No me cabe la menor duda. Todos los que hayan viajado en Hércules, están pensando en estos momentos lo mismo que yo: ¿cómo se le ocurre a la ministra subirse a uno de esos aviones, embarazada de 7 meses? Y soy mujer, pero...
Quien (por suerte para él) nunca haya viajado en Hércules, no se imagina ni de lejos el ruido que se soporta en su interior. ¡Es como meterse dentro de una batidora! Ya puedes ponerte en las orejas esos tapones que reparten, porque te va a dar exactamente lo mismo: lo único que dejas de oír es lo que te dicen los compañeros, así que aún es peor que no llevarlos.
¡Con lo bonito que es mimar a los que van a nacer, envolviéndolos con música de Mozart y Beethoven! Parece ser que un ambiente armonioso relaja a las criaturitas..., y aunque algunos piensan que es una tontería, yo lo tengo muy claro: el ruido de un Hércules deja estresado para toda la semana a cualquiera y de cualquier edad, incluidos los que aún no tienen edad.
Por lo demás, comodidades, cero. Es como viajar en la bodega de un avión, con el equipaje amontonado junto a ti, sin ventanillas, y para colmo, sentarse es casi un milagro. A los bancos de lona sujeta en tubos metálicos se les puede llamar asientos porque se pone el trasero encima, pero cualquier parecido con una butaca... hay que imaginarlo. Supongo que cuando viaje un ministro/a, los acondicionarán un poquito más...
¡Ah!, y le habrán montado una letrina portátil, porque de serie no llevan ni un miserable WC.
Los Hércules son un castigo desde el punto de vista de la comodidad, pero se trata de aviones muy seguros y claro, según a dónde vayas, eso es muy interesante. Vamos, que te olvidas de las comodidades sin rechistar...
Y si es absolutamente imprescindible viajar en Hércules, se viaja (yo, como la ministra, lo hice para ganarme el sueldo), pero personalmente hago todo lo posible para que no sea imprescindible. De momento lo estoy consiguiendo ¡solo he subido una vez! Una que son dos, ida y vuelta, porque para volar a Afganistán, te pongas como te pongas, entras y sales en Hércules. ¡Casualidad!, mi viaje también fue con destino a Afganistán, como el de la ministra. Y tan relámpago como el suyo, o más. No sé si pasé 4 ó 5 horas allí, de las cuales, dos las perdimos esperando un permiso en el aeropuerto.
Puedo decir que a pesar de haber ido a Kabul, no pisé Kabul. Lo crucé en autobús y tuve que conformarme con mirar desde la ventanilla.
Mujeres con burkas (que no llegaban hasta los pies como yo había imaginado), casas de barro medio destruidas... Como aquello no era un tour turístico ni nos acercamos al centro, solo cruzamos los barrios que se encontraban camino de la base. Y una vez dentro del recinto militar, no pude despegarme del armario encargado de vigilarme a sol y a sombra. Tipo amable, pero con su inglés americano, no cruzamos ni dos palabras.
¿Qué pintaba yo en Afganistán? Pues por ser la única del departamento con el pasaporte en regla aquel día (eso me aseguró mi jefe) me tocó ir a un viaje (relámpago, insisto) para llevar vinos y turrones a las tropas españolas que pasaban allí la Navidad.
Una noche en Boeing hasta Kirguistán, donde paseamos por sus muy "soviéticas" avenidas, amplias y rectas, y en aquellas fechas, cubiertas de un manto de nieve inmaculado. Desde allí hasta Kabul, 2 ó 3 horas de Hércules. O a lo mejor no tantas, pero a mí el trayecto se me hizo eterno. Y quizás cuando lo cuente dentro de 10 años esté convencida de que duró 6 ó 7 horas, porque los malos recuerdos engordan inevitablemente con el paso del tiempo.
Lo mejor del viaje, sin duda, fue cuando me invitaron a pasar a la cabina del piloto. Sobrevolábamos las montañas del Pamir y el espectáculo era impresionante. Vamos, que ni siquiera intentaré describirlo... Dejémoslo en que es una imagen que no olvidaré mientras viva, y por supuesto, cambié inmediatamente de opinión sobre aquel viaje en Hércules, ¡había merecido la pena subirse a la batidora!
A ratos, conectaba mi supervisión de rayos X para observar el interior de la cordillera. Una red de túneles que horadaban las montañas protegía del enemigo a los miles de talibanes que circulaban por su interior. ¡Eso sí que era una actividad febril y no la de los hormigueros! Barbudos y con sus inseparables armas, se arrastraban de un sitio para otro siempre conspirando contra el Bien. Finalmente dejé de hacer el indio, olvidé mis superpoderes (¡qué poco cuesta ver lo que nos han contado de antemano durante meses!) y me concentré en el paisaje.
Todo esto me recuerda la frase de un amigo mío que decía "el que es bueno para la sociedad no es bueno para su familia". Y citaba a Jesús, Buda... Del mismo modo que la ejemplar actuación de la ministra, demostrando que una embarazada no es una enferma y un embarazo no es impedimento para desarrollar la vida laboral con normalidad, también le pasa factura al futuro Miquel, que sin comerlo ni beberlo, debe de tener ahora mismo un dolor de cabeza MONSTRUOSO. En fin, efectos colaterales.
Por cierto, ¡lo que me hubiera gustado ver la cara de los soldados al encontrarse con la nueva ministra! Por no decir la cara de algunos afganos, que debían de estar A BO-LOS.
Y claro, tan relámpago fue mi viaje, que no me sellaron el pasaporte. Explicaciones a la vuelta, tampoco pude dar muchas (¿de qué?). No traje recuerdos ni me hice fotos. Tampoco aparecí en la prensa... En esas condiciones, no es extraño que algunos amigos se nieguen a creer que yo estuve en el Afganistán de los talibanes.


