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O LO QUE TE PUEDE OCURRIR SI MIENTES PARA IRTE DE VIAJE. O lo que me sucedió a mí, durante una estancia "de incógnito" en Harar. Penúltimo viaje en el que se me ocurrió mentir (más bien ocultar información), porque me di cuenta de cómo pueden complicarse las cosas en cuestión de minutos. Aquel año, recién leído el libro "Símbolo y señal&
quot;, que descubre el paradero del Arca de la Alianza, me había preparado yo un estupendo viaje a Etiopia para comprobar la veracidad de esas informaciones. Pocos días antes de salir, la agencia escribió para decirme que había unos "pequeños cambios"en el itinerario. Desaparecía Harar porque de repente era peligrosa (¡Harar!, la ciudad de las 99 mezquitas que yo esperaba ver sin dejarme una), y también Axum (donde se hallaría el Arca, si no miente o se equivoca G. Hancock, autor del libro). A cambio, tres días de acampada en un impresionante parque natural a no-sé-cuantos-mil metros de altura. Estupendo, porque uno de mis criterios para seleccionar viajes es que se eliminan todos los que incluyen acampadas. ¿Qué podía hacer yo? Nada. Aprender a montar tiendas de campaña... o dormir al raso. Pero no todo iba a salirme al revés, y como disponía de unos días libres al finalizar el viaje organizado, decidí invertirlos en ir... a Harar, por supuesto. ¿Por qué? Axum debe de ser muy interesante, pero no se puede ver el Arca, y está claro que mucho menos aún, robarla (como demuestra el hecho de que no lo han hecho otros antes...). El único problemilla era que el resto de compañeros de viaje volvieron a España, y en aquellos mis días libres, me quedé yo sola en medio de Africa. De Addis Abeba a Dire Dawa es posible ir en tren, y todas las guías coinciden en que se disfruta de un paisaje realmente hermoso. Otra opción (la mía) es ir en avión y no ver nada. Una vez allí, el trayecto hasta Harar se hace en unas furgonetas colectivas que salen en cuanto se llenan. Poco me costó conseguir una plaza, e inmediatamente el cobrador me instaló junto a la ventanilla. Al empezar el viaje esta era mi situación: en el asiento de atrás tenía a un tipo cabreado porque no le habían dejado sentar al lado de la turista, y para rematar, con una hoz en la mano. Y afilada. A mis pies, una maleta con la tarjeta de la dirección colgando a la vista de todo el mundo: de Israel, precisamente. En un país que la mitad de la población es cristiana, hay animistas, rastafaris..., me pasa eso camino de la 4ª ciudad santa del Islam. ¡Vaya casualidad! Los dueños de la maleta eran una parejita joven, ella con aspecto de etíope y él no. El trayecto era largo y me entretuve imaginando que ella era una falasha, que su familia emigró a Israel en la Operación Moisés o Salomón, y que ahora volvía con su novio para conocer su país de origen. Llegamos a Harar, y como no tenía habitación reservada, me dejaron en el primer hotel que encontramos. Estaba a la entrada de la ciudad, era grande y de propiedad estatal, o sea, destartalado, de pasillos amplio y mobiliario espartano. Tenía un jardín con vistas a la carretera, y al atardecer, el desfile de personas y animales que pasaban por allí (todos a pie) era de lo más variado. Por suerte, conseguí quedarme la última habitación libre. Como yo además de importar ideas cuando vuelvo de un viaje, también exporto otras cuando salgo por ahí, dediqué la tarde a echarme la siesta. Antes hice un recorrido rápido por la ciudad (sin esperarlo, un guía se ofreció a acompañarme mientras comían sus turistas italianos), y dejé además un mensaje en el contestador de unos amigos de Madrid, informándoles de dónde estaba. Como no entendieron nada, lo borraron después de oírlo un par de veces, y yo me quedé (sin saberlo) aislada en el fin del mundo. Nadie conocía mi paradero. Pequeño detalle que yo desconocía. Je, je. A media siesta empecé a oír ruidos extraños y cada vez más fuertes, que sin duda procedían de la habitación del vecino. Yo intentaba dormir, pero llegó un punto en que parecía que el vecino se hubiera pasado a mi cuarto de baño para seguir haciendo ruidos y amargarme la siesta. No me quedó otro remedio que ir a mirar. ¡¡¡¡¡¡¡AAAAGGGGGGGHHHHHHHHHHH!!!!!!! Abro la puerta del baño y casi me ahogo. Está completamente lleno de humo, y al fondo saltan chispas de todos los colores. Y gracias a esos fuegos artificiales puedo ver los cables renegridos que cuelgan del calentador. Sin duda, ahí está el origen de todo el desastre. Con el susto en el cuerpo, salgo disparada a pedir ayuda y me encuentro en las escaleras con un encargado. Le explico, alarmada, que "room problems problems y más problems". El tipo me acompaña a ver lo que pasa. Se asoma al cuarto de baño y no se inmuta. Sale, vuelve con una escoba y la emprende a escobazos con los dichosos cables colgantes. Cuando dejan de salir chispas, me mira con cara de "aquí no pasa nada". Pues yo no comparto esa opinión. Harto de mí, coloca una silla en el otro lado del pasillo y me hace sentar allí. Le veo trastear, y cuando ya da por finalizado su trabajo, me invita a pasar. Yo le digo que eso sigue siendo un peligro, pero él me asegura que no: abre el grifo y pone el dedo debajo mientras sonríe. ¿Pretende demostrarme que no hay riesgo de electrocutase o que el agua sale a muy buena temperatura? Da igual, decido no lavarme ni ducharme. Los cables siguen por los aires y el plato de la ducha parece un vertedero, todo lleno de cenizas. Protesto una vez más, así que se va y al poco reaparece con un bote de spray para rociar la habitación: es ambientador mentolado. Entre el humo y el olor a menta consigue que no se pueda ni respirar, y entonces se vuelve hacia mí seguro de que no tengo nada más que objetar. Por gestos me indica que el nuevo olor es una delicia y espera mi aprobación. Si piensa que voy a felicitarle... Muy a disgusto, pero está claro que dormiré allí. Así que empiezo con mis preparativos: la cama junto a la ventana, la ventana abierta de par en par, mantas y ropas para abrigarme durante la noche, porque será como dormir a la intemperie. Pero aunque me muera de frío, en caso de cortocircuito y posterior incendio, al menos respiraré aire de la calle. Y después de tantas precauciones, ya solo queda encomendarse a la Virgen para que el temido cortocircuito no ocurra. Cuando de vuelta a España me enteré de que nadie conocía mi paradero, me alegré doblemente de no haber perecido en un incendio. Primero, porque a nadie le apetece morirse, y segundo, por el disgusto "extra" que se había evitado mi familia. Hija perdida, búscala... pero ¿y ésta qué hacía allí? No salí suficientemente escarmentada de este penúltimo viaje "mentiroso" que aún hubo un último. En ese ya por fin me convencí de que, además de imprudente o peligroso (como aprendí en Harar) puede resultar muy agobiante. Esta vez, mi mentirijilla se complicó hasta el infinito, poniendo a prueba mi capacidad de inventar e improvisar explicaciones. Acabé agotada. Ya de vuelta a casa me dije: para vivir guiones de enredo, la butaca del cine y ración de palomitas.
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