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Cierro mi semana particular de Africa con una apreciación bastante subjetiva. Lo que voy a contar no pretende sentar cátedra sobre la realidad africana, ni convencer a nadie de nada, esto no es un estudio sociológico. Simplemente estoy en MY blog, así que escribo sobre MY travels, MY opinions y MY experiences. Y es que estando en Africa, solo en Africa negra y en ningún otro lugar del globo, la forma de comportarse algun
as personas conmigo y el trato recibido en ocasiones (insisto que es algo muy subjetivo) me han hecho sentir más cerca de los tiempos del "sí, bwuana" que en ese final del s.XX que marcaba el calendario (gregoriano, claro). Nunca lo he comentado con otras personas para ver si coincidían, pero aprovecho ahora: "ehhh, los del otro lado de la pantalla ¿alguien ha tenido la misma impresión?" Aunque es una sensación pasajera, parece que a mí se me quedó grabada y reclama su derecho a aparecer en My Blog. Recuerdo situaciones en las que el asunto llegó a extremos de esperpento: Malí, viaje organizado. Cuatro turistas españoles con un guía también español. Llegó un momento en el que la mitad continuábamos hacia Tombuctú, y el resto debían regresar a España. Fue gracioso, pero nada más dividirse el grupo y perder de vista al guía blanco (que acompañó a los del aeropuerto), desapareció no se sabe qué clase de urna protectora que nos envolvía: las situaciones alocadas se sucedieron una tras otra, y Africa se convirtió en la "merienda de negros" que retrató Waugh en su divertida novela. Quedamos a cargo de un guía del país que se propuso, entre otros objetivos, hacernos gastar el máximo dinero posible. Y también conseguirlo de cualquier otra forma, aparte de sus comisiones a porcentaje. Nuestro viaje tocaba a su fin, y ya estábamos a punto de salir hacia Bamako el otro turista y yo, cómodamente instalados en un coche muyyy largo (tres filas de asientos), cuando vino a preguntarnos el guía si no nos importaría llevar a un niño en el asiento de atrás, porque tenía que ir a la capital y no había otro medio de transporte, y era hijo de los dueños del hotel y bla, bla, bla... Morros de mi compañero (¡era muy rarito!) pero al final el niño subió detrás. No habían pasado ni cinco minutos, cuando llega otra persona con la misma historia y asegurando que no nos molestará, que se sentará con el crío, bla, bla, bla... Pero el asiento de atrás era más bien estrecho, y nada más colocarse el gordo recién llegado, el chaval desapareció de nuestra vista, asfixiado debajo del barrigón de su compañero de viaje. A mí me daba no sé qué verlos así, y empecé a decir que el niño podía pasar a la segunda fila (a la de los turistas), que no iría tan apretujado. Pero el gordo, que ocupaba más de las tres cuartas partes del dichoso asiento, empeñado en que en esa tercera fila había sitio para dos, y ellos eran dos: o sea, perfecto. No hubo manera de convencerlo, y ahí se quedó el niño. A saber lo que opinaba él, porque ni se le veía asomar. En España, hoy en día, se ha perdido esta capacidad de improvisar y solucionar problemas. En parte, por culpa de las compañías aseguradoras nos impiden ser así de solidarios. A un vehículo solo sube el que tiene que subir, y en el lugar previsto, no vaya a haber un accidente y se nos caiga el pelo por llevar a quien no debíamos, o por cogerlo en el semáforo en lugar de en la parada de autobús... Y no voy a poner en duda las ventajas de contar con seguros, ni negaré la necesidad de las normas de seguridad vial, pero está claro que encorsetan nuestra vida y cuando salimos de vacaciones disfrutamos como locos haciendo todo lo contrario, y viendo con que imaginación y desparpajo cometen una imprudencia tras otra los del país. Cuando de vuelta a España le contaba este tipo de anécdotas a un amigo, él me contestaba muy serio que "para rato te hubiera hecho gracia eso en España" "¿Bocadillos preparados con las manos sucias? ¿los ingredientes expuestos a las moscas?¿Y por qué no pediste el libro de reclamaciones como haces aquí?" Pero de vacaciones y en el extranjero, da mucha risa. Por no hablar del tráfico... Nunca se me olvidará un tipo que vi en marruecos conduciendo con los pies. Manejaba el volante con total soltura... simplemente con un pie. El izquierdo, para más datos, y de la pierna correspondiente le salía la mitad por la ventanilla. Habréis adivinado que su mano estaba ocupada en un asunto importante: fumar. Eso la mano izquierda, claro, y supongo que con la derecha cambiaba de marcha. Era la imagen de la libertad elevada al cubo, más fresco que una lechuga y feliz como él solo. La versión magrebí de aquellos cowboys que empezaron anunciando tabaco y luego se pasaron a los pantalones vaqueros, esos que galopaban a sus anchas por llanuras que parecían no tener fin. Pero un coche a punto de salir hacia la capital era toda una oportunidad, y en este ratito que lo hemos perdido de vista, se ha formado una larga cola de personas que aspiran a subir. ¡Por favor! nos pedían. Gente que llegaba con sacos llenos de ni se sabe y maletas preparadas en cinco minutos al enterarse de la posibilidad de viajar. Se hacía difícil decirles que no... y fueron subiendo. Pero nadie-nadie se sentaba en nuestra segunda fila. ¡Nada de molestar! Yo ya estaba harta de repetir que el niño no podía seguir ahí, estrujado en medio de tantos adultos, y que le admitíamos en la segunda fila. Ni caso. Así que la primera fila se fue llenando, es decir, que al guía se le sentaron un par de ciudadanos encima (y él, contento, ¡a saber lo que pagaba cada polizón!), y la tercera fila estaba ya a rebosar. Mientras tanto, nosotros seguíamos tan anchos, instalados en nuestro "trono" y rodeados por aquella locura. Es evidente que en este caso, el chofer y el guía (que segurísimo se repartieron lo que les cobraron a todos) vigilaban que a los turistas no se les molestara. Porque, ¿quién pagaba el alquiler de ese coche? Los "tubabus". Y como bien sabían los dos, un turista cabreado reclama en la agencia, y eso podía costarles el trabajo o como mínimo, ganarse una buena bronca. Pero lo curioso es que algo muy parecido me ocurrió en un transporte público, y allí no tenía ángeles guardianes (guía y chofer compinchado). Aquel día subí a un taxi de lo más destartalado que he visto nunca. El contacto no funcionaba con una llave, sino por medio de un par de cables que colgaban junto al volante. Un chispazo al entrar en contacto uno con otro, y el vehículo se ponía en funcionamiento. Al ser taxi colectivo subió más gente, y todos se fueron situando de forma que ni me tocaban. Yo, de nuevo en mi trono, mientras a mi alrededor se formaban torres de pasajeros aplastados. Pero ¿por qué se empeñaban en no molestarme? Esta vez habíamos pagado todos lo mismo (más o menos...). Desde luego, en España no somos tan considerados con los visitantes. ¿Tenía yo pinta de leprosa? ¿Pura cortesía hacia el/la turista? ¿Dan repelús los "tubabus" (blancos)? ¿ "Sí, bwana"?
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