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Viajeria Blog de Viajes
Historias sobre viajes, viajar, turismo
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marsindbad's Blog
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La ermita de San Bartolomé en el cañón del Río Lobos, tiene fama de ser uno de los lugares más enigmáticos y esotéricos de la península. Los artículos en prensa y reportajes de TV siempre muestran un paraje solitario, misterioso, alejado del mundo...Sobre este enclave templario se han escrito páginas y páginas, que no pienso resumir aquí, pero que despiertan la curiosidad de cualquiera: yo llevaba años deseando visitarlo. La semana pasada tuve una "gran" idea para huir de la Expo y las multitudes: el domingo 24 de agosto, aprovechando un viaje de Logroño a Zaragoza, me acercaría a ver la ermita (a pesar de que no está precisamente en esa ruta...). Me dije a mí misma: una vez en el coche y volante en mano, 100 km. más o menos no van a ninguna parte. Y soñando con ese paraíso de paz y tranquilidad, me permití bromear durante el camino con la amiga que me acompañaba: ¿te imaginas que la Coca Cola hubiera llegado hasta allí? ¿Y si han instalado un puesto junto a la ermita? (como el que hay en lo alto de Petra, sin ir más lejos). Ni en nuestras peores pesadillas podía suceder semejante despropósito, y precisamente porque eso era imposible, nos llevamos desde casa una mochila llena de refrescos y bocadillos. Peeeroooooooooooo....................... Hay un día al año, sí, uno de entre 365, en el que el cañón pierde toda su magia y misterio, deja de ser un lugar esotérico durante unas horas y es invadido por coches, por tenderetes y por miles de personas que se acercan hasta allí para la romería de... San Bartolomé. Sí, el santo del 24 de agosto. O sea, el domingo pasado precisamente. Poco antes de llegar paramos en un mirador que da sobre el cauce del río. Las vistas eran impresionantes, abarcaban kilómetros y kilómetros, y las águilas (¿o buitres? ¿qué decían los paneles?) volaban majestuosas casi casi a nuestra altura. Nada sospechoso hasta ese momento, sino más bien todo lo contrario: el mirador, aperitivo previo, era una maravilla ¿qué podía esperarnos allí abajo?. Pero nada más tomar el desvío del cañón, nos sorprendió empezar a ver gente, mucha gente, comiendo a la orilla de la carretera. Familias enteras muy bien equipadas (mesas, sillas, fuentes de comida...). Nos asustamos un poco... ¿Domingueros en los alrededores de la ermita? Bueno, pensamos, es que en agosto hay gente por todas partes. Continuamos por la carreterilla, pero cada vez veíamos más y más gente. Aparcamos en la explanada donde habitualmente se dejan los coches, ya que el último tramo suele hacerse a pie (excepto ese día, que era el mundo al revés y se podía pasar motorizado hasta arriba). Mientras subíamos a patita, nos cruzamos con un montón de vehículos. ¡Había más tráfico que en La Castellana! Al bajar del coche habíamos visto un cartelillo con los horarios de la romería, misa, rosario, etc... Eso nos aclaraba muchas cosas, ¡menudo día habíamos ido a elegir! Pero camino de la ermita aún no habíamos perdido del todo la esperanza y pensábamos que si bajaban tantísimos coches, arriba ya no podía quedar nadie. Antes de ver la ermita ya pudimos comprobar que aquel día, el mismísimo rastro se había trasladado hasta allí: tenderetes de ropa, comida, juguetes, bares, el carrito del helado.... Y gente por todas partes. Habían llegado a pie, en coche, a caballo... Por los suelos, en hamacas, metiendo las narices por todas partes. INCREIBLE. ¡Mi gozo en un pozo! En fin, que salimos de allí en cuanto pudimos. Tampoco era plan irse sin ver la ermita y las cuevas, así que fue después de visitarlo todo (y de echarnos una siesta en el prado) cuando pusimos rumbo a Soria. San Saturio, Santo Domingo, San Juan... ¡qué maravilla! El toque frívolo, la casa de los Marichalar. Y justo enfrente, el instituto donde Machado fue profesor. ¡Eso es un instituto y no los cubos de cemento de hoy en día! Un paseo a orillas del Duero al atardecer nos hizo recuperar la paz y el sosiego perdidos en el cañón del río Lobos. Acabo de leer en el Heraldo de Soria (¡casualmente ha caído en mis manos!) que la romería batió record de asistentes. Dan como posible explicación el hecho de que cayera en domingo. ¡En fin! ¿Se puede tener más mala suerte? Lee Más -->
Yo, la verdad, no es que haya visitado muchos. Tampoco soy una entusiasta de este tipo de celebraciones. ¡Tanto pabellón, tanto panel, tantas prisas...! Sí debo reconocer que con motivo de la Expo, la ciudad ha ganado en cuanto a puentes y riberas lo que nadie imaginaba. Personalmente no me disgustaban las orillas de toda la vida, tan verdes, recubiertas de esa vegetación que crecía de modo salvaje (y de basura, todo hay que decirlo), pero una vez vistas las terracitas que han sustituido aquella selva de árboles y hierbajos, creo que hemos mejorado bastante. Pero la Expo gira en torno a un tema, EL AGUA, y yo me pregunto si algún visitante aprende, reflexiona o saca alguna conclusión al respecto. Remojarse no cuenta. Y no será porque no haya contenidos interesantes, pero ¿se para alguien a leer los muchos paneles? ¿quienes asisten a las ponencias de la Tribuna del Agua? ¿qué se debate en el Pabellón de iniciativas ciudadanas? Yo lo que sí veo es gente acumulando más y más bolsas de propaganda y pijadas varias, como quien va a Fitur. Y gente exprimiéndose las neuronas para conseguir los fast pass necesarios para verlo todo en un día (¡misión imposible!). Y largas colas en las máquinas de los fast pass. Y visitantes con los pies a remojo, cosa normal, después de tanto agobio. Y prisas para llegar de un espectáculo a otro... En fin, agotador. Quien ya saturado de paneles desee recrearse con lienzos, tapices y esculturas, puede acercarse al pabellón de la Santa Sede: el Greco, Goya, y una pequeña colección de piezas de arte sacro, siempre con el agua como hilo conductor de la visita. Se lo han puesto fácil esta vez a la Santa Sede, con un tema tan querido por la Iglesia. Marruecos también ha traído, aparte de unas vistosas palmeras, unas bonitas piezas de artesanía procedentes de zonas rurales y relacionadas con el uso del agua. No son muchas, ni falta que hace, porque como digo, esto es una Expoprisa, no un museo. El caso es que hoy, que hacía un calor impresionante, había más gente que nunca. Dicen que por lo del fin de semana largo... El visitante (o la visita) dos millones se ha adelantado unas horas sobre lo previsto. No me extraña: a las 9,30 había unas colas como no se habían visto hasta hoy. Decían que los primeros estaban allí desde las 8 u 8,30. En fin... a mi se me ocurren otros muchos lugares donde ir a gastar mi tiempo. Pero ya lo he dicho antes: no soy aficionada ni a las Expos, ni a los parques temáticos, ni a este tipo de moderneces. Donde esté una catedral gótica, que se quite todo lo demás. Por eso, a los amigos que vienen a ver la Expo los envío a visitar la Seo, la Aljafería, el patio de la Infanta... y de allí sí que salen contentos y satisfechos. Pero volviendo a la Expo, hoy, la cola para conseguir entradas para el pabellón de España (esa donde yo me pegué hora y media hace unos días) daba la vuelta completa al pabellón...¡que ya es decir! porque es uno de los pabellones más grandes. Pero es que hoy estaba todo hasta arriba. Colas por todas partes, músicas que salían de todos los rincones, gente, gente, más gente, caravana del Circo del Sol, sol, sol, más y más soooool. Yo he salido con moreno de albañil, porque ya no sabía donde esconderme. Y después de todo lo que acabo de escribir, la pregunta es ¿qué pintaba yo allí si luego no hago más que quejarme? Pues está claro: había ido a trabajar. Si no, ni por equivocación me pillan el 26 de julio, treinta y no sé cuantos grados, dentro de la Expo. Lee Más -->
La verdad es que los vigilantes de las puertas eran totalmente inflexibles: quien no llevaba el pase necesario, se quedaba fuera. Ni las televisiones, ni los encargados del pabellón de Italia... que pase llevar, llevaban, pero no el correcto. Aquello empezaba a ser surrealista. Por fin, una espontánea empieza a gritar que ahí fuera se está quedando gente culta, que deberían entrar y no les dejan, y que seguro que mañana (o sea, hoy) en la tele se podrán ver los sitios libres. Intento de asalto al recinto. La gente empujando a ver si consiguen saltarse el control de seguridad. La tele que empieza a grabarles y claro, ellos se animan todavía más. Montón de voluntarios (quiero decir afectados, no voluntarios Expo, je, je) para quejarse ante la cámara. Y la señora de antes insiste, que allí hay profesores universitarios, médicos... y otra que le dice que a ver si los que no lo son van a tener menos derecho a entrar. Está claro que se ha quedado fuera más de un melómano, y no van a desistir fácilmente de su empeño. Otro señor no para de pedir el libro de reclamaciones. La situación se lía por momentos. Y precisamente en lo más emocionante... llega mi invitación y tengo que entrar al auditorio. Dentro, efectivamente, quedaban sitios libres. Y no dos ni tres. Más. Sitio para todos. El concierto merecía la pena. "Las cuatro estaciones de Vivaldi" y "Cuatro estaciones porteñas" de Astor Piazzola. ¡Qué buena idea tocarlas juntas y revueltas! Claro que a alguno no se lo ha parecido, porque la gente se iba a mitad de concierto. Bueno, supongo que toda esa gente que se ha escapado, vestida en su mayoría con bermudas y zapatillas, habían ido a la Expo para ver mucho mucho mucho, y con media hora de concierto ya se daban por satisfechos. Y es que las estaciones porteñas no son tan fáciles de oír como las de Vivaldi. Fueron compuestas entre 1964 y 1970, y aparte de ser menos conocidas, suenan por momentos a inconfundible s. XX. La verdad es que, de todo lo que llevo visto en la Expo, lo que más me ha gustado han sido las actuaciones. He aterrizado en conciertos que me han entusiasmado (Antonio Nóbrega, los luthiers recicladores de chatarra...) , pero creo que lo dejaré para mañana. O para pasado... Ahora me caigo de sueño. Lee Más -->
posterior a la aparición de la imprenta, momento en el se empiezan a publicar y distribuir Biblias. Este hecho tendrá numerosas repercusiones, entre otras, el interés que se despierta por el idioma hebreo como herramienta para acceder a la Biblia en su versión original. Y el interés se extiende a otros libros hebreos, que leerán con la misma avidez judíos y cristianos. Gramáticas, diccionarios, editores, censores (¡una ponencia dedicada a Benito Arias Montano!), relaciones con el mundo cristiano, libros cabalísticos, publicaciones de la época... ¡Qué pena no entender ni jota! Pero aún así aprendí un montón. La verdad es que esos primeros días no tuve demasiado tiempo para hacer turismo. Amberes me gustó mucho. Bueno, mas bien el centro histórico, que es por donde me movía: la arquitectura, las callejuelas y plazoletas, las iglesias, los tranvías y las bicis... Y la calle Cogels-Osylei, que no será centro histórico, pero reúne unos edificios del XIX más que interesantes. Aunque a mí, lo que más me impresionó fue ¡la dieta! Desde que aterrizamos, el amigo que me acompañaba (belga) soñaba con comerse una ración de patatas fritas. Tanto interés me tenía intrigada ¿cómo debían de ser esas dichosas "frites"? Un manjar de dioses, según parecía. No tardé en probarlas y formarme mi propia opinión. Nada más levantarnos el primer día para asistir a nuestro curso, su madre nos obsequió con unas tartas caseras. ¡Riquísimas! Una hora de tren y, nada más pisar Amberes, de cabeza a la panadería para comprarnos un par de pasteles cada uno. Yo, seguía el consejo de "allí donde fueres, haz lo que vieres", y en cuanto salimos a la calle nos comimos un pastel detrás de otro. Y pensaba que yo era golosa... Llegó la hora de comer y buscamos un Nº 1, léase "namber wuan", es decir, la mejor cadena de "frites" de Bélgica. Pidió un par de raciones de "frites" (por suerte yo elegí el tamaño pequeño para mí) que acompañamos con unas salchichas. Y fue así y no a la inversa: eran las salchichas las que acompañaban a las patatas. La prueba definitiva la tuve al ver a la gente que pedía las "frites" sin acompañamiento. Y nosotros, que nos olvidamos (o no, que a lo mejor no fue un olvido) hasta de la bebida. Y para rematar, la cadena dibujaba debajo del Nº 1 un cestillo de patatas. ¿Hacen falta más pruebas? Después de probarlas, le pregunté qué diferencia encontraba con las patatas fritas de los burguers, y si no se ofendió fue porque en aquel momento, devorando sus patatitas, era la persona más feliz del mundo. Yo salí un tanto decepcionada, y con la mano oliéndome a fritanga y grasaza, que echaba para atrás. A.provechando las jornadas tuvimos ocasión de visitar el museo Plantin-Moretus. En un antiguo edificio que fue casa de la familia Plantin además de imprenta (una de las más influyentes del renacimiento) se conservan prensas, planchas de impresión, libros raros... Resulta impresionante ver esas máquinas, perfectamente conservadas y relucientes como si las acabaran de utilizar. Coincidimos con un grupo de escolares muy salados. No creo que hubieran cumplido los diez años. Iban como locos de una vitrina a otra, todos con sus kippas y tirabuzones, mientras el maestro, muy serio, traje y sombrero negro, intentaba poner un poco de orden. Y también explicarles algo, porque el museo acogía una exposición sobre las primeras Biblias publicadas, de lo más interesante. Nuestra visita al museo coincidió con un mercadillo callejero muy curioso. Ocupaba toda una plaza y la pinta era de lo más destartalada. En aquel momento tenía lugar una animada subasta, en dialecto local, que atraía la atención de la gente. Cuando pasamos, se pujaba por unas ollas. Y todo esto me recuerda el libro "Reconstruccion" de Antonio Orejudo (ed. Tusquets). Porque si la memoria no me falla, la historia que cuenta comienza en tierras del norte de Europa, en fechas cercanas a las que trataron las conferencias, y también el tema tiene mucho que ver. Un libro que me entusiasmó y que recomiendo aunque no sea estrictamente de viajes. Continuaré con mi visita a tierras belgas... Lee Más -->
;los dientes bien largos. Y si no hay tiempo o dinero para irse al extranjero, la opción es buscar un curso en España. Que los hay muy variados y en ciudades para todos los gustos. Yo acabo de pasar tres días en Toledo, aprovechando que una amiga se matriculó en un curso de la Escuela de Traductores. Nada más llegar, ella se fue a clase y yo llamé a una prima lejana, que se apuntó rápidamente para acompañarme en la visita. A Toledo llegué con dos objetivos claros: comerme un mazapán detrás de otro, y entre bocado y bocado, descubrir el Toledo oculto y esotérico. Sí, porque el Toledo del turista "de un día" ya me lo he recorrido varias veces (siempre que voy a pasar un día), y por muy bonita que sea la visita, en esta ocasión me apetecía descubrir algo nuevo. Ya la última vez que estuve por allí, decidí pasar la tarde entera a la Sinagoga del Tránsito y olvidarme del resto del recorrido para turistas "de un día". Eso sí que fue una buena idea. Por allí desfilaron docenas de turistas mientras yo ni me movía del asiento. Horas contemplando la refinada decoración: techumbre, inscripciones... ¿Quién dijo prisa? Mis planes para este fin de semana eran ver algo nuevo, misterioso y secreto. Bueno, tampoco hay que exagerar, porque si para la visita no cuentas con más documentación que la guía que venden todas las librerías... Está claro que por 15 euros el autor no va a revelarte el escondite del gran tesoro de los templarios ni el emplazamiento de la cueva de Hércules. Al aparecer mi prima hubo cambio de planes, pero reconozco que esto de tener guía particular es una gran suerte. El Toledo esotérico lo dejé para otra ocasión, también nos olvidamos de los monumentos incluidos en la famosa "visita de un día" y encaminamos nuestros pasos hacia otros lugares que ella conocía. Empezamos por los cobertizos, esos anexos a las casas que la gente construía sobre las calles, cuando ya no quedaba más espacio libre dentro de la muralla. No eran tiempos como para vivir fuera de la protección del señor.... Más valía construir por los aires que fuera del recinto amurallado. Mira que habré pasado veces por debajo de construcciones de ese tipo, y siempre pensé que solo lo hacían para que la calle tuviera sombra. En fin... Por lo visto, los cobertizos eran un lugar ideal para los duelos ya que en esos "tuneles" se estaba a salvo de las miradas indiscretas. Las cruces que colgaban y aún cuelgan de sus paredes, podían disuadir a más de uno de batirse en un lugar sagrado. Y es que la Inquisición no se andaba con chiquitas. Se les exigía además, y por cuestiones de higiene, que tuvieran una altura mínima: la de un hombre a caballo que llevara en la mano una lanza en posición vertical... Nos enteramos de que existe un programa de visitas guiadas a monumentos recién restaurados y poco conocidos. ¡Lástima que no quedaban plazas para apuntarse! Continuamos a nuestro aire. En cuanto a las leyendas y los lugares misteriosos, en Toledo el asunto parece no agotarse nunca: la cueva de Hércules, las leyendas de Bécquer, la Casa del diamantista, el hombre de palo... ¡La de veces que habré pasado yo por esa calle y ni fijarme en el nombre! Pues el tal "hombre de palo", según me contaron, era una especie de Pinocho del siglo XVI . Un tal Juanelo Turriano, de profesión ingeniero, construyó ese autómata que recorría arriba y abajo la calle en cuestión para ir a buscar dinero con el que mantener a su amo. Según las diferentes versiones, el muñeco se metía por unos lugares u otros (se cuenta que entraba incluso en la catedral) y podía hacer más o menos gracias (como por ej., reverencias para agradecer las limosnas...). ¿Quién se había creído que los autómatas eran un invento del s. XX? Y para no perder la costumbre, voy a recomendar un libro. Su título no podía ser otro que "Autómata", y el autor es Adolfo García Ortega. Nada menos que 480 páginas, por eso no me había atrevido a recomendarlo antes... pero la Calle del Hombre de Palo me lo ha puesto en bandeja. Es una novela curiosa, en la que se mezclan historias actuales con otras del pasado. Todas tienen en común un viaje por mar: los personajes cruzan el Atlántico en diferentes épocas y recalan en las mismas tierras del Nuevo Mundo, donde sus historias se entrecruzan. Y entre esas historias, la de un autómata encargado por Felipe II en unos tiempos en los que, según parece, esos muñequitos estuvieron de moda. Creo que os gustará. Mañana, sigo con Toledo. Lee Más -->
te;n hay que tratarlas a todas por igual, condición a todas luces imposible de cumplir, así que a buen entendedor... Pero de esos hay pocos, y al que la economía se lo permite, lo intenta. Pues en el pecado llevan la penitencia, que no saben dónde se meten. Abundan los que al llegar a los 40 se buscan una mujer más joven, y alguno se atreverá a justificarlo como un refuerzo para las tareas del hogar. Lo que buscan es una jovencita que no esté ajada como su señora, que lleva ya 10, 15 ó 20 años deslomándose con las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, trabajos que le empiezan a pasar factura y ya no está tan lozana. El caso que yo he conocido más de cerca no se ajustaba a este patrón. La 2ª (que así las bautizaré, la 1ª y la 2ª) no era ni más joven, ni más guapa, ni más inteligente que la 1ª. Solamente era más despampanante. Y un auténtico chorlito, dicho sea de paso. Recuerdo a la 1ª cuidando de los niños, mientras la 2ª venía a verme para hablar de un futuro viaje a Europa con su marido y nadie más de la familia. Nunca pasó de su imaginación. Si en cualquier pareja, tarde o temprano aparecen los conflictos (mando de la tele, llaves del coche, fregote, basura...: temas bobos que pueden llevar a la agresión o el asesinato), a medida que aumentamos los "elementos de discordia" (2ª, 3ª mujer, más los hijos de cada una) las probabilidades de que estalle una guerra familiar aumentan exponencialmente. Ya os lo avisó el Profeta. Las intrigas dentro de una familia polígama, el reparto de poder y las luchas entre mujeres, no pueden diferir mucho de lo que se cuece ahora mismo dentro del PP (por poner un ejemplo de actualidad y así entendernos). Y eso sin hablar de los harenes de los sultanes... Lo que está claro es que al final siempre hay lío: familias que se reparten la casa (cada planta para una mujer y su prole), hijos que deben pirarse porque la madrastra los tiene enfilados (¡voy a cocinar yo para un vago veinteañero parado y que no busca trabajo!), etc., etc. A cada cual le toca su historia. En el caso de mis amigos fue la 1ª quien ganó la partida. Consiguió, no sé muy bien con qué artes, que el marido se divorciara de la 2ª al poco tiempo. Lo malo fue que ¡a punto estuvo el pobre durante el proceso del divorcio de que lo desplumara la ex! Lo dicho: en el pecado, la penitencia. Lee Más -->
de hacerse la foto, ¿cómo hubiera reaccionado? Con horror, adivino. Pero centrándonos en lo práctico ¿retirándose de la foto? (¡vaya feo! ¿no?), ¿dándoles el teléfono del Ministerio de Igualdad? ¿evangelizando a las esposas según las tendencias que soplan ahora por España? Pero ¡cuidado!, que antes de empezar a sermonear, debatir o conversar, hay que asegurarse de que todos hablamos el mismo "idioma". Y además, que no me creo que con todo el abanico de familias "no tradicionales" que recoge la ley en España, le vaya a producir horror a la Viceministra una familia polígama. Así que me parece muy feo salir ahora con que está horrorizada, como si ellos fueran unos monstruos. Y supongo que el horror se lo produce la situación de ciudadanas B (o epsilon) de estas mujeres, pero a mi se me ocurren otros muchos aspectos de su vida que serán bastante más horribles que el hecho de compartir marido. No sé si estarán más o menos conformes con ese tema, pero me apuesto lo que sea a que si les preguntamos por sus reivindicaciones más urgentes serían del tipo: agua, medicamentos, escuelas, transportes... ¿Prefiere Vd. un grifo de agua potable en su casa o un marido para Vd. sola? Porque eso sí que es horrible, tener que andar cada día 5, 10, 20 km. para traer agua a casa. Yo, que no soy esclava de lo políticamente correcto, puedo confesar que tengo un montón de fotos con un amigo polígamo y toda su familia. Bueno, reconozco que en ninguna de mis fotos aparecen las dos mujeres a la vez. Je, je. Claro que él ni siquiera ha conseguido que vivan bajo el mismo techo... De todas formas, se me está ocurriendo que si se presentara en su casa una vicepresidenta, a lo mejor enterraban un ratito el hacha de guerra y posaban todos juntos para los periódicos. Pero para horror, horror, horror auténtico... lo que vi en un documental de los de mediodía. Creo que andaba el periodista por un valle de Nepal y explicaba que existía allí una costumbre que consiguió espantarme (la prueba es que pasa el tiempo y no se me olvida). El asunto era que para no trocear las propiedades familiares por culpa de herencias y repartos, todos los hermanos se casaban con la misma mujer. Un conjunto de normas regían tan extraña situación (se procreaba por turno...). La pobre desgraciada del documental tenía ¡cuatro! maridos. Eso sí, solo una suegra. Pero seguro que de los cuatro, siempre hay por lo menos uno cabreado. Porque encima, con tanta gente en casa tienen que saltar chispas por cualquier tontería. Como es un poco tarde y además ya paso de las 250 palabras necesarias para entrar en el sorteo, dejo para mañana mis impresiones sobre el día a día de las familias polígamas. Impresiones basadas en lo que he visto con mis propios ojitos. Buenas noches. Lee Más -->
;Alguna estampita, si te acuerdas". Y lo apunté en la lista de los encargos. Si yo pregunto no es para quedar bien, sino para esforzarme en traer lo que me piden. Así que una vez allí, empecé a entrar en todas la iglesias que encontraba en mi camino. También en las tiendas religiosas de los alrededores, que son mucho más interesantes (no desde el punto de vista artístico, pero sí puestos a buscar curiosidades y rarezas). Y me he aficionado a visitarlas hasta el punto de que seguiría entrando aunque nadie me encargara nada. Esos localitos son una mina, con sus velas, talismanes, sahumerios, encantamientos... Y las estampas de los santos: desconocidos como San Cono o tremendos como San la Muerte, a quien se elevan unas plegarias que parecen amenazas de la Cosa Nostra. ¡Da miedo el santo en cuestión...! El mercado de la estampita es un pozo de sorpresas. En algunos países solo se encuentran los modelos globalizados: ¡ojo!, no compres la misma que el año pasado, porque aunque estabas a 10.000 km. de distancia vendían exactamente la misma. Otras veces me luzco con los muy extraños santos árabes, que la gente tiende a pensar que no existen pero... ¡hay árabes de religión cristiana y también tienen sus estampitas! El archifamoso San M arón de Líbano, por ejemplo. Y ahora que pienso... ¿cómo he podido tardar tanto tiempo en darme cuenta?: ¡es EL precisamente quien da nombre a los maronitas! Sí que marcaron un hito las estampas con objetitos tridimensionales pegados, como pueden ser unos panecillos o lechuguitas tamaño pulga (para que no falte la comida). O la típica estampa que esconde otra imagen distinta que solo aparece al girarla: San Cristóbal da paso a los medios de transporte que protege, el Sagrado Corazón aparece y desaparece en el pecho de la Virgen... Y ese alarde técnico de las imágenes que se alternan (¿tiene algún nombre?) me recuerda a un "souvenir" que compré en Irán... Iba paseando tan tranquila cuando me pareció ver un plato de plástico horroroso con la imagen de un barbudo en un escaparate. Me paré a ver aquello. La sorpresa fue que al echar a andar de nuevo, el tipo desapareció del plato cediendo su puesto a otro barbudo igual de feo, pero con gafas. Eso sí, cada uno con sus correspondientes flores y frasecita, que también se alternaban al girar el plato. Compré media docena porque, aunque nadie me los había encargado, aquello me pareció la bomba. Pero volviendo a los encargos, las más temibles son las amigas del dulce. Ir a Siria significa volver cargada con cajas y cajas de chocolate de la célebre bombonería damascena El Graoui. Alguna amigota hasta exige su especialidad preferida, los bombones de pistacho, pero tiene toda la razón del mundo porque en España yo no he probado nada parecido. El verdadero problema es la gran cantidad de gente que conoce ya los bombones: una lista de casi 20 personas esperándolos, supone volver a España como un burro de carga. Porque encima, si les traes otro regalo, casi protestan. Lo que no impide que haya que cargar, además, con infinidad de especias, café con cardamomo, jabones de Alepo... Y los coleccionistas, otros que no tienen límite: monedas, billetes, sellos, latas de bebida, posavasos, lápices, mecheros, piedras, arena... Al final, algunos viajes son como una ginkana. La lista de encargos es larga como un listín telefónico y si con el paso de los días no mengua, el asunto se pone feo. Y a veces mira que es difícil encontrar según que cosas. A mi me han llegado a pedir hasta ¡pepitas de oro! Eso sí, solo si las veía, no hacía falta que me matara a buscar. No las conseguí, como tampoco pude encontrar en Damasco un matraz de alquimista, a pesar de llevar dibujado en un papel un boceto del modelo en cuestión. Lo que no sabe nadie es lo mucho que curioseé en las tiendas de antigüedades con esa excusa, je, je. Sí he traído por encargo montones de objetos más fáciles de encontrar como narguiles, mantas, chilabas, pulseras, telas, cuadros, un traje de danza oriental, teteras, babuchas... ¡como si aquí no vendieran! Pero si solo hay que ir al "Todo a 100 Ali Baba" para encontrar lo mismo, e incluso más barato que en origen. Y después de tantas quejas, debo reconocer que los caprichos más difíciles de encontrar ¡son los míos! Las vueltas que le hice dar a un taxista por El Cairo buscando "libros de cuentos bonitos". Aunque parezca increíble, en la mismísima capital de Egipto, nos recorrimos un montón de librerías sin encontrar nada. Al final, veía al pobre hombre tan harto que, cuando me sentó en una terraza de su barrio para invitarme a un té, yo sufría pensando que me había colocado allí, en exposición, para ver si algún terrorista se animaba a matarme. Por pesada e impertinente... Pero resultó ser todo lo contrario. Cuando me dejó en el hotel, estaba empeñado en traerme a la mañana siguiente algunos cuentos de sus hijos, para ver si me gustaban más que los que había comprado. Amabilidad oriental. Y termino con uno de los encargos más raros que me han hecho nunca. Una tía lejana me pidió que, aprovechando un viaje a la Habana, intentará localizar a un amigo de la familia que desapareció allí en tiempos de la revolución. Un día dejaron de tener noticias, como si se lo hubiera tragado la tierra. Esta persona se fue a Cuba en los 50 para vender imágenes religiosas (a eso se le llama ser oportuno), y mi tía solo conservaba una dirección. Allí que me presenté. Lo que en tiempos fue un convento, se había convertido en Casa del pueblo, y preguntando preguntando, di con alguien que se acordaba de él. ¡Vaya historia! Por lo visto a ese convento fueron a refugiarse unos asesinos huyendo de la justicia. Cuando consiguieron trincarlos, el convento dejo de serlo y los que por allí pululaban tuvieron que multiplicarse por cero, como hizo nuestro amigo. Misión cumplida... a medias, porque mi tía siempre confió en que localizara a esta persona, y eso resultó imposible. En fin... Los encargos de los amigos, ¡otra forma de conocer un país! Lee Más -->
n las orejas esos tapones que reparten, porque te va a dar exactamente lo mismo: lo único que dejas de oír es lo que te dicen los compañeros, así que aún es peor que no llevarlos. ¡Con lo bonito que es mimar a los que van a nacer, envolviéndolos con música de Mozart y Beethoven! Parece ser que un ambiente armonioso relaja a las criaturitas..., y aunque algunos piensan que es una tontería, yo lo tengo muy claro: el ruido de un Hércules deja estresado para toda la semana a cualquiera y de cualquier edad, incluidos los que aún no tienen edad. Por lo demás, comodidades, cero. Es como viajar en la bodega de un avión, con el equipaje amontonado junto a ti, sin ventanillas, y para colmo, sentarse es casi un milagro. A los bancos de lona sujeta en tubos metálicos se les puede llamar asientos porque se pone el trasero encima, pero cualquier parecido con una butaca... hay que imaginarlo. Supongo que cuando viaje un ministro/a, los acondicionarán un poquito más... ¡Ah!, y le habrán montado una letrina portátil, porque de serie no llevan ni un miserable WC. Los Hércules son un castigo desde el punto de vista de la comodidad, pero se trata de aviones muy seguros y claro, según a dónde vayas, eso es muy interesante. Vamos, que te olvidas de las comodidades sin rechistar... Y si es absolutamente imprescindible viajar en Hércules, se viaja (yo, como la ministra, lo hice para ganarme el sueldo), pero personalmente hago todo lo posible para que no sea imprescindible. De momento lo estoy consiguiendo ¡solo he subido una vez! Una que son dos, ida y vuelta, porque para volar a Afganistán, te pongas como te pongas, entras y sales en Hércules. ¡Casualidad!, mi viaje también fue con destino a Afganistán, como el de la ministra. Y tan relámpago como el suyo, o más. No sé si pasé 4 ó 5 horas allí, de las cuales, dos las perdimos esperando un permiso en el aeropuerto. Puedo decir que a pesar de haber ido a Kabul, no pisé Kabul. Lo crucé en autobús y tuve que conformarme con mirar desde la ventanilla. Mujeres con burkas (que no llegaban hasta los pies como yo había imaginado), casas de barro medio destruidas... Como aquello no era un tour turístico ni nos acercamos al centro, solo cruzamos los barrios que se encontraban camino de la base. Y una vez dentro del recinto militar, no pude despegarme del armario encargado de vigilarme a sol y a sombra. Tipo amable, pero con su inglés americano, no cruzamos ni dos palabras. ¿Qué pintaba yo en Afganistán? Pues por ser la única del departamento con el pasaporte en regla aquel día (eso me aseguró mi jefe) me tocó ir a un viaje (relámpago, insisto) para llevar vinos y turrones a las tropas españolas que pasaban allí la Navidad. Una noche en Boeing hasta Kirguistán, donde paseamos por sus muy "soviéticas" avenidas, amplias y rectas, y en aquellas fechas, cubiertas de un manto de nieve inmaculado. Desde allí hasta Kabul, 2 ó 3 horas de Hércules. O a lo mejor no tantas, pero a mí el trayecto se me hizo eterno. Y quizás cuando lo cuente dentro de 10 años esté convencida de que duró 6 ó 7 horas, porque los malos recuerdos engordan inevitablemente con el paso del tiempo. Lo mejor del viaje, sin duda, fue cuando me invitaron a pasar a la cabina del piloto. Sobrevolábamos las montañas del Pamir y el espectáculo era impresionante. Vamos, que ni siquiera intentaré describirlo... Dejémoslo en que es una imagen que no olvidaré mientras viva, y por supuesto, cambié inmediatamente de opinión sobre aquel viaje en Hércules, ¡había merecido la pena subirse a la batidora! A ratos, conectaba mi supervisión de rayos X para observar el interior de la cordillera. Una red de túneles que horadaban las montañas protegía del enemigo a los miles de talibanes que circulaban por su interior. ¡Eso sí que era una actividad febril y no la de los hormigueros! Barbudos y con sus inseparables armas, se arrastraban de un sitio para otro siempre conspirando contra el Bien. Finalmente dejé de hacer el indio, olvidé mis superpoderes (¡qué poco cuesta ver lo que nos han contado de antemano durante meses!) y me concentré en el paisaje. Todo esto me recuerda la frase de un amigo mío que decía "el que es bueno para la sociedad no es bueno para su familia". Y citaba a Jesús, Buda... Del mismo modo que la ejemplar actuación de la ministra, demostrando que una embarazada no es una enferma y un embarazo no es impedimento para desarrollar la vida laboral con normalidad, también le pasa factura al futuro Miquel, que sin comerlo ni beberlo, debe de tener ahora mismo un dolor de cabeza MONSTRUOSO. En fin, efectos colaterales. Por cierto, ¡lo que me hubiera gustado ver la cara de los soldados al encontrarse con la nueva ministra! Por no decir la cara de algunos afganos, que debían de estar A BO-LOS. Y claro, tan relámpago fue mi viaje, que no me sellaron el pasaporte. Explicaciones a la vuelta, tampoco pude dar muchas (¿de qué?). No traje recuerdos ni me hice fotos. Tampoco aparecí en la prensa... En esas condiciones, no es extraño que algunos amigos se nieguen a creer que yo estuve en el Afganistán de los talibanes. Lee Más -->
las noticias sobre el Gran Premio de motociclismo que se celebra allí. ¡Estoril! ¡Allí estuvimos nosotros! voceamos todos más fuerte que el presentador. Y entonces tuve ocasión comprobar lo que recordaba cada uno de aquella ciudad: Para mi madre, el momento cumbre de la visita fue la comida, o más bien, el momento de pagar la cuenta. Nos habíamos sentado en una terracita monísima, muy tranquila y bañada por el sol: ¡perfecta! Os la recomendaría si no fuese porque nos intentaron estafar... como a todos los demás clientes. Nada del otro mundo, exactamente lo mismo que hacemos aquí con los guiris, pero como fue mi madre quien se percató del engaño, siempre disfruta refrescándonos la memoria. Mientras nosotros comíamos los de la mesa contigua pidieron la cuenta y, al verla, no les gustó nada. Quejas. Los problemas con el idioma no les impedían hacer patente su cabreo, que era mayúsculo. El camarero iba y venía con el papelote, una nueva corrección cada vez, pero los de al lado seguía sin estar conformes. Finalmente pagaron pero después de semejante función, nosotros ya estábamos sobre aviso. Así que cuando llegó la nuestra, mi madre decidió repasarla al detalle (30 años corrigiendo sumas y restas de los alumnos, no estaba dispuesta a dejarles pasar ni una). ¡Y qué salados los del restaurante! Debieron de tomarnos por japoneses despistados, porque el papel estaba lleno de garabatos absolutamente ilegibles, y para rematar, cuando les preguntamos cuánto era el total, el camarero "leyó" una cantidad que no la paga un español si no le amenazan con una recortada. Le pedimos que nos descifrara todo el jeroglífico. A ver, ¿de dónde salía semejante resultado? Después de retocar la cuenta un montón de veces, pagamos. Eso sí, precio de vecinos. Y un tanto que se apuntó mi madre. Yo no había olvidado aquella anécdota, pero para mí, Estoril = casino. El resto de la ciudad se borró de mi mente, porque si algo me impresionó allí fue el casino, el casino, y nada más que EL CASINO. La verdad es que yo nunca había entrado en ninguno, pero para eso se viaja ¿no?, para conocer mundo y ver nuevos lugares. Unos días, casi siempre, toca arte y cultura (las iglesias, museos y monumentos), pero de vez en cuando les llega el turno a los antros de pecado y perdición. Yo antes criticaba a los compañeros de viaje que se metían en los grandes almacenes, ¡jo, qué tarugos!, pero he cambiado de opinión. Evidentemente, no es cuestión de irse todas las tardes de compras, o de perderse las Pirámides por visitar el Benetton del Cairo, pero hay que encontrar un hueco para darse una vuelta por esos lugares. La realidad del país está allí y no tanto en los muy pintorescos zocos, donde solo se venden souvenirs para turistas. ¿Son los modelitos iguales que en España o les añaden puntillas? ¿Coinciden las tallas? ¿Van a comprar en familia? ¿Regatean en los grandes almacenes? ¿Pagan al contado o con tarjeta?... Porque no todo va a ser fotografiar piedras, también habrá que enterarse de quién vive por allí ¿no? ¡La de cosas que averigüé yo en una minúscula tienda de "lencería" de la parte vieja de Sana´a (Yemen)! Antes de comprar unos pañuelos, hicimos que el dependiente nos enseñara las medias, pantys, pijamas, y todo lo que pillamos por allí: muy, pero que muy instructivo. Vamos, que ni leyendo todas las guías que se pueden comprar se entera una de tantas curiosidades. Je, je. Yo ya me imaginaba que en Estoril no íbamos a encontrar el glamour de Ocean´s Eleven y las grandes superproducciones de Hollywood, pero aunque mis expectativas no apuntaban tan alto, ¡qué cutre y hortera me pareció todo! Esa fachada principal, con la entrada llena de ¿luces? ¿tubos? ¿superficies metálicas? Por lo menos, veinte años pasado de moda. Llegamos demasiado pronto y encontramos el casino cerrado, pero algunas personas ya estaban esperando fuera. Cero en glamour: eran de lo más corriente. Los mismos tipos que viajan con nosotros en el autobús, que suben en el ascensor de casa o que compran en el supermercado. Gente con su familia, su hipoteca..., que más les valdría pasar la tarde tomando un café con los amigos, en lugar de gastarse el dinero en esas máquinas insaciables. Nada más abrir, vimos como todos nos adelantaban a paso rápido y se dirigían a las tragaperras. ¿Por qué tanta prisa, si había para todos? Nadie se entretuvo por el camino, nadie hablaba con nadie... Parecían autómatas, todos programados para empezar a jugar cuanto antes. Daba un poquito de miedo. Y también pena. ¡Desperdiciar así la hora de la siesta o del culebrón! Por no hablar del dinero... Antes de salir nos dimos una vuelta: maquinetas por doquier, pantallas incrustadas en la barra del bar para no interrumpir el juego ni un segundo... En fin ¡todo lo necesario para convertirse en ludópata! Como ya habíamos visto suficiente, dimos por finalizada la visita. ¿Y el paseo marítimo? Internet nos refresca la memoria y, al ver la foto de un torreón junto a la playa, recordamos haber paseado por ese mismo lugar. Me había olvidado completamente de esa imagen tan característica. En el fondo, normal... porque playas he pisado muchas, pero espectáculos tan patéticos como el del casino, eso no se ve todos los días. Por suerte. Si cuando a mí me dan escalofríos al oír hablar de Gran Scala, por algo será... Lee Más -->
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