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Borro todo lo que escribí ayer y empiezo de nuevo. Ya no me atrevo a recomendar de forma tan entusiasta como hacía anoche la película "Buda explotó por vergüenza": un amigo se animó a verla siguiendo mi consejo, y hoy ha venido a quejarse de que le entró tanta angustia, que a punto estuvo de salirse del cine al poco de comenzar la proyección.

Lo dejamos pues en que no deben perdérsela  los entusiastas del cine iraní. Me refiero al cine iraní que vemos en Europa desde hace algunos años (esas películas de ritmo pausado en las que parece que la cámara se vaya de excursión por ahí, a ver qué pasa por el mundo), porque yo no sé si existe otro tipo de cine en Irán. Algo, diríamos, más comercial... ¡No pueden ser tan cultos como para producir solamente el tipo de películas que nos llegan aquí!

En este caso, la cámara de Hana Makhmalbaf se desplaza hasta Afganistán (país en el que dice ha conseguido los permisos para rodar con más facilidad que en el suyo propio) y nos acerca a la realidad que allí se vive a través de unos niños que, a pesar de su corta edad, han conocido la violencia más extrema.

La directora, de tan solo 20 años, nació en el seno de una familia de cineastas y este hecho propició, como es evidente, que desde pequeña se desayunara con lecciones de cine en vena (algo así como lo de Obelix y el famoso caldero de la poción mágica). La verdad es que hay varias escenas de las que se quedan grabadas: por su poesía, o por su dureza, o por su belleza visual... El final de la película, por ejemplo.

La historia no puede ser más sencilla: Baktay es una niña de seis años que por su cuenta y riesgo decide ir al colegio para aprender a leer. Después de muchas peripecias consigue papel, pero le falta el imprescindible lapicero..., claro que semejante nimiedad no será lo que le impida ver cumplido su sueño, porque el pintalabios de su madre puede sustituir a cualquier boli, pluma o lápiz. ¡Angelito! Y es así como, cuaderno en mano y con la barra de carmín prestada (en Afganistán, no lo olvidemos) se dirige a un colegio que ni siquiera sabe dónde está. No tarda en tropezarse con un grupo de niños algo mayores que ella, que en ese momento juegan a ser talibanes. Y le dan el alto...

 

Cosmética y cultura. Suena casi tan surrealista como el encuentro del paraguas y la máquina de coser, que decía Breton. Pero por extraño que parezca, este encuentro fortuito se da más allá de los guiones cinematográficos:

 

Una visita (totalmente prescindible) en Buenos Aires es la Biblioteca Nacional. Aunque la zona donde se encuentra es bonita, muy verde y despejada, y con mucha animación (perros, paseantes, gente tirada a la bartola en los jardines...) el edificio es una mole de cemento que asusta: nada que envidiar a los de aquí.

Si nos decidimos a entrar fue por deformación profesional (y no mía). El exterior del edificio era horroroso, ya lo he dicho, y una vez dentro aquello empeoró: totalmente desangelado, salas enormes, grises y cutres, mobiliario rancio. Desde las plantas superiores las vistas eran, según leímos en varias guías, magníficas. Cierto, pero olvidaban mencionar la suciedad que se acumula sobre los cristales.

Para que no parezca que hoy lo critico todo, también por deformación profesional nos metimos a curiosear el catálogo desde un ordenador, y nos llevamos una buena impresión del sistema utilizado. Bueno, yo, lo que me dijeron...

 

Y una vez dentro, lo suyo era visitar todas y cada una de las plantas. Aterrizamos en una exposición homenaje a un tal Paul Groussac, director de la biblioteca durante varias décadas (desde 1885 hasta su muerte en 1929, todo un record). Parecía un tipo curioso: historiador francés culto y mordaz. Una vez más los espíritus de los intelectuales muertos se cruzaban en nuestro camino. Y avanzando en el tiempo se nos apareció el de Borges, que también dirigió la "biblioteca" y tuvo la brillante idea de trasladarla a un edificio nuevo (el actual).

Nunca habíamos oído hablar de Groussac, así que nos extrañó encontrar tanta gente en la sala. Pero la sorpresa gorda me la llevé al acercarme a dos señoras que estaban sentadas con un maletín sobre sus rodillas, sospechosamente concentradas en el contenido del mismo. ¡!Agggggghh!! ¡¡Avón llama a tu puerta!! Es broma, no era Avón... pero ¿qué importa la marca? En el más puro estilo de "reunión Tuperware", tenían el maletín lleno de pintalabios, coloretes, y productos de maquillaje para todos los gustos. Estaban de probatinas. ¡Hay que fastidiarse! Yo no daba crédito a lo que estaba viendo, porque ni siquiera se habían escondido en un rinconcito, ¡no!, estaban nada más entrar, junto a una vitrina y a la vista de cualquiera, examinado el contenido del maletín sin cortarse un pelo.

Paraguas, máquina de coser, mesa de disección, pintalabios, biblioteca...

 

Y nuestra visita más fastidiosa en Buenos Aires, visita que ojalá tardemos en repetir, fue la excursión a una comisaría de policía. Comisaría cualquiera, no la dedicada a los turistas, aunque tampoco fuimos exactamente a "cualquier" comisaría sino a la que nos correspondía por zona.

Estando paradas en un semáforo cerca de la calle Corrientes, mi amiga noto algo raro en el bolso, como si se moviera solo. Miró y la cremallera estaba abierta. Sus gafas habían desaparecido (encima las de ver, no las de sol) y me dijo muy, muy bajito: "Me las ha quitado ese tipo". Se refería al que esperaba junto a nosotras para cruzar la calle. Pero él no se inmutaba, a pesar de que tenía que oírnos. Al ponerse verde, él siguió su camino y nosotras (¡es gracioso como la gente se empeña en reescribir el pasado a su gusto!) nos dimos media vuelta para preguntar en la librería donde acabábamos de estar, si alguien había encontrado unas gafas perdidas entre los libros. NO.

Entonces tuvimos que reconocer que se las había llevado el tipo y que lo mejor que podíamos haber hecho (en el momento del robo, claro, no media hora más tarde) era seguirle para ver si las tiraba o las vendía en algún mercadillo donde nosotras pudiéramos recuperarlas. Aferrándonos a la primera opción, nos dedicamos a rebuscar por las papeleras un rato. Ni que decir tiene, que no estaban.

 

Hala, a comisaría.

Muy amables, pero las instalaciones daban pena. Desconchones por las paredes, cables al aire, ordenadores con pantallas muy poco planas. La verdad es que me sorprendió, porque yo creía que antes del corralito nadaban en la abundancia, pero aquel mobiliario estaba más que anticuado. Aparte de muy, pero que muy gastado.

Tuvo su gracia estar allí casi tres cuartos de hora, en el vestíbulo de entrada y en medio de todo y de todos. Mientras yo me distraía con las idas y venidas de los agentes, un policía que no llegaba a los 30 redactó la denuncia. Y nada más salir nos pusimos a leerla, claro. Muy divertida, porque en la primera parte ortografía y redacción eran impecables (deduzco que rellenó la correspondiente plantilla; je, je), pero al empezar a leer la descripción de los hechos denunciados... todo era mucho más "creativo". Culpa de los mensajes de móvil, seguro, que están causando estragos entre los jóvenes de todo el planeta...  ¡el baile de haches no ha dejado una en su sitio!

 

En fin, aunque es un lugar que no se visita si no es por obligación... cuando solo se va de acompañante, puede resultar de lo más entretenido.

 

 




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