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Si las dos primeras veces que viajas al extranjero vuelves con regalos para todos, estás condenado a seguir trayéndolos el resto de tu vida. Prepara tiempo y dinero, deja un hueco en la maleta, y no olvides a nadie en la lista de compromisos. Cuando alguien me pregunta a mí lo que quiero que me traiga de un viaje, suelo ponérselo fácil pidiendo papel de cartas del país. Ni ocupa, ni pesa, ni estorba, y encima es útil.<
/p> El colorido, los motivos y las cenefas que adornan el papel de la India, lo convierten en un regalo muy vistoso. Resulta inconfundiblemente indio, a pesar de que serán pocos los indios que lo utilicen. Papel con escenas tribales pintadas a mano procedente de Africa, troquelados con motivos de montaña (pisada de oso...) de Canadá, con diseños vikingos de Noruega, o celtas de Escocia... La lista es interminable. Y solo nombro los que han caído en mis manos. Pero los regalos envenenados no los traen los amigos, por mucho que metan la pata. Los auténticos regalos envenenados son esos que nos caen del cielo sin haberlos pedido. A veces no está muy claro ni de quién (o dónde) proceden, y desde luego, el regalo nunca está completo: avión sin hotel, habitación de hotel con solo desayuno, fin de semana en la playa incluyendo reunión informativa de obligada asistencia... A mí nunca me toca nada. Solo una vez, me regalaron un trayecto en avión. Aquel verano, las líneas aéreas yemeníes regalaban un vuelo interior al comprar billetes de ida y vuelta entre España y Yemen. Ingenua de mí, boté de alegría. Viajaba con una amiga y elegimos Aden, ciudad costera al sur del país, que nos quedó sin visitar en un viaje anterior. Pero solo regalaban el trayecto de ida: veneno puro. Llegado el día, pusimos rumbo a Aden. Aterrizamos temprano y el calor ya era insoportable. Nuestro primer refugio fue el museo, pero llega un momento en que, por muchos ventiladores que tenga, se debe dar por finalizada la visita. De allí al puerto. Quizás fuimos buscando la brisa marina, pero al calor terrorífico se le unía un olor insoportable a pescado descompuesto, que nos obligaron a salir pitando. Nos metimos en un garito con ventiladores, junto a la casa de Rimbaud (que también anduvo trapicheando por esta zona), y en el reservado "solo mujeres" nos bebimos varios zumos de mango antes de animarnos a volver a la calle. En un taxi (sin aire acondicionado) fuimos a visitar unas antiguas cisternas, impresionantes por sus dimensiones, y después a ver el mar. Fin de la excursión. Pero claro, volver en avión a Sana´a costaba un dineral (precio invariable a pesar de que nos recorrimos todas las oficinas). ¡Vaya gracia con el regalito! Recurrimos al autobús aunque no era lo previsto, pero para nuestra desesperación, en la taquilla nos dijeron que no había plazas libres hasta el día siguiente. Mentira: nos quedamos a comprobarlo y sobraban un montón. Conseguimos colarnos, (no éramos las únicas con la misma intención), gracias a la ayuda de un espontáneo que nos dejó pasar delante de él. Y por fin conseguimos escapar de aquel infierno que era Aden en el mes de julio. Era mediodía, así que nos tocaba viajar por la tarde... Yemen, por la tarde... Je, je. El viaje de vuelta fue alucinante. Coincidió con la hora del QAT, y que nadie lo dude, todos los viajeros iban provistos de su bolsa de hojas verdes recién compradas. ¡Hala! A mascar. El viaje era largo y no había prisa. En realidad, a la hora del qat, en Yemen nunca hay prisa, porque el qat es prioritario frente a cualquier otra actividad, incluido el trabajo. Si en su vida cotidiana dejan de lado cualquier obligación para mascarlo, allí que no tenían otra cosa que hacer...¡no pararon! Las mejillas (una por persona) se fueron hinchando a medida que pasaba el tiempo, hasta alcanzar el tamaño de pelotas de ping pong. No se veía un solo cm2 del suelo del pasillo, que quedó totalmente cubierto por una capa de ramas y hojas, y aunque a mí me impresionó, supongo que no era un hecho excepcional sino todo lo contrario: ese debía de ser su aspecto a diario. Y me pregunto, en los vuelos interiores de Yemen ¿acaba el pasillo del avión como el del autobús si vuela por la tarde? No pagué, no volé. No volé, no lo sé. Bueno, me he quejado mucho, pero la verdad es que pasamos un buen día. Y gracias a los altos precios de Yemenia, nuestro viaje de vuelta fue de los que no se olvidan... Aunque tampoco olvidaremos que cuando un desconocido te regala un viaje: ¡precaución! Engaño a la vista.
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