Editores, 1989).

¡Sorpresa! allí estaba recogida la España de los 80, esa que fui yo a buscar a San Vicente de la Sonsierra 20 años más tarde, pero que visto lo visto, a esas alturas del siglo era más fácil de encontrar en las librerías que en la calle.

No diré más. Para los que conozcan la obra de esta fotógrafa, sobran explicaciones, y para los que no, mejor que la vean con sus propios ojos. Un universo muy particular y difícil de describir.

 

¡Qué casualidad! Intento actualizar en Internet lo poco que sé de ella y se menciona sus Rituales en Haití (¡sincronicidad!), una exposición que vi en su día, y de la que salí bastante impactada... Aún recuerdo aquella serie de fotografías llenas de personajes embarrados hasta la cabeza, chapoteando en ríos y cascadas, y todo en medio de unos rituales bastante tremendos. Vudú, o yo qué sé... A mí me sobrepasaba...  

Una vez más, quedé admirada por el trabajo de esta mujer. Porque patearse España de arriba a abajo, fotografiando costumbres y tradiciones, tiene muchísimo mérito (aparte de su indudable calidad artística). Pero meterse en esos mundos de ceremonias mágicas, totalmente ajenas al españolito de a pie y que impresionan con solo verlas colgadas en las paredes de una exposición, eso ya son palabras mayores.

 

 

 




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