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De los Apeninos a los Andes. Casi, casi... Esta vez, mi destino era el mismo que el del pobre marcos, que con tan solo trece años, se embarcó rumbo a América en busca de su madre. Y aunque es evidente que ahí se terminaban las similitudes entre su viaje y el mío, lo cierto es que desde siempre, marcos y Buenos Aires han estado para mí, indisolublemente unidos. De entre todos los niños virtuosos y ejemplares que protagonizaban los c
uentos mensuales de "Corazón", marcos, el pequeño héroe del mes de mayo (¡hay que ver hacia donde derivó el asunto de los chicos-mes al meterse por medio Playboy!), era el que inspiraba auténtica compasión. Su historia, llena de desgracias y penurias, se extendía durante páginas y páginas, mientras el pobrecillo recorría media Argentina. Un dramón. Eran otros tiempos, y la situación económica de Argentina la convertía en el destino soñado por los emigrantes europeos. Pero incluso ahora, a pesar de la crisis, siguen llegando personas de países cercanos en los que el futuro es todavía más negro (me comentaban allí, que la mayoría de los que cada noche recogen cartones en los contenedores de basura, son extranjeros). Y con todo lo viejo que es el cuento, la historia de la madre de marcos, que deja a su familia en Italia para buscar trabajo como empleada del hogar en un país lejano, está cada día de mayor actualidad. Otros protagonistas y otros escenarios, pero el argumento no varía. Conozco pocas familias inmigrantes establecidas en España, pero de esas pocas, en la mayor parte de los casos fue la mujer la que llegó aquí en primer lugar e hizo posible que el resto de la familia se trasladara, meses o años después, para reunirse con ella. Rumanas, marroquíes... vinieron de avanzadilla a un país desconocido, suponiendo (con razón) que el servicio doméstico les ofrecería unas oportunidades de empleo a las que sus maridos nunca podrían acceder. Y aunque han pasado muchos años, me viene a la memoria cierto viaje en avión que nunca he olvidado. Al hacer escala en no recuerdo qué país del Golfo Pérsico, embarcaron en el avión multitud de chiquillas, muy jovencitas y visiblemente contentas. Trabajaban allí como empleadas del hogar, y su mes de vacaciones acababa de dar comienzo. El avión se dirigía a Sri Lanka, donde todas pensábamos pasar unas vacaciones estupendas, yo con mi viaje organizado, y ellas en su casita. Tres semanas más tarde: vuelo de regreso a España con escala en el mismo aeropuerto. En Colombo embarcaron nuevamente un montón de jóvenes, que no serían las de la otra vez, pero sus historias no diferían lo más mínimo. Ese día fue el de las lágrimas, los lloros, las despedidas. Un contraste, comparando con el viaje anterior, que encogía el corazón. El final de las vacaciones: para mí la vuelta a casa, para ellas la vuelta a casa de sus "empleadores". No sé por qué me da que lo de trabajar de chacha en un país de nuevos ricos... no es ninguna suerte. Vamos, ¡que si no fuera por el sueldo! Muy de vez en cuando, saltan a la prensa historias protagonizadas por alguna de estas chicas. Y mientras aquí en España leo esos casos en el periódico, recuerdo aquellos lloros amargos..., que ahora se me antojan mucho más justificados. El próximo día vuelvo a Buenos Aires y sus excursiones.
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