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Aunque parezca mentira, existen: los viajes que yo nunca haría. Estaba leyendo hace unos días un suplemento dominical, cuando al llegar a la sección de viajes casi me caigo del asiento: "Los turistas vuelven a Afganistán". Y no estamos a 28 de diciembre... El artículo no tenía desperdicio: "Afganistán planea volver al circuito del turismo", "...el gobierno afgano toma ejemplo del modelo español
y lanza un mensaje tranquilizador: El país no es tan inseguro como la gente se cree.", etc., etc. Al leerlo todo se va aclarando, relativamente: solo se refiere a la zona de Bamiyán, donde parece ser reina la paz y la tranquilidad. Barcas a pedales en los lagos de Bande Amir, hotel de lujo frente a la montaña de los Budas... Sí, pero pocos turistas, se quejan los dueños de los restaurantes y comercios de la zona. El viceministro de Turismo habría dado la cifra de entre 12.000 y 15.000 turistas durante este año. Que se lo pregunten a los que les están esperando con las tiendas abiertas. Un par de turistas despistados a la semana, esa es su respuesta. La verdad es que yo no me creo que sean más de 10.000 los que se arriesgan a ir por allí. Ni más de 1.000 tampoco. Los paisajes serán, sin duda, espectaculares, pero... Como ir a Cachemira: te juegas el cuello. Y es que por muy tranquila que sea la provincia de Bamiyán, está en medio de un avispero. Mucho tendrán que cambiar las cosas para que me acerque yo por allí. Donde no me encontrará nunca nadie, segurísimo, es escalando una montaña. Ni grande ni pequeña. Por mucha paz y tranquilidad y experiencia única que se disfruten en la cima de un ochomil, ¿cuánto tiempo se permanece allá arriba? Un ratito. Y vigilando el reloj y las nubes, porque como allí no se pernocta, uno no puede ni entretenerse ni despistarse. Me agobio solo de pensarlo. Y ya sé que lo principal en un viaje no siempre es el destino, que la ruta puede ser más importante, pero... Si las condiciones meteorológicas no acompañan, la subida y la bajada pueden convertirse en un tormento. En el mejor de los casos son agotadoras, y para colmo, últimamente hay cada vez más basura acumulada en las laderas. Está claro que los montañeros disfrutan con estas aventuras al límite, pero son una minoría. Creo que hay mucha más gente como yo: sin ningún tipo de espíritu deportivo, con nulo afán de superación y en unas condiciones físicas lamentables. Ni se nos ocurre intentar algo semejante. Así que los alpinistas pueden quedarse tranquilos: el Everest, por mucho que se esté masificando, nunca llegará a ser Torremolinos. Y el otro destino donde no pienso ir (ni tampoco me lo permiten mis ahorros) es el espacio exterior. También he leído últimamente un artículo sobre los primeros turistas espaciales, y por eso ando dándole vueltas al tema. Aseguran estos astronautas amateur que la experiencia es francamente interesante. Algo muy, muy especial. Y único: flootaaaar en medio del vacíííííííoooo. Sin duda, pero leo sus testimonios y no me dan ninguna envidia. Considero que no tener ducha es motivo suficiente para descartar un viaje. Mejor para mí, porque tampoco tengo la más remota posibilidad de reunir tanto dinero. Y me pregunto, ¿hasta qué punto influye el hecho de saber que nunca podré subir en un cohete, en el desinterés (casi desprecio) con que siempre miro este tipo de viajes? Y a los que los hacen, a esos los miro con asquete, con cierta superioridad por no haber derrochado el dinero como ellos. Y ya el colmo de la extravagancia serán los viajes a la Luna. Claro que yo puedo prescindir perfectamente, porque me voy a los Monegros y eso es un paisaje lunar a la puerta de casa. El trayecto a Fuendetodos (pueblo natal de Goya) es alucinante, y encabeza mi lista particular de preferidos. Una carretera que discurre entre montes de formas redondeadas, grisáceos y pelones, con cuatro matojos medio resecos y el suelo reseco del todo. Nadie se imagina al verlo que es un paraíso para los entomólogos. Un paisaje que no deja indiferente. A algunos nos entusiasma ese aspecto extraño y poco amable, pero a otros les agobia esa sucesión de montículos tiñosos: la aridez misma en blanco y negro. Olvidando por un momento la estética, hay que reconocer que beneficios económicos no da muchos. Pero mientras escribo se me está ocurriendo una idea maligna. ¿Y si lanzo desde aquí una novedosa teoría? Las imágenes de la falsa llegada a la luna de Kubrick no se rodaron en un plató secreto, sino en los Monegros. Además poseo los documentos que lo prueban, y tengo un mapa en el que viene señalado el lugar exacto del rodaje. La teoría empieza a circular por Internet mientras yo monto una agencia de viajes, que ofrece visitas a los lugares donde se rodó, a la fonda donde se hospedaron, y cualquier otro sitio que se me ocurra. Ruta para los amantes de las conspiraciones, Ruta para los cinéfilos (e incluyo los parajes donde Medem rodó Tierra)... Y así es como empiezo a amasar una fortuna que no tardará en superar a la de Dan Brown, además de crear un montón de puestos de trabajo en la zona. Pero vale por hoy de cuento de la lechera. La idea me la guardo, que la tengo que madurar antes de ponerla en práctica.
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